En este Café Filosófico comenzamos por definir qué entendemos por violencia. Coincidimos en que se trata de toda acción que transgrede la dignidad y los derechos humanos o vitales de una persona.
Al intentar identificar los tipos de violencia que vivimos en México, el primer ejemplo que surgió fue el del crimen organizado. Lamentablemente, las acciones de estos grupos han dejado una profunda huella en la percepción que tenemos de la realidad nacional; ellos realizan secuestros, asesinatos, extorsión, narcotráfico y trata de blancas, entre otras acciones.
También se mencionaron otras formas de violencia más cotidianas: la violencia de género, que mediante el daño físico, psicológico o económico somete a las personas por el género que expresan; la discriminación y segregación por apariencia, lengua, clase social o comportamiento; el bullying, entendido como el acoso que se ejerce aprovechándose de las vulnerabilidades del otro; y la violencia competitiva, presente en el trabajo y en diversas interacciones sociales. Estos fueron algunos ejemplos, aunque sin duda hay muchos más. ¿Podrías identificar tú alguno que no hayamos mencionado?
Con cierta claridad sobre el tema, pasamos a reflexionar sobre las posibles causas, específicamente aquellas que pudieran estar relacionadas con nosotros como sociedad. Observamos que, en el caso del crimen organizado, el poder suele ser un atractivo principal. Estos grupos promueven su ideal mediante la narcocultura, que exalta el dominio, el dinero y la ostentación, prometiendo poder y justificando la violencia, al tiempo que banaliza sus consecuencias. Esto nos llevó a preguntarnos: ¿qué tan partícipes somos, de manera directa o indirecta, de esa misma cultura?
En cuanto a la violencia de género, reconocimos un desequilibrio histórico entre lo masculino, que frecuentemente es exaltado con un halo de superioridad, y lo femenino, que culturalmente es concebido como algo inferior. Reflexionamos sobre las responsabilidades que tocan a cada parte: unos ejercen abuso y violencia; otras, muchas veces, adoptan un papel de permisividad o victimismo.
Sobre la discriminación, advertimos que suele nacer del rechazo a lo diferente, pero también de un rechazo a nosotros mismos como mexicanos, pues a menudo tenemos una imagen empobrecida y distorsionada de lo que somos.
Respecto al bullying, se señaló que sus raíces suelen estar en el maltrato o la carencia afectiva que ha vivido quien lo ejerce, lo cual refleja un dolor profundo mal encauzado.
Estas fueron las causas que encontramos y, tras vislumbrar un panorama tan oscuro, dilucidamos algunas soluciones. Así, comenzamos mencionando que la educación debe ser reformulada para fomentar la inteligencia emocional, la responsabilidad afectiva y el pensamiento crítico; una educación orientada al “ser” más que al “tener”.
Otro punto fundamental fue la conciencia social, fortalecer los vínculos afectivos entablando diálogos familiares y comunitarios, para aprender a cooperar, cuidarnos los unos a los otros y buscar el bien común. Esto nos ayudaría a respetar al prójimo, incluirlo en nuestro radar de afectividad y reconocer lo diverso como algo valioso.
También se habló de fortalecer la identidad cultural, resignificando nuestros rituales y tradiciones, comprendiendo sus funciones sin imponerlas. Y, por último, de cultivar el amor propio, conociendo nuestras capacidades y límites, y viviendo con dignidad.
Concluimos que el trabajo para construir una sociedad más pacífica comienza, surge de los vínculos que se practican en familia, luego se expanden a nuestro círculo social y terminan convirtiéndose en una acción social.
Y tú, ¿cómo crees que deberíamos comportarnos con los demás, sabiendo que cada quien proviene de círculos familiares distintos?
Así culmina esta reseña, que intenta mostrar un camino que todos tenemos por delante.
