Categoría: Filosofía

Por: ROSANIO BRAVO DIAZ / Fecha: abril 13, 2026

San Agustín, para sustentar su postura de que la inmaterialidad y sustancialidad del alma le aseguran la inmortalidad, se apoyó en argumentos que se remontan a Platón.

SAN AGUSTÍN, EL ESTABLECEDOR DE LOS PRINCIPIOS DE LA FILOSOFÍA Y LA TEOLOGÍA CRISTIANA DE TODA LA EDAD MEDIA

IV. Su doctrina sobre el alma

A. El alma es una sustancia espiritual

San Agustín rechazó enérgicamente toda concepción del alma como entidad material y subrayó el carácter pensante de ella; pero negó que ese carácter del alma sea una pura razón impersonal. De forma positiva, san Agustín definió que el alma es un pensamiento en tanto que vive, un pensamiento en tanto que se siente vivir; y que es el pensar, ya que se conoce a sí mismo como dudando y existiendo. El alma es una entidad espiritual y no una parte del cuerpo ni un mero principio del cuerpo. Sobre todo, el alma es una intimidad personal. La inmaterialidad del alma, según san Agustín, se demuestra en el sentido de que la capacidad que tenemos, los seres humanos, para conocer los hechos de la conciencia nos lleva al conocimiento de la naturaleza del yo.  Si el alma fuera una cosa corpórea, lo sabría con certeza, porque ella tiene certeza de sí misma y, por consiguiente, debe tenerla también de su esencia. Por otro lado, el alma es una parte del hombre, el cual se compone de cuerpo y alma, porque él es un conjunc-tum. Por el hecho de que el hombre es el modo en que el alma se adhiere al cuerpo, la existencia del alma y su modo de “adhesión” son fundamentales para él. El alma completa está presente en cada una de las partes del cuerpo. Aun así, se pueden distinguir sus diversas funciones, tales como la voluntad, la memoria, etc. Todas ellas son funciones de una función principal, de una realidad espiritual, la cual es indivisa y se manifiesta por medio de lo que san Agustín llama la atención vital. Así que el alma es un principio animador del cuerpo; pero, por ser una sustancia espiritual, no depende del cuerpo, como si fuera un epifenómeno de él.

B. El origen del alma del ser humano

Aun cuando san Agustín sostuvo claramente que el alma es creada por Dios, no decidió claramente el momento preciso y el modo en que Dios realiza la creación de ella. Tal parece que acarició la teoría platónica de la preexistencia del alma; pero no admitió que el alma fuera puesta en el cuerpo como un castigo por faltas cometidas en una condición preterrena. Para san Agustín, había que decidir si sostener la teoría del creacionismo, según la cual cada alma individual es creada separada e inmediatamente por Dios, o la teoría del traducianismo, según la cual Dios creó todas las demás almas en la de Adán, de modo que el alma fuera transmitida por los padres a sus hijos. A pesar de que san Agustín no dijo claramente cuál de las dos teorías aceptaba, por razones teológicas, se inclinó por el traducianismo, dado que, según él, el pecado original es una mancha del alma; y aceptar el creacionismo indicaría creer que Dios hace al alma ya manchada con el pecado y se haría a Dios autor del pecado, lo cual sería un error.

C. La inmortalidad del alma

Para san Agustín, la inmaterialidad y sustancialidad del alma le aseguran la inmortalidad. Para sustentar esta postura, san Agustín se apoyó en argumentaciones que se remontan a Platón. Él empleó el argumento del Fedón, según el cual el alma es el principio de la vida, y, como dos contrarios son incompatibles, el alma no puede recibir la muerte; pero lo modificó y lo readaptó. Así que, según san Agustín, por el hecho de que el alma participa de la Vida, recibiendo su ser y esencia de un Principio que no admite contrario alguno, y que el ser que el alma recibe de ese Principio es la vida, el alma no puede morir. Para impedir que este argumento pruebe que también el alma de los animales es inmortal, por ser también principio de vida, san Agustín empleó otro argumento de origen platónico, según el cual el hecho de que el alma aprehenda una verdad indestructible prueba que ella también es indestructible. Así, en su obra De quantitate animae, dice que las almas de las bestias son diferentes de las almas de los seres humanos, porque las almas de las bestias solo poseen el poder de sentir, pero las almas de los seres humanos poseen el poder de sentir, de razonar y conocer. Por tanto, el argumento solamente tiene aplicación en el caso de las almas humanas.  San Agustín, sin afirmar la preexistencia del alma humana, probó la inmortalidad de ella de una manera análoga al argumento de Platón, de que el alma humana, por ser capaz de aprehender las ideas, que son eternas e indestructibles, manifiesta ser afín a estas, ser divina; es decir, indestructible y eterna. Además, demostró la inmortalidad del alma con el argumento que toma su principio del deseo de beatitud y con el argumento que toma su principio del deseo de una felicidad perfecta. Estos fueron argumentos predilectos de los agustinianos, por ejemplo, de san Buenaventura.

Bibliografía

  • Historia de la filosofía, tomo II, Frederick Copleston, Editorial Ariel, S.A., Barcelona, Historia de la filosofía medieval, Mauricio Beuchot, Fondo de cultura económica.
  • Diccionario de filosofía, Tomo I, José Ferrater Mora, Editorial Sudamericana.