En un aula o alrededor de una mesa de café, sucede algo poco común cuando dejamos de tratar el diálogo como un intercambio de opiniones y empezamos a tratarlo como una investigación colectiva. Esta es la esencia del legado de Matthew Lipman, cuyo trabajo tiende a guiar práctica de los cafés filosóficos actuales. Lipman nos muestra que pensar bien no es una actividad individual, sino más bien social. No se trata de acumular razones para ganar una discusión, sino de ejercitar la razonabilidad, esa cualidad humana que es capaz de unir la lógica con el juicio sensible, la empatía y la atención al contexto.
El núcleo de su propuesta es la comunidad de investigación, un concepto que trasciende el salón de clases y se puede aplicar en múltiples contextos dialógicos, entre ellos, el café filosófico. Este último, no es un debate donde hay vencedores y vencidos, ni una tertulia donde cada uno expone su monólogo. Es un espacio donde, como él describió, los participantes se escuchan con genuino respeto, construyen sus ideas sobre las aportaciones de los otros, desafían con cuidado las afirmaciones débiles y buscan juntos los supuestos ocultos bajo lo evidente. La persona que guía la conversación no es un experto que posee la verdad, sino un facilitador que guía un proceso donde el grupo es el verdadero investigador. Su papel no es impartir conocimientos, sino cuidar que la indagación sea rigurosa, inclusiva y autocrítica.
Este modelo surge como contraparte a la educación y el diálogo que dan por sentado que el mundo es inequívoco y que sus respuestas están en manos de unos pocos. Lipman propuso una epistemología reflexiva, donde el conocimiento se va revelando poco a poco, después de transitar por la ambigüedad y la duda. Este es el terreno natural de la filosofía y, por extensión, del café filosófico bien llevado. En este espacio, el objetivo último no es resolver el enigma, sino perfeccionar nuestro pensamiento de orden superior, que es a la vez crítico y creativo, que examina sus propias metodologías y prejuicios, y que es capaz de navegar en problemas que no aceptan una sola perspectiva válida.
La consecuencia social de esta práctica es profunda. Lipman no buscaba generar ciudadanos razonables. Personas capaces de lograr un pensamiento complejo, autocorrectivo y consciente de que su punto de vista es uno entre muchos otros. En la medida en que vivimos en una democracia saturada de mensajes polarizantes, el diálogo que tiene lugar en el café filosófico se convierte en un acto de resistencia cívica. Es un lugar donde se ejercita la capacidad de disentir sin ofender, de cambiar de idea con aplomo y de sostener la incertidumbre sin caer en la desazón. Al final, más que transmitir rígidos conceptos, se trata de aprender el arte mismo de la conversación humana, recuperando el diálogo como el lugar donde, juntos, podemos acercarnos a una comprensión más humilde y rica del mundo que compartimos.
