Hay periodos en la vida en los que pareciera que todo continúa, pero uno permanece detenido en otro lugar. No se trata únicamente de aguardar a que pase el tiempo, ni de un gesto pasivo parecido a la resignación, sino de una forma peculiar de vivir, como si la existencia se sostuviera en un punto intermedio. Algunas personas describen la espera como un peso; otras la viven como la única forma de no romperse. Ninguna de estas respuestas es errónea: cada una es una manera de proteger lo que todavía significa demasiado.
Desde la hermenéutica, la espera no puede entenderse como un simple intervalo entre un “antes” y un “después”. Ricoeur (1990) insistía en que la vida humana se organiza a través de narraciones, y esas narraciones casi siempre dejan un espacio abierto hacia lo que aún no acontece. No somos seres que esperan sentados: somos seres que proyectan, imaginan, temen y desean. Por eso, la espera se convierte en un capítulo interno donde no todo está escrito ni todo se puede adelantar.
En los procesos de duelo, la espera se llena de imágenes que actúan como metáforas vivas: el número que no se borra del celular, la ropa que aún no se guarda, la frase que no puede pronunciarse porque haría real la ausencia. Lo cotidiano se vuelve señal. Caruth (1996) sugiere que cuando algo nos marca de forma profunda, el sentido no aparece de inmediato, sino que retorna de manera irregular, como si buscara el momento preciso para ser recibido. La espera entonces no es solo tiempo, sino preparación afectiva.
Hay quienes confunden la espera con el autoengaño; sin embargo, muchas veces es lo contrario. Esperar no siempre significa negar; a veces es un modo de reconocer que uno aún no tiene palabras para esa parte de la historia. Van Deurzen (2010) explicaba que la experiencia humana siempre oscila entre dos polos: lo posible y lo imposible. El tiempo se detiene en la espera, se vuelve ambiguo, se mueve, se detiene o aparece el deseo que retroceda.
Es a través del tiempo que la espera, en algunas ocasiones, encuentra una salida, avanza, se transforma en algo más, se atenúa la necesidad de una conclusión. Una posibilidad distinta puede ser no obligarse a renunciar, sino darse la oportunidad de extender la transición con todos sus matices mientras se avanza. Cada espera tiene una verdad indisoluble: la persona que espera es aquella que mantiene un vínculo, vivo, existente, real, aunque en su forma original cambie.
Bibliografía
Caruth, C. (1996). Unclaimed experience: Trauma, narrative, and history. Johns Hopkins University Press.
Ricoeur, P. (1990). Sí mismo como otro. Siglo XXI Editores.
Van Deurzen, E. (2010). Everyday mysteries: A handbook of existential psychotherapy (2nd ed.). Routledge.
