Por: Salvador Anguiano Gómez.
Meoqui, Chihuahua – octubre de 2025
Hay noches que se vuelven leyenda. En Meoqui, un municipio de poco más de cuarenta mil habitantes al centro de Chihuahua, hay una de esas noches que los viejos aún cuentan con voz baja y los jóvenes recuerdan como una historia que siempre se repite, mitad broma, mitad orgullo. Sucedió hace ya casi cuarenta años, en octubre de 1987, cuando un grupo de niños dijo haber visto salir de la tierra a unos pequeños seres luminosos. Desde entonces, Meoqui no volvió a ser la misma.
A los seres los bautizaron pronto: “los Monitos de Meoqui”. Aquella expresión —dicha con el asombro ingenuo de un niño— terminó por convertirse en un símbolo, una leyenda local que ha sobrevivido al paso del tiempo, al escepticismo y a la memoria cambiante del norte mexicano.

La tarde en que comenzó el mito
Era un domingo cualquiera, cálido y polvoriento. En el Barrio Nuevo, los niños jugaban en el patio de la casa de los Alvídrez, en la calle Francisco I. Madero. Entre ellos estaba Willy, un chico de nueve años que más tarde se convertiría, sin proponérselo, en protagonista involuntario de una de las historias más extrañas del estado.
Los pequeños cavaban en la tierra cuando, según relataron después, algo comenzó a moverse bajo el suelo. Lo que emergió —dijeron— eran “hombrecitos” de unos veinte centímetros, de piel pálida y trajes blancos que parecían brillar. Uno de ellos contó, habló con una voz distorsionada, como si viniera de una radio vieja. “No tengan miedo”, habría dicho, o algo parecido.
En pocos minutos el juego se transformó en caos. Algunos niños corrieron, otros se quedaron mirando. Uno de ellos, quizá queriendo comprobar si aquello era real, arrojó agua sobre una de las criaturas. El resultado fue inmediato: un toque, una herida leve en el brazo, una sensación de ardor que más tarde fue tratada en la Cruz Roja por un socorrista llamado Francisco Valenzuela.
La historia parecía demasiado inverosímil para sobrevivir… pero sobrevivió.

La ciudad que se llenó de curiosos
En cuestión de días, Meoqui se convirtió en escenario de un fenómeno mediático. El diario Novedades de Chihuahua publicó la noticia con titulares que hablaban de “pequeños hombrecitos vistos por niños”. El fotógrafo Manuel Briseño viajó hasta el Barrio Nuevo para tomar imágenes del sitio y entrevistar a los testigos.
Lo que encontró fue una multitud: familias enteras asomándose a los patios, curiosos, buscando huellas o cavando donde se decía que habían aparecido los monitos. “Por las noches se veía gente con linternas, convencida de que volverían a salir”, recordaría Briseño años después. Algunos decían haber visto luces en el cielo; otros aseguraban que los perros ladraban sin razón.
Durante semanas, el pueblo vivió entre la fascinación y el miedo. Las madres no dejaban salir a los niños después del anochecer, y los hombres del barrio se reunían frente a las cantinas para discutir si aquello era una broma, un milagro o una advertencia.

La palabra de los niños
En las entrevistas, los pequeños repetían detalles que coincidían: los seres eran pequeños, con tres dedos en manos y pies, y en el pecho tenían un círculo que se encendía. “Nos preguntaban qué comíamos”, relató uno de ellos, “y querían conocer a la señora de la casa”.
Los reporteros, incrédulos, les dieron hojas y lápices. Los dibujos coincidieron lo suficiente para alimentar la duda. No eran idénticos, pero todos mostraban cuerpos menudos, cabezas grandes y trajes blancos.
Con el tiempo, los propios niños —hoy adultos— dirían que la historia se distorsionó. Algunos creen que vieron algo real; otros, que fue un malentendido colectivo, una mezcla de juego, miedo y sugestión. Pero ninguno olvida el revuelo que siguió.

1987: entre la fe y la televisión
El contexto ayudó a inflamar el mito. En los años ochenta, México vivía una fiebre por lo extraterrestre: los programas de televisión mostraban platillos voladores, las revistas reproducían historias de abducciones y Jaime Maussán comenzaba a ganar notoriedad como reportero especializado en ovnis.
“Había un ambiente propicio para creer”, explica Javier Horacio Contreras, quien en ese entonces dirigía el diario Novedades de Chihuahua y hoy es académico de la Universidad Autónoma de Chihuahua. “Cualquier historia con tintes sobrenaturales podía expandirse como pólvora. Pero lo interesante del caso Meoqui es que no fue un rumor de ciudad: nació de niños de un barrio, con nombres y apellidos, y eso lo hizo creíble para muchos.”
El caso incluso llegó a noticiarios nacionales. Por días, Meoqui fue sinónimo de misterio. Luego, como suele ocurrir, el interés se disipó.
La otra versión
Con los años, los investigadores y escépticos han ofrecido hipótesis más terrenales. Algunos sostienen que los niños pudieron ver pequeños animales —tal vez ranas, muñecos o figuras plásticas— y que la imaginación colectiva hizo el resto. Otros hablan de psicosis colectiva, un fenómeno psicológico en el que una comunidad comparte una creencia o sensación sin pruebas físicas que la sustenten.
No hay fotografías verificables, ni restos, ni huellas. Tampoco existe una prueba científica de lo ocurrido. Solo relatos, recortes de periódico y recuerdos cada vez más difusos.
Aun así, en Meoqui nadie se atreve a negar del todo la posibilidad.

Un mito que se volvió patrimonio
Con el paso del tiempo, la historia dejó de ser motivo de burla para convertirse en un emblema cultural. La Universidad Autónoma de Chihuahua, junto con el gobierno municipal, prepara desde hace unos años proyectos de documentación, un libro y un audiolibro sobre la leyenda.
En el centro de la ciudad, algunos murales representan a los monitos con grandes ojos y cuerpos plateados. Durante las fiestas patronales se organiza la “Semana de los Monitos”, con exposiciones, lecturas y concursos de dibujo. Incluso existe una cerveza artesanal llamada Los Monitos de Meoqui, elaborada por una fábrica local que quiso rendir homenaje a esa mezcla de fantasía y orgullo.
“Nos guste o no, forman parte de lo que somos”, dice Miriam Soto, actual alcaldesa. “Los monitos representan nuestra curiosidad, nuestra capacidad de contar historias. Tal vez no existieron, pero la historia sí existe.”
Entre la ciencia y la fe popular
El ufólogo Jaime Maussán ha comparado el caso con las momias tridáctilas halladas en Nazca, Perú, y ha asegurado que los Monitos podrían ser “una manifestación temprana del contacto extraterrestre en México”. Para los científicos, en cambio, la historia se sostiene más por el poder de la palabra que por la evidencia.
El antropólogo Rodolfo Garza, que ha estudiado los relatos populares del norte del país, lo resume así:
“Los Monitos de Meoqui son un espejo de nuestra necesidad de misterio. Si alguien los hubiera inventado, no habrían durado tanto. Pero si fueron reales, tampoco necesitamos probarlo: su realidad está en la gente que los recuerda.”

El eco que no muere
Hoy, Meoqui vive tranquila, cruzada por el río San Pedro y por una carretera que lleva a Delicias. Las generaciones jóvenes escuchan la historia en la escuela o en los cafés, y algunos visitan el viejo solar del Barrio Nuevo como quien se asoma a una leyenda.
Por las noches, cuando el viento levanta el polvo de las calles y las luces de la ciudad se apagan, más de un habitante jura que algo se mueve todavía entre los árboles. Tal vez no sean los monitos, pero son su sombra: la memoria de un pueblo que, por un instante, creyó que lo imposible había tocado su tierra.
Conclusión
Casi cuarenta años después, los Monitos de Meoqui siguen apareciendo en reportajes, murales y conversaciones. Son parte de esa frontera difusa entre lo que vimos y lo que quisimos ver. En cada historia que se cuenta, algo cambia; pero el asombro permanece.
Y quizá, como toda buena leyenda, eso sea lo más real que tienen.

Basado en Testimonios e historia de Meoqui
