A menudo, la mentira más difícil de detectar es la que uno se dice a sí mismo. No surge de la falsedad, sino del intento de protegerse del sufrimiento mediante razonamientos que suenan lógicos pero que encubren el temor al cambio. En el espacio terapéutico, el autosaboteo rara vez aparece como una decisión consciente; se manifiesta como un entramado de argumentos que parecen coherentes, pero que en realidad funcionan como barreras frente a la transformación. En este sentido, la pragmadialéctica —la disciplina que examina los errores y desvíos del razonamiento en el diálogo— ofrece un modo de comprender cómo la mente fabrica justificaciones que preservan la estabilidad de un yo herido.
Van Eemeren y Grootendorst (2004) advierten que una falacia no solo constituye una falla técnica en la argumentación, sino una ruptura del diálogo mismo. Quien la utiliza no busca comprender, sino evitar el encuentro genuino con el otro. En la terapia, estas distorsiones se presentan como defensas del yo: estrategias inconscientes que mantienen una narrativa familiar, aunque dolorosa.
Entre las más comunes se encuentra la falacia ad populum, que justifica la conducta mediante la apelación a lo general: “todos reaccionan así”, “nadie cambia realmente”. Con este recurso, el consultante se refugia en lo común para no enfrentarse a su singularidad. Otra falacia habitual es la petición de principio, donde el argumento se repliega sobre sí mismo: “no confío en nadie, por eso no confío”. El discurso se vuelve circular y se cierra ante la posibilidad de cuestionarse.
Desde la psicología existencial, tales falacias son más que errores de pensamiento: constituyen intentos ontológicos de sostener coherencia frente a la angustia de la libertad. Yalom (2008) describe cómo la evasión de la responsabilidad adopta formas discursivas que conservan una identidad, incluso cuando esta resulta fuente de sufrimiento. El auto-saboteo, así entendido, no es un enemigo interno, sino una fidelidad al relato que alguna vez otorgó sentido a la vida.
En la hermenéutica gadameriana, la tarea terapéutica no consiste en refutar ni corregir al otro, sino en comprender junto a él. Gadamer (2012) recuerda que todo diálogo auténtico transforma a quienes participan. El terapeuta, entonces, no combate la falacia: la escucha como indicio del sentido, como fragmento de verdad que aún no logra completarse. Desde la pragmadialéctica, la corrección del argumento busca restituir el diálogo racional; desde la terapia, se trata de restaurar el diálogo interior. El supuesto “auto-engaño” es, en el fondo, una voz que todavía no ha sido escuchada.
Cuando el consultante logra observar la lógica de sus propias trampas, la terapia se convierte en un espacio de autocomprensión. No se trata de convencerlo de que piense de otra forma, sino de acompañarlo a descubrir desde dónde piensa. Comprender las falacias del sufrimiento implica humanizarlas: reconocer que, a veces, no son mentiras, sino ruegos aún sin palabras.
A veces, la falacia no encubre la verdad: la está buscando.
Referencias
Gadamer, H.-G. (2012). Verdad y método (A. Agud & R. Agapito, Trads.). Sígueme. (Obra original publicada en 1960).
van Eemeren, F. H., & Grootendorst, R. (2004). A systematic theory of argumentation: The pragmadialectical approach. Cambridge University Press.
Yalom, I. D. (2008). El don de la terapia. Barcelona: Emecé.
