La historia ha mirado la locura desde distintas perspectivas: pecado, posesión, error, enfermedad o amenaza. Sin embargo, detrás de cada forma de nombrarla se oculta una tecnología de control. Criminología y psiquiatría han compartido un terreno de ambigüedad donde el “loco” y el “delincuente” se entrelazan: ambos representan la diferencia que el orden social necesita marginar para reafirmarse.
Foucault (1961) mostró que antes de ser tratada como un trastorno, la locura fue separada del cuerpo social: confinada, vigilada y silenciada. Con la modernidad, la razón se instituyó como medida de lo humano y creó espacios para contener aquello que no encajaba en su ideal: el hospital, la cárcel, el manicomio. Así, la locura se transformó en desviación, en un signo de desajuste frente a la norma.
El positivismo criminológico del siglo XIX, con autores como Lombroso, buscó explicar el delito como un defecto biológico o psicológico, reforzando la idea de que la diferencia era una amenaza natural. Becker (1963) argumenta que la desviación no existe en sí misma, sino que se produce socialmente: son las normas las que la definen. Por ello, la línea que separa al loco del criminal responde menos a una esencia que a una construcción política.
Las ciencias actuales —neurociencia y psiquiatría— siguen explorando las causas de la conducta violenta, aunque a menudo descuidan su dimensión simbólica. El sufrimiento no escuchado puede volverse agresión, y el acto violento puede ser la expresión de un sentido que no logra decirse. Desde una perspectiva hermenéutica y existencial, tanto el síntoma como el crimen son formas límite de lenguaje: gritos del sin sentido.
La criminología crítica propone un desplazamiento: del sujeto patológico al sistema que lo define. Zaffaroni (2012) señala que el derecho penal no castiga solo los actos, sino identidades, construyendo figuras del “anormal”. Así, la categoría de “peligrosidad mental” puede ser un modo sofisticado de exclusión social.
Cuando la locura se interpreta únicamente como enfermedad, se reduce al discurso médico; cuando se ve solo como desviación, se transforma en un asunto policial. En ambos casos, el sujeto desaparece tras la etiqueta. De ahí la necesidad de un tercer horizonte: comprender la locura como un modo radical de existencia, una forma de resistir ante una normalidad que exige coherencia.
Desde la filosofía del cuidado, el reto ético consiste en devolver humanidad a lo que el poder patologiza o criminaliza. No se trata de negar el trastorno ni justificar el delito, sino de interrogar los discursos que los producen. Como advierte Foucault (1975), el poder se reviste de saber para ejercer su dominio con legitimidad. En esa dinámica, sanar o castigar son gestos que pueden coincidir.
La pregunta, entonces, no es si la locura es enfermedad o desviación, sino cómo respondemos ante ella: si encerramos o escuchamos, si juzgamos o comprendemos. Quizá la verdadera locura sea creer que la normalidad pertenece solo a quienes juzgan.
Referencias
Becker, H. S. (1963). Outsiders: Studies in the sociology of deviance. Free Press.
Foucault, M. (1961). Historia de la locura en la época clásica. Fondo de Cultura Económica.
Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.
Zaffaroni, E. R. (2012). Derecho penal y poder: Los rostros de la violencia institucional. Ediar.
