Categoría: Historia

Por: SALVADOR ANGUIANO GOMEZ / Fecha: enero 12, 2026

San Cipriano de Antioquía pasó de ser un célebre mago a mártir cristiano. Su historia, entre la fe y la leyenda, lo convirtió en santo para la Iglesia y en figura mística para el pueblo.

Entre la sombra y la luz

En el panteón de los santos cristianos abundan mártires, pastores y misioneros. Pero pocos nombres generan tanta fascinación como el de San Cipriano de Antioquía, figura que oscila entre la fe y la magia, entre la cruz y el grimorio. Su vida —o su leyenda— reúne todos los elementos de un relato que mezcla religión, misticismo y misterio: un joven educado en los secretos de la antigüedad pagana, un brujo que se atrevió a invocar al demonio y que, en un giro inesperado, terminó abrazando la fe cristiana hasta morir mártir.

La hagiografía de Cipriano y Justina surge posiblemente en el siglo IV, mencionada por autores como San Gregorio Nacianceno y Prudencio, aunque ambos confundieron al Cipriano de Antioquía con el de Cartago. La historia fue transmitida en griego y latín en Acta Sanctorum, y más tarde apareció en antiguos textos siriacos y etíopes.

Un niño consagrado a los dioses

Según la tradición, Cipriano nació hacia el año 200 d.C. en Antioquía de Pisidia. Su familia, profundamente pagana, lo consagró desde niño a los dioses olímpicos. A los cinco años ya servía en el templo de Apolo, y a los diez, había sido iniciado en los cultos de Deméter y Perséfone. Sus primeros años estuvieron marcados por lecturas de la Vida de Apolonio de Tiana de Filóstrato y de la Historia Natural de Plinio el Viejo, lo que le permitió acceder a conceptos sobre divinidad única, filosofía natural y ocultismo.

Su educación y habilidades pronto lo convirtieron en un experto en teurgia, la magia blanca, y en goecia, la magia oscura. Sus viajes lo llevaron posiblemente a Caldea, donde recibió instrucción astrológica y numerológica, y a Alejandría y Menfis, donde profundizó en rituales de invocación y comunicación con entidades demoníacas. Se dice incluso que su influencia llegó hasta la actual Salamanca, donde habría practicado rituales oscuros y acumulado conocimientos que luego formarían parte del mítico Libro de San Cipriano.

El encuentro con Justina

A sus treinta años, Cipriano regresó a Antioquía de Pisidia, convertido en brujo de gran renombre. Su vida cambió cuando un joven llamado Agladio le pidió ayuda para conquistar a Justina, una virgen cristiana de extraordinaria belleza. Cipriano intentó hechizarla mediante sacrificios, conjuros y pactos con demonios, pero la fe de Justina resultó invencible.

Frustrado, invocó al propio Lucifer, quien le confesó: “Cristo, Dios de los cristianos, la protege. Contra Él no puedo”. Este encuentro le abrió los ojos: un poder superior existía, más fuerte que cualquier hechizo. Ante esta revelación, Cipriano renunció a la magia y proclamó: “Si Dios es más poderoso que tú, yo prefiero servirle a Él”.

La conversión y la vida cristiana

Bajo la tutela del obispo Eusebio, Cipriano se bautizó y fue ordenado diácono, luego sacerdote y finalmente obispo de Antioquía. Su conversión no solo transformó su alma, sino también la percepción pública sobre él: de brujo temido se convirtió en predicador venerado. Agladio también se convirtió, donó sus bienes a los pobres y abrazó una vida de humildad y castidad.

Cipriano dedicó su vida a predicar la fe, ganando numerosos adeptos. Sus sermones se centraban en la victoria de Cristo sobre las fuerzas del mal, y su propia vida servía como ejemplo de redención y transformación.

Martirio y milagros

Su predicación llamó la atención del emperador Diocleciano, que perseguía a los cristianos por negarse a adorar a los dioses y al emperador. Cipriano y Justina fueron arrestados y sometidos a torturas extremas: azotes, despellejamiento y lanzamiento a calderas de agua hirviendo, de las que milagrosamente salieron ilesos. Finalmente, fueron decapitados en Nicomedia alrededor del año 304, junto con un cristiano llamado Teoctisto, quien fue ejecutado al intentar abrazar a Cipriano antes de la sentencia. Sus restos fueron trasladados a Roma y venerados en la iglesia de San Juan de Letrán.

La sombra del grimorio

Más allá de la santidad oficial, Cipriano dejó un legado místico: el Libro de San Cipriano, también llamado El tesoro del hechicero, un grimorio que combina oraciones, rituales y conjuros. Su popularidad se extendió por España, Portugal, Brasil y México, convirtiéndose en guía de brujos, curanderos y exorcistas. Aunque el propio Cipriano no escribió este libro, su nombre quedó irremediablemente ligado a la magia.

El texto incluye jerarquías infernales, sellos, fórmulas de protección y rituales de invocación. Incluso durante la época de la Inquisición, circulaban copias clandestinas que alcanzaban a la devoción popular, mezclando fe y superstición en un mismo plano de misterio.

Literatura y cultura popular

La historia de Cipriano y Justina inspiró la obra De Sancto Cipriano de la emperatriz Elia Eudocia, y el drama El mágico prodigioso de Pedro Calderón de la Barca, que adaptó su vida a la escena teatral en el siglo XVII. Además, en tradiciones escandinavas, la figura de Cyprianus se vinculó a colecciones de hechizos conocidas como Svarteboken o Libro Negro, donde se recopilaban rituales y conocimientos mágicos.

Veneración y legado

Aunque fue retirado del calendario litúrgico en 1969 por falta de evidencia histórica, San Cipriano sigue siendo venerado en comunidades tradicionales y por católicos tradicionalistas. En Brasil, la religión umbanda lo reconoce como protector contra trabajos de magia negra. En España, varias ermitas y templos, como la cueva de Salamanca y la capilla de San Ciprán en Galicia, siguen siendo lugares de culto y peregrinación.

Cipriano de Antioquía es, así, un santo entre dos mundos: mártir cristiano y brujo arrepentido, símbolo de redención y guardián de secretos prohibidos. Su historia es un puente entre la fe y el misterio, un recordatorio de que incluso en la oscuridad más profunda puede encontrarse la luz.

Reflexión final

Más de 1,700 años después, su figura sigue viva. Cada 26 de septiembre, su nombre resuena en iglesias y círculos esotéricos, recordándonos que la línea entre la devoción y la superstición puede ser tan fina como la fe misma. Cipriano no es solo un personaje histórico: es un mito que enseña la fuerza de la conversión y el poder de la fe, incluso para quienes han caminado por la sombra.