Categoría: Filosofía

Por: ANTONIO SALVADOR FLORES FLORES / Fecha: enero 29, 2026

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Los diagnósticos ofrecen orden, pero también pueden convertirse en etiquetas que reducen la experiencia. Para Foucault, nombrar es un acto de poder; la tarea clínica es devolverle movilidad al lenguaje.

Una de las primeras cosas que ocurre cuando alguien busca ayuda psicológica es que intenta nombrar lo que le pasa. “Creo que tengo ansiedad”, “me dijeron que es depresión”, “tal vez sea dependencia emocional”. Esas palabras ofrecen alivio inicial: ponen orden donde antes había confusión. Pero con el tiempo, lo que empezó como una etiqueta orientadora puede transformarse en una identidad rígida. El diagnóstico, que debía abrir camino, se convierte en un límite.

Michel Foucault (1961) mostró que todo discurso médico y psicológico nace dentro de una red de poder. Nombrar no es neutral: cada diagnóstico es también una forma de ordenar, clasificar y, en cierto modo, disciplinar al sujeto. En Historia de la locura, Foucault explica que la psiquiatría moderna surgió como una tecnología de control que pretendía separar la razón de la sinrazón, el comportamiento aceptable del que debía corregirse. La semiología clínica —el arte de leer síntomas— pronto se mezcló con la ideología de lo normal.

Hoy, el lenguaje diagnóstico conserva esa doble función: describe y define. No solo informa, sino que configura el modo en que la persona se percibe a sí misma. La identificación con frases como “soy una persona depresiva” o “siento que soy ansioso” no solo está comunicando un estado emocional, sino que se ha encasillado con una categoría patológica. Esa fusión entre síntoma y ser produce un tipo de sufrimiento adicional: el malestar de no poder ser más que el propio diagnóstico.

Desde la fenomenología, la experiencia humana no puede reducirse a etiquetas. Heidegger (2003) diría que el ser humano no “tiene” un estado, sino que es un modo de estar en el mundo. Cada forma de sufrimiento expresa una relación singular con el tiempo, el cuerpo, los otros y el sentido. De ser que no sea considerada esta condición, podría clasificar en lugar de comprender, es decir, se cosificaría la experiencia en algo concreto.

En contexto psicoterapéutico, es común abordar esta temática a través de un diagnóstico clasificatorio que lleva a cerrar o reducir la experiencia; no se niega que el diagnóstico no tenga aspectos positivos, ¡claro que los tiene!, pero ponderarlo por encima de la experiencia resulta ser lo conflictivo. Para Foucault (1975), la institucionalización tiene una tendencia clara: hacer mecánica la experiencia para mantenerla en una “normalización”; por lo tanto, es tarea del terapeuta observarse de una manera ética sobre el uso de su propio lenguaje, pues cada palabra traída a la relación psicoterapéutica puede abrir o cerrar posibilidades.

En el proceso existencial, la sintomatología del consultante no es vista como una disfunción; es más bien una expresión simbólica de algo que aún no encuentra una vía de integración en la experiencia. Cualquiera de las emociones no representa errores en la esfera mental de cada persona; son una forma de hacer preguntas sobre su propia presencia en determinados contextos. Por eso, el acompañamiento hermenéutico no busca reemplazar el diagnóstico, sino deconstruir su poder: mostrar que detrás del término hay una historia, una experiencia y un contexto.

Nombrar sigue siendo necesario, pero debe hacerse con cuidado. La semiología puede iluminar un fenómeno, mientras la ideología lo simplifica. La diferencia entre ambas radica en la intención: describir para comprender o para controlar.
Tal vez la tarea clínica consista en devolverle al lenguaje su dimensión viva, donde las palabras no encasillen, sino que acompañen la búsqueda de sentido.

El lenguaje que cura no es el que etiqueta, sino el que permite decir lo que aún no tenía nombre.

Referencias

Foucault, M. (1961). Historia de la locura en la época clásica. Fondo de Cultura Económica.
Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.
Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo (J. Gaos, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1927).
Ricoeur, P. (1990). Sí mismo como otro. Siglo XXI.
Van Deurzen, E. (2010). Everyday mysteries: A handbook of existential psychotherapy (2nd ed.). Routledge.