En este Café Filosófico, reflexionamos acerca de las cualidades que nos definen como humanos para evaluar si podrían volverse obsoletas debido a la presencia de las máquinas o la inteligencia artificial. Para ello, comenzamos resolviendo cuáles serían dichas cualidades, para saber qué valor insustituible podían contener.
En un primer momento, hablamos de nuestra capacidad para racionalizar y conceptualizar, entendida como la manera en que comprendemos la realidad y además nos construimos un “mundo interno”. Nos pareció que el pensamiento metafísico no puede ser sustituido por la tecnología, debido a que este tipo de razonamiento requiere ser experimentado con una abstracción intuitiva, algo que las máquinas no podrían lograr.
Otra de las cualidades humanas que abordamos fue la autoconciencia, es decir, la capacidad de reconocer aquello que sentimos y pensamos, y también de observar lo que nos acontece; gracias a la autoconciencia, podemos practicar la autorreflexión. Dijimos que, aunque en algún momento las máquinas pudieran llegar a ser conscientes de sus razonamientos, no podrían experimentar emociones, y mucho menos, sustituir a las nuestras; de tal suerte que nuestras experiencias emocionales y la conciencia que podamos tener respecto a ellas serán insustituibles.
Otra cualidad nuestra sería la capacidad de valorar los fenómenos y cosas, cualidad que nos lleva a ser seres morales y con una apreciación estética. Aunque se sabe que la IA es capaz de interpretar aquello que se considera bueno, bello o virtuoso, lo hace únicamente en función de razonamientos e instrucciones dadas. Y aun si pudiera llegar a experimentar una valoración propia, la práctica de la moral y la ética humanas nunca debe ser abandonada.
Continuando en la reflexión de las cualidades humanas, pensamos en nuestra necesidad de tener un sentido de vida, un “por qué” que dirija nuestros actos. Aun si en algún momento las máquinas pudieran influir o colaborar en los “porqués” de nuestra vida, los actos que efectivamente realicemos siempre dependerán de nosotros. En ese sentido, la voluntad humana es una cualidad insustituible.
Se habló entonces de nuestra capacidad para experimentar la conexión espiritual, como algo que nos llena de paz e incluso da un sentido a nuestra vida. En este terreno, reconocimos que la tecnología se vuelve irrelevante, pues dicha conexión surge de nuestro interior y es necesariamente irremplazable.
Surgió entonces un tema relacionado: la capacidad de conectar con nuestros semejantes. Esta vinculación puede llegar a ser sobrecogedora e incluso trascendental; requerimos vivirla para poder generar un verdadero bien colectivo. Aquí reconocimos que la conexión afectiva interhumana nunca debe ser abandonada.
Tras explorar estas ideas, coincidimos en que, aunque la tecnología pueda acompañar y potenciar muchas de nuestras tareas, las cualidades profundamente humanas siguen siendo irremplazables. Son ellas las que sostienen nuestra dignidad, nuestro sentido de vida y nuestra capacidad de construir comunidad; por eso, debemos protegerlas y cultivarlas.
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