Categoría: Salud

Por: Yael Araceli Cázares Arenivas / Fecha: abril 9, 2026

Nacemos y morimos constantemente, vivimos en agonía; cada vez vivimos menos y morimos más.

“Comencé a leer con mucha vergüenza un libro de autoayuda; desde siempre el leer filosofía y literatura clásica me hacía sentir especial y superior, dentro de un grupo exclusivo y secreto. Me hacía sentir especial, al grado de llamar al resto de literatura “basura comercial”. Pero esta vez era diferente, un libro ya no se sentía como un arma, se sentía como únicas opciones en medio de una pandemia siniestra, y entonces leí: ‘Un arma sería demasiado violenta. Una soga demasiado anticuada. Y el filo de un cuchillo sobre sus muñecas, demasiado silencioso. Así que la pregunta pasó a ser: ¿Cómo se puede acabar con una vida que ha sido gloriosa de un modo rápido y preciso, con el mínimo desorden y con el mayor impacto posible? (Robin Sharma).’

Nacemos y morimos constantemente, vivimos en agonía; cada vez vivimos menos y morimos más. Genios mueren ahogados por la rutina, asfixiados por la imposibilidad de ser quienes hay en su interior, atados al sistema que suplica porque toda la existencia viva sea como una constante. He visto la pena en los ojos más sonrientes, y la alegría en el gesto más amargo. Y es que la locura no es precisamente mala, no en este mundo pies de plomo. Se necesita un poco de locura para luchar con la monotonía. Hay muchos que ayudan a cargar la piedra a Sísifo todos los días, en silencio, con dolor y en el anonimato. Almas que caminan al transporte público siendo consumidas por un dementor. En la vida real, los dementores son la depresión, el pánico, la ansiedad, los pensamientos intrusivos y suicidas; y el chocolate, algún fármaco psiquiátrico, pero no cualquiera, sino uno prescrito por un psiquiatra verdaderamente humano, comprometido a un seguimiento de calidad. Eso, y aquellas personas que entregan su corazón a quienes sufren, capaces de amar incluso cuando ellos no son capaces de amarse a sí mismos, capaces de quedarse a pesar del dolor de ver la autolesión y el dolor interminable que se vive diariamente en el mundo de la depresión. Capacitados desde el amor a soportar, a no irse y a eliminar de su mente la idea de que sea algo personal y, mejor aún, eliminando de su diccionario de vida la frase “es por llamar la atención”.

La depresión no es una enfermedad unilateral, ¿qué enfermedad lo es? Hay mucho dolor alrededor. Y ni hablar del círculo perpetuo que sigue tras un suicidio, la marca dolorosa que indica un antes y un después en todo entorno posible.  La verdad de la empatía no ha sido revelada para cualquiera; es exclusiva para aquel que es capaz de pensar más allá de sus pensamientos, para amar más allá de sí mismo. Capaz de entender que el mundo, que la vida no está hecha a nuestro antojo, que sí podemos comprenderla desde nuestro corazón, pero jamás interpretarla por completo de manera personal. 

Estamos a punto de hablar de un tema nada novedoso, de un fantasma social, para nada inventado, sensible y real: Es necesario tocarlo con los guantes de la empatía y la humildad. Este es el genkan, el lugar adecuado para los japoneses para descalzarse y entrar a casa, sabiendo que sus huellas de zapatos sucios no mancharán su hogar”.”

—Para nacer y morir en un día, Yael Cázares

En la antigüedad no existía una palabra en concreto para referirse a la idea de suicidio. En las culturas ya se utilizaban expresiones como “morir voluntariamente”, “darse muerte a sí mismo” o “irse por mano propia”. Pero el término suicidium apareció por primera vez, formalmente, en el año 1642 en un texto sobre teología de Sir Thomas Browne. Pero, si bien, antes de Browne, no existía una definición formal, existían interpretaciones jurídicas, religiosas y morales.

En Mesopotamia, Egipto y en el mundo antiguo temprano, el suicidio era concebido como un acto vinculado a la deshonra, un escape al sufrimiento o un acto ligado a fuerzas espirituales. En la Grecia antigua se abrió un diálogo sobre cómo los griegos podían interpretar al suicidio como algo aceptable o no. Sócrates marca un precedente al aceptar beber la cicuta. Platón habla sobre la condena en el suicidio en el Fedón, justificándolo cuando es una condena otorgada por el Estado o cuando existe una enfermedad incurable. Aristóteles declaraba una falta ética, pero no religiosa. Es la escuela estoica quien marca por primera vez al suicidio como un acto racional bajo ciertas condiciones: esto podía suceder cuando la vida deja de ser virtuosa por la pérdida de la libertad o una enfermedad. Podía ser considerada como la salida voluntaria, un acto de “dignidad”.

Durante el Imperio romano, el suicidio podría ser considerado como un acto honorable si este llevaba a prescindir de la deshonra o la tortura. En el cristianismo y la Edad Media, se marca una diferencia importante en la concepción del suicidio. Es San Agustín el primer pensador en prohibirlo teológicamente, justificando esto con el quinto mandamiento “no matarás”, ya que la vida pertenece a Dios y acabar con la propia vida es un acto en contra del amor, en contra del proyecto de Dios. En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino refuerza el pensamiento de San Agustín, complementando su premisa con la idea de que el suicidio es un pecado que no solo afecta a quien lo comete, sino que también lastima a Dios y a la comunidad. Esto tiene consecuencias radicales: los cuerpos de personas que tomaban la decisión de terminar con su vida no podían ser sepultados en terreno santo. Era percibida como acción demoníaca.

En 1917, la Iglesia Católica consideraba que el suicidio era causa para prohibir estrictamente la práctica de funerales y sepultura eclesiástica. Fue hasta 1983 que se hizo un cambio en el derecho canónico. El papa San Juan Pablo II deja de incluir al suicidio como un impedimento para las celebraciones y sepulturas eclesiásticas. San Juan Pablo II, al mando de la Iglesia Católica, marca un antes y un después en la concepción del hombre, desde una visión más humana. Determinando que el suicidio proviene de una situación profunda y dolorosa, que puede provenir de condiciones psicológicas, sociales, de salud e incluso relacionadas con la libertad humana. De este modo, se plantea en la Iglesia Católica la noción de que, en muchas ocasiones, la persona que termina con su vida no realiza el acto desde su plena conciencia y libertad. De este modo, en la actualidad, en el Catecismo de la Iglesia Católica, se plantea que hay esperanza para todo aquel que decide terminar con su vida, ya que Dios tiene el poder de obrar en el interior de la persona incluso en situaciones donde no se es plenamente libre.

Durante la Ilustración, se piensa por primera vez en el suicidio como un acto humano y no únicamente moral. Hume habla sobre la legitimidad del suicidio en ciertos casos. Otros filósofos humanistas difieren de las condenas absolutas para las personas suicidas. De este modo, es en la ilustración donde surge una perspectiva psicológica más humana y social.

Es común escuchar frases como “en mis tiempos eso no sucedía”, “si está deprimido, que se ponga a barrer y verá cómo se le quita”, “póngase a chambear y verá cómo deja de pensar patrañas”, “está llamando la atención”, “míreme a mí, yo sí tengo razones para sufrir y no me ando suicidando”, “vea a los niños que sufren, eso sí es dolor”. Y una lista muy amplia que definitivamente no cabría en esta nota. La pregunta real es: ¿El suicidio es algo nuevo o siempre ha existido?

El suicidio existe desde que el hombre existe, y ha sido interpretado por diversas culturas; existe un registro real antropológico y en números que puede explicarnos mejor lo que hoy es tan fácil de ver tras la expansión y el fácil acceso a medios digitales. Y si bien el suicidio siempre ha existido, ha cambiado la manera en que se interpreta. Pero, bueno, una pregunta importante es: Si siempre ha existido, ¿por qué hoy parece más visible que nunca? Inicialmente, hay que hablar sobre la investigación y la capacidad de registro que existe en la actualidad. Con anterioridad era difícil mantener un conteo exacto: Desde un inicio, mantener un orden en el tema de difusión y el estigma social que implicaba hablar de ello. Segundo, el aumento y propagación de diagnósticos psiquiátricos. Tercero, no solo hay que retomar la idea sobre el excesivo uso de medios digitales, sino plantear que los medios de comunicación y redes sociales han cambiado y acrecentado completamente su alcance. Y, por último, los constantes cambios sociales.

Actualmente, no solo se habla de suicidio desde un área, sino que es estudiado de manera interdisciplinaria, por medio de la psicología, psiquiatría, sociología, incluso apoyado por la filosofía. Entender al suicidio como un problema social y de salud mental es un primer paso. Existen diversas campañas que se reactivan constantemente para la prevención del suicidio. En la siguiente parte hablaremos sobre ellas, su efectividad y recomendaciones.

REFERENCIAS:

Browne, Thomas. Religio Medici. 1642.

Minois, Georges. Historia del suicidio: La muerte voluntaria en Occidente. Traducido por Lucía Sbaffoni, Fondo de Cultura Económica, 2002.

Platón. Fedón. Traducido por María Isabel Santa Cruz, Gredos, 2000.

Aristóteles. Ética nicomaquea. Traducido por José Luis Calvo Martínez, Gredos, 1999.

Séneca. Cartas a Lucilio. Traducido por Antonio Ramírez de Verger, Alianza Editorial, 2007.

Agustín de Hipona. La ciudad de Dios. Traducido por Santiago García-Jalón, BAC, 2000. Libro I.

Tomás de Aquino. Suma teológica. Traducido por Sebastián San Martín, BAC, 1955. II-II, q. 64, a. 5.

Hume, David. Sobre el suicidio. Traducido por Carlos Mellizo, Tecnos, 1998.

Camus, Albert. El mito de Sísifo. Traducido por Luis Echávarri, Alianza Editorial, 2012.

Código de Derecho Canónico de 1917

Iglesia católica. Código de Derecho Canónico de 1917. Librería Editrice Vaticana, 1917. Canon 1240.