Categoría: Filosofía

Por: ANTONIO SALVADOR FLORES FLORES / Fecha: mayo 11, 2026

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La culpa no siempre nace de una falta, sino de nuestras posibilidades no vividas. Desde la fenomenología, revela responsabilidad; desde la existencia, invita a comprender y transformar el presente.

Hay culpas que no se nombran. No son las que surgen por haber roto una norma o cometido una falta evidente, sino las que aparecen en los silencios, en el gesto de haber podido hacer más o en esa sensación de deuda con la vida misma. A veces basta mirar hacia atrás para sentir el peso de lo que no dijimos, lo que dejamos ir, lo que no fuimos.

En terapia, la culpa no siempre se manifiesta como remordimiento; a menudo aparece como tristeza, como ansiedad o como una especie de autovigilancia constante. El pensamiento vuelve una y otra vez al pasado, no para comprenderlo, sino para castigarse. Sin embargo, desde una mirada fenomenológica, la culpa tiene otro sentido: no es solo un error moral, sino una experiencia ontológica, una forma de comprendernos como seres responsables.

Martin Heidegger (1927/2003) decía que el Dasein —el ser humano— está “culpable” (schuldig) por estructura. No porque haya hecho algo malo, sino porque siempre está en deuda con sus propias posibilidades. Existir significa decidir, y toda decisión implica haber dejado otras sin realizar. Vivir es elegir, y elegir es renunciar. En ese sentido, la culpa no es un accidente de la vida, sino su precio natural.

Jean-Paul Sartre (1943/2007) llevó esta idea aún más lejos: la libertad es una condena. Estamos arrojados al mundo sin excusas, sin manual, sin alguien que decida por nosotros. Por eso, cada acto —incluso el de no actuar— nos pertenece. No hay neutralidad. La angustia y la culpa, para Sartre, son el eco de esa conciencia de libertad.

Pero en la práctica, la culpa puede volverse un laberinto. Uno puede perderse en ella y convertirla en prisión. El problema no es sentir culpa, sino quedarse viviendo desde ella, como si el pasado tuviera más poder que el presente. En ese punto, el sufrimiento deja de ser revelación y se transforma en castigo.

Recuerdo una vez que un consultante dijo: “No me perdono por no haber estado ahí”. Y mientras lo decía, comprendí que no hablaba solo de ese momento, sino de una forma de estar en el mundo. La culpa era su modo de permanecer fiel a lo que perdió. En el fondo, su dolor era también una forma de amor.

La mirada existencial propone la escucha de lo que entendemos y sentimos como culpa; no se enfoca en “liberarse” o “sanar” algún aspecto de la vida. El sentimiento de culpa nos devuelve a la responsabilidad de la vida, a saber que los actos tienen una consecuencia y puede ser incómoda. De igual manera, es el medio que permite reconfigurar el presente.

Ricoeur (1990) hace referencia a que la madurez ética está relacionada con la memoria y sus aspectos relacionados con el malestar de su vida; sin embargo, estos no son aspectos que definen la existencia. La aceptación en este contexto va encaminada en el saber de que no somos inocentes absolutos, pero tampoco somos prisioneros de lo que hemos sido. La comprensión ofrece una visión limpia de nuestra vida, voltear atrás sabiendo que eso hemos sido, sin negar, justificar ni generar dramas.

Saber que la comprensión es la herramienta más útil ante la culpa, pues no es arrancarla de nosotros, sino saber lo que ha sido nuestra vida. El diálogo es la vía para transformar la experiencia en responsabilidad.

Referencias

Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo (J. Gaos, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1927).
Ricoeur, P. (1990). Sí mismo como otro. Siglo XXI.
Sartre, J.-P. (2007). El ser y la nada. Losada. (Obra original publicada en 1943).
Van Deurzen, E. (2010). Everyday mysteries: A handbook of existential psychotherapy (2nd ed.). Routledge.
Yalom, I. D. (2008). El don de la terapia. Emecé.