Categoría: Filosofía

Por: ANTONIO SALVADOR FLORES FLORES / Fecha: enero 8, 2026

Imagen generada con IA

La ansiedad es vigilancia interior. Comprenderla desde la hermenéutica permite liberar la mente del control, transformando el miedo en conciencia y el pensamiento en presencia.

Hay noches en que el silencio externo contrasta con el ruido interno. La mente no calla: repasa, anticipa, analiza. “¿Y si algo sale mal?, ¿por qué dije eso?, ¿qué pensarán de mí?”. Esa vigilancia constante tiene el rostro de la ansiedad, un guardián invisible que nunca descansa.

Vivimos en una época donde el control se confunde con virtud. Se espera que todo esté en orden, que nada quede fuera de lugar. Pero esa exigencia se convierte en un sistema de vigilancia interior: ya no necesitamos ser observados, porque aprendimos a hacerlo por nosotros mismos. Foucault (1975) advirtió que el poder moderno no requiere cadenas; basta con que la mirada de control se instale en la conciencia. La mente ansiosa es, así, una prisión sin barrotes.

El vigilante interno suele presentarse como voz racional: “debo estar preparado”, “si me relajo, algo fallará”. Sin embargo, esa vigilancia nace del miedo a perder el control, y en su intento por dominarlo todo, termina intensificando el encierro. La ansiedad se alimenta de la misma energía que busca calmarla.

Heidegger (1994) recuerda que el ser humano vive arrojado al mundo, expuesto a la incertidumbre. Cuando esa incertidumbre se vuelve insoportable, surge la ansiedad como defensa: el pensamiento patrulla el horizonte en busca de certezas imposibles.

Desde la práctica terapéutica, el problema no es pensar, sino creer que pensar equivale a protegerse. Los pensamientos repetitivos son intentos de cuidado desbordado. Aprender a escuchar sin someterse a ellos es un gesto de libertad. No se trata de silenciar la mente, sino de dejar que hable sin convertirla en juez.

Ricoeur (1990) plantea que la libertad consiste en poder narrar la propia historia. En la ansiedad, esa narración se interrumpe: el sujeto queda atrapado en hipótesis sobre el futuro y se desconecta del presente. La vigilancia interior secuestra la presencia.

Un camino posible es observar esa voz sin lucha: escribir lo que dice, reconocer su función y preguntarse: “¿De qué intenta protegerme este pensamiento?”. El solo acto de observar con curiosidad debilita su poder. La ansiedad no se elimina, se comprende.

La serenidad no llega escapando de la cárcel, sino reconociendo que las llaves siempre estuvieron dentro. Pensar menos no es libertad; libertad es pensar sin miedo.

Referencias

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.

Heidegger, M. (1994). Hitos. Alianza Editorial.

Ricoeur, P. (1990). Sí mismo como otro. Siglo XXI Editores.

Van Deurzen, E. (2010). Everyday mysteries: A handbook of existential psychotherapy (2nd ed.). Routledge.

Yalom, I. D. (2008). El don de la terapia. Emecé.