Categoría: Cultural

Por: TANIA GARCIA RIVERA / Fecha: febrero 18, 2026

Los cafés filosóficos son espacios donde se ejercitan virtudes como la humildad y la empatía intelectual para transformar el diálogo en una indagación colectiva y no en una contienda.

El mundo digital actual está saturado de discursos tendenciosos, polarizados y monológicos, donde las voces de los inlfuencers ganan mayor visibilidad si optan por este estilo de comunicación. Así, la manera de pensar de las personas corre el riesgo de caer en sesgos de manera crecidamente tendenciosa. Al interior de estas dinámicas, los cafés filosóficos emergen como espacios de resistencia, siendo su valor más profundo no lo que ahí se dice, sino la manera en que se piensa y se escucha. Ya que esta práctica revive una ética del diálogo que trasciende la mera opinión, cultivando las virtudes intelectuales necesarias para una conversación auténtica. Lejos de ser una tertulia casual, un café filosófico bien guiado se convierte en un gimnasio para la mente, donde se ejercitan la humildad, el coraje y la empatía frente a las ideas.

El fundamento de esta práctica reside en aquello que los teóricos del pensamiento crítico llaman virtudes o disposiciones intelectuales, pues, no basta con ser listo o elocuente; se requiere humildad intelectual para reconocer los límites del propio saber, coraje intelectual para cuestionar creencias propias y ajenas, y empatía intelectual para esforzarse genuinamente por comprender un punto de vista opuesto. 

En el calor de un debate, es fácil caer en la defensa del propio orgullo. Es por eso que las virtudes intelectuales actúan como un antídoto, transformando una potencial contienda en una indagación colectiva. El facilitador no es un árbitro que busca un ganador, sino el vigilante y motivador de un proceso donde la norma es el trato justo de todos los argumentos.

Este ejercicio se convierte en una batalla contra tendencias que solemos tener arraigadas: el pensamiento egocéntrico (que distorsiona la realidad para validar nuestras creencias) y el pensamiento socio-céntrico (que nos hace aceptar ideas porque son las de nuestro grupo). Un café filosófico crea un espacio seguro para desafiar estas tendencias. Al someter nuestras ideas al escrutinio de otros, descubrimos sus supuestos ocultos, y cuando escuchamos razones ajenas, nos enfrentamos a la posibilidad de estar equivocados. Por eso, es una práctica liberadora, que busca como fin último la autonomía intelectual, es decir, la capacidad de pensar por uno mismo tras la experiencia de haber contrastado las propias ideas al interior de un diálogo respetuoso.

Por eso, ahora que la conversación pública se encuentra intoxicada de descalificaciones e inmediatez, los cafés filosóficos nos brindan un modelo radical de comunicación. Nos proponen que, antes de buscar tener razón, debemos aprender a pensar con los otros.