Categoría: Salud

Por: Yael Araceli Cázares Arenivas / Fecha: marzo 19, 2026

Somos seres cambiantes y bastante interesantes. La investigación no plantea una adolescencia eterna, sino una adolescencia más allá de lo hormonal y más en el plano sociocultural.

“Hoy entré a la tienda de música; al cruzar la puerta, fue como cruzar un portal en el tiempo. De pronto ya no era la casi treintona comprando un capotrasto para transportar canciones, para que sea menos difícil pisar las cuerdas tras mis años lejos de la guitarra y mi poca habilidad. Ahora, era la misma chica de 16 años vendiendo sus libros para comprar una guitarra, la misma chica que entraba sin comprar nada, comparando colores, aromas, formas y sonidos sin afinar, porque evidentemente mis únicos conocimientos a los 16 eran exclusivamente el círculo de sol y un bajeo suave de “Stand by me”. De pronto, volví a ser la misma chica que, después de comprar su guitarra, iba en cada ocasión a la misma tienda a comprar púas: una púa cada 15 días, púas que jamás usaría, pero que con seguridad perdería; pero entrar a esa tienda me hacía sentir que había una magia extraña, una magia que al sentirla resultaba adictiva, un mundo extraño de acordes y trova al que quería pertenecer.

Cuando tenía 13 años escuché por primera vez una canción de trova: “Trotamundos” tocada por cuerdas y madera; ese día fue como hoy cuando entré a la tienda de música, hubo una magia extraña dentro de mí, como si algo oculto pero escrito dentro de mí comenzara a tener sentido. Supe que la versión de Trotamundos en concierto del 2001, descargada en Ares en mi iPod nano, sonaría cada vez más fuerte, pero con otra voz, en otras canciones, pero el mismo espíritu.”

—Yael y Yaelita, Yael Cázares.

El término “adolescencia” no fue concebido formalmente hasta 1904 por G. Stanley Hall. Previo a esto, existían ya ideas sobre qué era y cómo era la juventud; sin embargo, no existía una decisión en la cual se pudiera hablar de etapas independientes o con identidad propia.  Fue así como se definió por primera vez la adolescencia como un periodo con evolución y cambios psicológicos, sociales, morales y biológicos. Cambios distintos a cualquier parte del desarrollo humano y con una importancia urgente de desarrollar conceptualmente.

En la antigüedad, a pesar de que no existía una categoría intermedia entre niño y adulto, existían ritos específicos de paso, tales como el servicio militar, la ciudadanía, etc. Durante la Edad Media, no había una transición tan marcada por una etapa en concreto, sino que era una transición por medio de la participación social, en el trabajo o el matrimonio, lo que determinaba la adultez. En la ilustración, hay inicios de individualidad juvenil, pero sin marcar una categoría formal: Es también en este periodo donde la industrialización toma fuerza y, de este modo, la escolarización se ve como obligatoria; así la juventud logra estar más tiempo fuera de la vida adulta.

Así se llega hasta Stanley en 1904, donde surge el nacimiento formal y científico del concepto adolescencia.  Desde entonces, la adolescencia ha sido estudiada en diferentes enfoques interdisciplinarios. En 1940, tras los avances en la psicología del desarrollo, la palabra adolescencia se vuelve clave para hablar del yo y del sentido de la vida. A partir de los 70 hasta los 90, se comienza a construir sobre ese concepto fundamental del desarrollo como un fenómeno sociocultural y no solamente biológico. Se abre la puerta a pesar de que hablar de adolescencia es hablar de un término dual.

La investigación en los últimos años sobre la adolescencia ha sido ardua y cambiante; hasta el 2020, por medio de estudios de la neurociencia del desarrollo, se determinó que el final de la adolescencia era hasta los 25 años. No obstante, en estudios recientes, se ha demostrado que el sistema nervioso central continúa en constante desarrollo hasta más tiempo de lo ya investigado. Se han llegado a hacer publicaciones donde se afirma que la adolescencia entendida como adolescencia cerebral extendida se desarrolla hasta entre los 30 y 32 años, todo esto relacionado con procesos de desarrollo de la identidad y la toma de decisiones.

Es así como la referencia más común para hablar de adolescentes, “hormonas”, cambia a un sentido más amplio y no únicamente hormonal, sino a una etapa neuropsicosocial. Llega por fin una teoría que se contrapone a autores célebres como Freud y Hall, aunque, más que contraponerse, ofrece un complemento ideal a la interpretación del desarrollo humano. Hablando de forma práctica, biológica y en palabras de Susan M. Sawyer, ahora existe una reorganización profunda del cerebro, particularmente de la corteza prefrontal (la encargada del autocontrol y decisiones). De este modo, la madurez completa del cerebro no se puede decir que se alcanza a los 18 años, sino que es hasta entre los 25 y 32 años.

Lo que quiere decir que, tras el desarrollo total de la corteza prefrontal (con las funciones ya mencionadas), es hasta entre los 25 y 30 años que se puede hablar de una identidad social y de propósito completamente establecida. Y es entonces entre los 25 y 32 años que existe una regulación (normalmente) desarrollada.

¿En qué afecta toda esta investigación? Da explicación de diversas implicaciones sociales que suceden actualmente, tales como la juventud laboral extendida, los matrimonios y paternidades tardíos, una nueva definición de ser joven y cambios constantes en la salud mental, la educación y la política.

Somos seres cambiantes y bastante interesantes. Si aceptamos el nuevo planteamiento de adolescencia, tras investigar un poco, no quiere decir que se hable de una adolescencia eterna, o que esta situación ha sido algo permanente a lo largo de la historia. Sino que es multifactorial; ya no solo se habla de hormonas, sino de factores socioculturales. Y de esta forma, en el terreno de la taxonomía generacional, tiene mucho sentido que haya una época perdida entre los millennials y la generación Z: Los zillennials, esa generación vagando en el tiempo y en el espacio, sobreviviendo a los estragos de los largos años hormonales, pero pendientes de toda la evolución del mundo y su identidad sociocultural. Inmersos en pandemias, guerras, el inicio del internet, las peleas por colgar el teléfono y usar el ordenador, las llamadas gratuitas de cinco minutos, pero luego también el plan ilimitado, entre la agenda de Cowco y la del teléfono inteligente, entre los silencios para pasar una canción por infrarrojo (como si eso sirviera de algo) y el bluetooth, entre la novedad de los zumbidos de Messenger, Skype, hi5, Metroflog y Facebook. Los cambios de papado y la visibilización feminista. Entre la ayahuasca y las espiritualidades tradicionales. Entre lo vintage y lo hípster con lo aesthetic. Entre el mp3, CD, un poco de casete, el iPod y ahora cualquier plataforma. Entre Ares y Spotify. Entre los libros, Wikipedia y ChatGPT. Entre uno y otro, pero siempre en medio. ¿Quién no podría desestabilizarse sin nada constante?

En palabras de Heidegger: «Ninguna época ha conocido al hombre tan poco como la nuestra; en ninguna época el hombre se ha hecho tan problemático como en la nuestra». No es precisamente un problema que la adolescencia sea declarada a fin a los 32; el problema es estudiarla a detalle, así como se ha hecho anteriormente, y dar soluciones a todos esos adolescentes como yo que seguimos vagando zillennialmente. O bien, crear un grupo de soporte de WhatsApp, donde la cuota es tener de dominio en el correo un “@hotmail.com” o “@yahoo.com”. Así que, si hay fallas en el cumplimiento de metas tradicionales, no hay fallo: Hay adolescencia.

Flannery O’Connor dijo en “El escritor y su país”: “No necesita ocurrirle nada al escritor después de los veinte años. Para entonces ya ha experimentado más que suficiente para el resto de su vida.” Tras este descubrimiento, los 20 en tiempo de O’Connor se alargan. Así que si sientes que vas tarde:

No vas tarde, aún eres adolescente.