Categoría: Cultural

Por: TANIA GARCIA RIVERA / Fecha: abril 27, 2026

Gramsci dijo que todos somos filósofos. El café filosófico toma en serio esta idea, convirtiendo el sentido común en materia de reflexión crítica colectiva para construir una mirada más libre.

En sus escritos redactados desde la prisión, Gramsci nos dice que todos los hombres pueden filosofar. Con esta afirmación, intenta transmitirnos que la filosofía no es una propiedad exclusiva de académicos, sino una actividad presente en el lenguaje, en las creencias y en el sentido común de las personas.  

Esta idea resuena directamente con el espíritu fundacional de los cafés filosóficos, que son espacios donde las personas comunes, sin credenciales ni títulos, se reúnen para pensar de manera colectiva sobre cuestiones que les afectan en múltiples áreas de su realidad. 

Gramsci distingue entre la filosofía profesional, que es sistemática y consciente, y aquella filosofía implícita que todos llevamos dentro. El café filosófico toma la materia prima del sentido común, de las creencias e incluso prejuicios, y la somete a un proceso de discusión crítica colectiva. Esto ayuda a que se hagan conscientes las creencias, que se examinen sus supuestos y que se eleven hacia una comprensión más coherente y reflexiva del mundo.  

Dicha labor crítica tiene una dimensión política, pues para Gramsci, la lucha por la hegemonía, que es la dirección intelectual y moral de la sociedad, no se libra solo en los parlamentos, sino fundamentalmente en el terreno de la cultura y del sentido común. De tal suerte que las clases dominantes no ejercen el poder únicamente mediante la imposición, sino también mediante la capacidad de moldear las creencias, los valores y la visión del mundo, logrando que dicha concepción sea asumida como la natural y universal.  

El café filosófico se erige como un pequeño espacio de contrahegemonía, un lugar donde las personas pueden distanciarse de las ideas recibidas, examinar críticamente las huellas que la ideología dominante ha dejado en su propia conciencia y comenzar a construir, colectivamente, una mirada más autónoma y reflexiva. 

Para Gramsci, todo grupo social que busca transformar la sociedad necesita producir sus propios intelectuales, personas capaces de dar coherencia teórica a las prácticas y aspiraciones del grupo, de articular una visión del mundo alternativa y de difundirla entre las masas. En cierto modo, café-pensadores son intelectuales orgánicos que no buscan imponer su propia verdad, sino descubrir una verdad más amplia mediante el intercambio colectivo. 

En este sentido, cada sesión es un ejercicio colectivo de reflexión y toma de conciencia. Al sentarse en círculo, escuchar con atención la perspectiva ajena, exponer las propias ideas al escrutinio de otros, al reformular una pregunta que nos obliga a pensar de nuevo, estamos ensayando esa actitud crítica que Gramsci consideraba el primer paso para cualquier transformación real. No se trata de cambiar el mundo de inmediato, sino de empezar por cambiar nuestra relación con él, de aprender a ver las huellas que lo social ha dejado en nosotros, de construir colectivamente una mirada más lúcida y, por lo tanto, más libre. 

El café filosófico, visto desde la lente gramsciana, se nos muestra como un microespacio de resistencia cultural y de producción de conciencia crítica. En él, personas diversas ejercitan su capacidad filosófica espontánea, la confrontan con otras, la someten a crítica y, al hacerlo, contribuyen a esa lucha silenciosa por el sentido común de la época.  

No es casualidad que Gramsci confiara en que una nueva filosofía solo podría arraigar si lograba convertirse en nuevo sentido común, en creencias populares con la misma fuerza imperativa que las tradicionales. Los cafés filosóficos, desde su aparente simplicidad, participan de esa tarea histórica, ayudando a que la reflexión crítica deje de ser un privilegio académico y se convierta en una práctica cotidiana y una herramienta ciudadana.