El pasado 29 de enero del 2026 se llevó a cabo el reestreno de las películas de El señor de los anillos versión extendida en Cinemex. Cuatro días en las salas platino repletas de fieles seguidores de la saga y nuevos seguidores, con el privilegio de experimentar por primera vez la adaptación de las obras de Tolkien desde el cine, y no solo la experiencia cinematográfica, sino la experiencia extendida de casi 4 horas por película.
La obra de Tolkien ha trascendido de generación en generación, y la adaptación cinematográfica no es la excepción. La aventura de Frodo hacia Mordor fue tendencia en redes sociales en páginas de aficionados de la saga. Viejos y nuevos amigos en las salas con un interés en común. Lágrimas y risas se experimentaron entre sorbos de Coca-Cola, chocolates y palomitas.
En tiempos de crisis, es reconfortante pensar en Gandalf como un amigo cercano que aconseja, que invita a no sufrir por lo incontrolable de los tiempos y sí enfocar toda la fuerza y esperanza en todo aquello que sí está bajo nuestro control. Y aun en medio de la inmediatez, en la paciencia también existe paz, ya que el mal no es la única fuerza.
El Señor de los anillos no es solo un clásico del cine, sino también una reflexión de diferentes posturas filosóficas. El poder como prueba moral del ser humano es una de ellas. El poder no puede revelar la esencia del ser, sino en quién nos podemos convertir. No somos el resultado de nuestras decisiones, sino lo que elegimos hacer con ello. No contamos con el control absoluto de la existencia, pero sí contamos con nuestra capacidad de elegir bondad sobre maldad, en convertir todas las vivencias en lo que nosotros queramos más allá de toda expectativa.
No es sorpresa que la obra se siga sintiendo tan vigente y que sus películas sigan moviendo corazones. El poder como problema antropológico toma fuerza con el anillo único; no solo representa un objeto mágico, sino que es un símbolo del deseo humano de dominar, someter y tener el sumo control. Y si bien el poder es un tema importante, no hay que olvidar el argumento sobre la libertad como centro de la trama: Ningún personaje es sometido a la elección de historia y camino: Galadriel renuncia aun teniendo derecho y fuerza, Boromir cae porque quiere hacer el bien por medio del poder y Frodo sigue su camino a pesar de ya no querer. El ser humano es más que su naturaleza inicial; es capaz de decidir aun cuando el panorama da la ilusión de no existir terreno que podamos controlar.
Tolkien no incorpora la idea de mal como un suceso espectacular, sino como algo que crece lentamente, desde justificaciones, pequeños permisos hasta la pérdida de la identidad. El mal no se puede entender como algo que siempre se elige por ser mal, sino que hay ocasiones en que se presenta como necesario.
Y, por último, la parte más especial y auténtica: La grandeza de lo pequeño. El destino no es elegido por los más poderosos, sino por los más humildes. Los hobbits marcan un heroísmo distinto, una especie de antihéroe, sin búsqueda de gloria; no desean el poder. Esa autenticidad es parte fundamental del cómo o por qué logran resistir hasta el final.
Hacer el bien no es un acto heroico desde la perspectiva romántica, sino un acto de entrega, pesada, lenta e incluso dolorosa. Frodo logra ser el más fuerte, siendo el más débil, siendo consciente de que acepta cargar con algo que no eligió.
4 horas de vivir la historia del Señor de los Anillos para los conocedores de la saga resultan poco, a pesar de los rumores de que grandes fanáticos se quedaron dormidos un par de minutos durante la función. Tolkien nos recuerda que en este mundo de orcos y nazgûl, también existen hobbits y magos blancos.

