Categoría: Filosofía

Por: ANTONIO SALVADOR FLORES FLORES / Fecha: mayo 7, 2026

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Cuando el tiempo se detiene y el futuro se borra, la terapia busca restituir el movimiento interior que da sentido al vivir.

El tiempo que deja de fluir

En la experiencia de la depresión, el tiempo deja de tener un ritmo, deja de ser uniforme, tiene lapsos más rápidos y lentos, o por lo menos, así se vive. La depresión no se vive de la misma manera. El pasar de los días parece ser lo mismo; el tiempo se confunde entre el presente, el pasado y el futuro en distintos órdenes, en un bucle que parece imposible de descifrar.

Minkoeski (1933) hace mención de que las personas que experimentan esta condición emocional viven una alteración en su temporalidad, en cómo la perciben y experimentan. No se reduce a sentir tristeza, sino a perder la energía interior que impulsa hacia delante. El futuro deja de atraer; nada parece posible. Por eso el presente se convierte en un momento interminable: no porque se alargue, sino porque pierde dirección.

Heidegger y el rompimiento de la vida como proyecto

De acuerdo con el pensamiento de Heidegger (2003), la existencia del ser humano parte desde el momento en que contempla su porvenir, como seres para el futuro que se arrojan hacia él. Durante el estado de depresión, la sensación de continuidad y desarrollo queda interrumpida: el Dasein (“ser sí” [se refiere a la forma en que habitamos el mundo]) siente que sus posibilidades han sido limitadas, alejadas o negadas. Existir se convierte en una experiencia de vacío y sufrimiento. La depresión se hunde hasta lo más profundo del ser: en su tiempo.

El presente como prisión

Durante los estados de depresión, el presente es la temporalidad que abarca el todo. Ningún elemento del pasado sirve como pilar para poder sostener la existencia, ni los proyectos futuros mueven al ser como incentivo para su continuidad. La persona queda atrapada en una pausa que se vive como imposibilidad de sí misma, como si no hubiera una salida hacia alguna parte o momento diferente. Para Ricoeur (1985), la narración es la vía para narrar los tiempos de la vida, una manera de poder descubrir y describir la experiencia presente, aunque, para la persona deprimida, su historia ha perdido esta continuidad, es decir, no puede narrarse de una manera segura, porque no cree en nada de lo que describe y no siente ser parte de esa narración.

Reconfigurar la temporalidad

La terapia existencial no intenta forzar movimiento, sino reconocer el ritmo detenido y acompañarlo. La recuperación del tiempo comienza, a veces, con pequeños actos: una imagen, una frase, un gesto que reaparece. Para Van Deurzen (2010), la depresión invita a revisar la manera en que nos relacionamos con el tiempo y con los otros. Reapropiarse del pasado no es volver a este y quedar en él, o darle una connotación de inmutable; más bien, es aprender de él y significarlo con nuevos saberes.

El tiempo como nueva posibilidad

En esta etapa, la percepción del tiempo es de continuidad; nuevamente se mueve, poco a poco, se manifiesta en nuevas posibilidades, interés, fantasías, deseos, en el contacto con los otros que empieza a generar placer y tranquilidad; los días se sienten menos pesados y esto se vuelve una constante. Comprender fenomenológicamente la depresión implica aceptar que el tiempo puede herirse, pero también reanimarse. A veces, el primer signo de esperanza no es la alegría, sino simplemente sentir que el día transcurrió sin tanto cansancio.

Referencias
Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo (J. Gaos, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1927).
Minkowski, E. (1933). Le temps vécu. D’Artrey.
Ricoeur, P. (1985). Tiempo y narración II: Configuración del tiempo en el relato histórico. Siglo XXI.
Van Deurzen, E. (2010). Everyday mysteries: A handbook of existential psychotherapy (2nd ed.). Routledge.
Yalom, I. D. (2008). El don de la terapia. Emecé.