
Ireneo probablemente nació en Esmirna, en el Asia Menor, en el año 140; fue obispo de la iglesia de Lyon, en la Galia, y discípulo de Policarpo; y según una tradición, murió martirizado. Él escribió numerosas obras. Para refutar al gnosticismo escribió una obra en 5 libros titulada Exposición y refutación del falso conocimiento.
Ireneo defendió, contra la falsa gnosis, la doctrina apostólica guardada y transmitida por la Iglesia. Refutó concretamente varias doctrinas de los gnósticos.

I. Ante la pretensión de los gnósticos de conocer los misterios de Dios, Ireneo sostuvo que, aunque la mente humana puede llegar a conocer a Dios a través de la razón y la revelación que Dios da de sí mismo, no puede comprender a Dios, cuya esencia trasciende la inteligencia humana, y pretender conocer los misterios de Dios e ir más allá del amor y de la fe humilde, tal como lo hacían los gnósticos, es mero orgullo y engreimiento.
II. Los gnósticos, apoyándose en Anaxágoras, creían que Dios creó el mundo a partir de una materia previamente existente; pero Ireneo sostuvo que Dios lo creó a partir de la nada.
III. La tesis de los gnósticos de que el Creador del mundo no es Dios mismo, sino una emanación suya, es para Ireneo la más grave blasfemia, dado que, si Dios hubiera tenido necesidad de seres intermedios para la creación del mundo, significaría que él no habría tenido la capacidad de llevar a efecto lo que había proyectado.
IV. Para refutar la doctrina gnóstica de que el Logos y el Espíritu Santo son eones subordinados al Padre, Ireneo afirma que el Hijo, el Espíritu Santo y el Padre tienen igualdad de esencia y de dignidad. El Hijo de Dios y el Espíritu Santo no son eones subordinados, dado que el Hijo de Dios es eterna y coeternamente existente con el Padre, y el Espíritu Santo tampoco ha tenido principio; está junto al Padre desde la eternidad, así como el Hijo. No se puede admitir la emanación del Hijo y del Espíritu Santo del Padre, puesto que la simplicidad de la esencia divina no permite la separación del Logos o del Espíritu Santo del Padre. El Hijo, al ser el órgano de la revelación divina, está subordinado al Padre no por su ser, o por su esencia, sino solo por su actividad.
V. En contra de la doctrina de los gnósticos de que el hombre está formado de cuerpo, alma y espíritu, Ireneo afirma que el hombre solo está compuesto de alma y cuerpo y que el espíritu es solamente una capacidad del alma, por la cual el hombre llega a ser perfecto y se constituye en imagen de Dios; y el hombre necesita la acción del Espíritu Santo para que su espíritu transfigure y santifique su figura humana. El alma del ser humano se encuentra entre su carne y su espíritu y puede dirigirse a uno u otro. El hombre, solamente con su fe en Dios y su temor de él, participa del espíritu y se eleva a la vida divina.
VI. Ireneo niega la doctrina de los gnósticos de que la carne del ser humano sea en sí el mal o el origen del mal, dado que, a causa de que el cuerpo, como el alma, es una creación divina, no puede implicar mal en su naturaleza. El mal no se deriva de la naturaleza, sino del hombre y de su elección, dado que el origen del mal está más bien en el abuso de la libertad. El bien y el mal son diferentes entre sí, en el sentido de que el bien consiste en obedecer a Dios, en creer en Él, en guardar sus preceptos, y el mal, en la desobediencia y negación de Dios; el bien conduce al hombre a la inmortalidad, que es concedida al alma por Dios, pero que no es intrínseca a la naturaleza de la misma, y el mal es castigado por Dios con la muerte eterna.
Bibliografía
- Historia de la filosofía tomo II, Frederick Copleston, Editorial Ariel, S.A., Barcelona.
- Historia de la filosofía volumen I, Nicolás Abbagnano, Traducción de Juan Estelrich y J. Pérez Ballestar, Hora, S.A., Barcelona.
