Recomendar El Faro (2019) de Robert Eggers es irresponsable. No es una película que se “vea” para pasar el rato; es una experiencia relativamente desagradable. Si el lector decide adentrarse en esta pieza, debe hacerlo bajo riesgo de quedar atrapado en una relación de aspecto claustrofóbica (1.19:1) y una atmósfera de blanco y negro tan denso que parece manchar los dedos.
Sin embargo, para el lector de El Humanista, esta recomendación es importante. Eggers no solo filma una historia de dos hombres aislados; filma la autopsia de la agresión, de la soberbia técnica y de la fragilidad de la cordura cuando se enfrenta a lo que podemos llamar “la naturaleza proteica”.
La puesta en escena nos presenta a Ephraim Winslow (Robert Pattinson) como la encarnación del ímpetu prometeico. Winslow es el joven que llega a la roca con un pasado oculto y una ambición ciega por “la luz”. En el mito, Prometeo roba el fuego de los dioses para entregarlo a los hombres; en la realidad actual se parece a este impulso en la neurociencia y la cibernética que intentan tratar la biología como un sistema editable.
Winslow también representa a la ciencia moderna que no busca habitar el misterio, sino hackearlo. Su obsesión por subir a la linterna del faro es el deseo de poseer el código fuente de la realidad. Esta juventud técnica reside en creer que el bienestar es un problema de ingeniería y que, si tan solo logramos “arreglar” o “editar” las piezas sucias de nuestra psique, alcanzaremos la iluminación. Como señala Heidegger, la técnica moderna no es solo un medio, sino una forma de “encuadrar” el mundo para que nos sirva, perdiendo en el proceso nuestra capacidad de asombro.1
Frente a Winslow se alza Thomas Wake (Willem Dafoe), quien personifica la naturaleza proteica. Proteo es el dios marino de las mil formas, el guardián de un conocimiento antiguo que es, por definición, sucio, ruidoso y caótico. Wake no “entiende” el faro desde la lógica; lo vive desde la entraña. Su monólogo de la maldición no es un discurso racional, es un rugido biológico.
Esta naturaleza es profundamente maternal en un sentido arcaico. Es la Natura Naturans: la matriz que nos da la vida pero que también reclama el derecho de devorarnos. Mientras Prometeo (la técnica) quiere luz y orden, Proteo (la biología) nos recuerda que somos seres hechos de barro, instinto y fluidos. La puesta en escena utiliza el sonido del motor del faro y el rugido del mar como un latido constante que aplasta la lógica humana, recordándonos que hay normas antiguas que la ciencia actual aún no comprende.2
La película es un espejo de nuestra lucha actual por el bienestar. En un mundo que nos pide ser productivos, limpios y “humanizados” bajo estándares de eficiencia, El Faro nos lanza a la cara nuestra sombra. El bienestar real, no es la ausencia de conflicto, sino la integración del caos.
El destino de Winslow es la tragedia de quien rechaza su condición de “hijo” de lo proteico. Al intentar ser el amo de la luz sin aceptar la suciedad de su propia humanidad, termina siendo devorado. El bienestar integral consiste, precisamente, en dejar de intentar “editar” el fuego sagrado para aprender, humildemente, a alimentarnos de él sin quemarnos. Es aceptar que la vida es un proceso indomable y que, a veces, el acto más humano es simplemente reconocer que no tenemos el control.3
Vea El Faro si está dispuesto a cuestionar su propia soberbia. Véala si se atreve a reconocer que, debajo de nuestra fachada de control tecnológico, seguimos siendo hijos de un mar antiguo y furioso. Es una recomendación para quienes buscan en el cine algo más que entretenimiento: una fuente de reflexión proteica que, al igual que el fuego de Prometeo, ilumina pero también quema.
- Martin Heidegger, La pregunta por la técnica, trad. Eustoquio Galán y Jorge Pérez de Tudela (Barcelona: Ediciones Folio, 2002), 18-22. Heidegger advierte que el peligro de la técnica no es su funcionamiento, sino su capacidad de ocultar otras formas de verdad que no son calculables.
- Robert Graves, Los mitos griegos, trad. Luis Echávarri (Madrid: Alianza Editorial, 2011), 142-145. Graves detalla que Proteo solo revela la verdad a quien lo sujeta con firmeza a través de todas sus transformaciones, simbolizando la resiliencia necesaria para comprender la naturaleza biológica.
- Carl Gustav Jung, Aion: Contribuciones a los simbolismos del sí-mismo (Madrid: Editorial Trotta, 2011), 45-50. Jung analiza cómo el arquetipo de la sombra, cuando es ignorado por una mente que busca la perfección técnica, se proyecta en el entorno como una fuerza destructiva e incontrolable.
Referencias
Eggers, Robert y Max Eggers. 2019. The Lighthouse: The Screenplay. Nueva York.
Graves, Robert. 2011. Los mitos griegos. Traducido por Luis Echávarri. Madrid: Alianza Editorial.
Heidegger, Martin. 2002. La pregunta por la técnica. Traducido por Eustoquio Galán y Jorge Pérez de Tudela. Barcelona: Ediciones Folio.
Jung, Carl Gustav. 2011. Aion: Contribuciones a los simbolismos del sí-mismo. Madrid: Editorial Trotta.
