Estrenada en 1927 y dirigida por Fritz Lang, Metrópolis es una de las cumbres del cine mudo y una de las alegorías sociales más potentes del siglo XX. Ambientada en una ciudad futurista radicalmente estratificada, la película presenta una división tajante entre la élite dirigente —que habita en rascacielos luminosos— y la masa obrera —confinada al subsuelo, donde opera las máquinas que sostienen el sistema.
DW, la emisora estatal alemana, ha realizado un minidocumental para conmemorar el próximo centenario del filme, donde cuestionan por qué la estética del cineasta alemán todavía moldea de manera importante nuestra visión del futuro, pero también cabe la reinterpretación de las diferencias abismales entre clases sociales y la esclavitud de la humanidad a las máquinas. Desde una perspectiva marxista, la cinta puede leerse como una dramatización visual de las categorías centrales del pensamiento de Karl Marx: lucha de clases, alienación, fetichismo de la mercancía e ideología.
Infraestructura y superestructura: la ciudad como metáfora materialista
La arquitectura de Metrópolis no es neutral: encarna una estructura económica. En términos marxistas, la infraestructura —el modo de producción industrial— determina la forma de vida social y cultural (superestructura). Los trabajadores, reducidos a engranajes humanos, ejecutan tareas repetitivas en sincronía con relojes y máquinas colosales. Su tiempo no les pertenece; es tiempo abstracto, cuantificado, subsumido al capital.
La secuencia en la que Freder, hijo del magnate Joh Fredersen, desciende al mundo subterráneo revela el carácter invisible del trabajo. La prosperidad de la superficie depende del sacrificio corporal de la clase obrera. Aquí se escenifica la extracción de plusvalía: el excedente generado por los trabajadores es apropiado por la clase dirigente, que goza del ocio y del lujo.
Alienación y deshumanización
Uno de los conceptos más fértiles para interpretar la película es la alienación. Para Marx, en el capitalismo el trabajador se enajena en cuatro dimensiones: respecto al producto, al proceso de trabajo, a su esencia humana y a los otros. En Metrópolis, la máquina Moloch —que devora simbólicamente a los obreros en una visión alucinatoria— sintetiza esta pérdida de humanidad.
El obrero no reconoce su subjetividad en lo que produce; su labor es mecánica, fragmentada, carente de creatividad. La coreografía repetitiva de los cuerpos sugiere que el sujeto ha sido absorbido por la lógica técnica. El trabajador ya no domina la máquina; es dominado por ella.
Ideología y falsa conciliación
El lema final de la película —“El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón”— propone una reconciliación entre capital y trabajo mediante una figura mediadora (Freder). Desde una óptica marxista ortodoxa, esta solución puede interpretarse como ideológica: desplaza la contradicción estructural hacia el plano moral.
En lugar de plantear una transformación del modo de producción, la narrativa apuesta por la armonización de clases. La mediación afectiva sustituye a la revolución. En este punto, la película podría leerse como una fantasía reformista que neutraliza el conflicto real entre burguesía y proletariado.
Sin embargo, también es posible considerar que la potencia crítica del film reside en su imaginería previa al desenlace: la representación de la explotación es tan contundente que desborda la conciliación final. La figura del robot que suplanta a María y manipula a las masas sugiere, además, una advertencia sobre la instrumentalización ideológica del descontento obrero.
Tecnología, fetichismo y modernidad
La ciudad futurista encarna el fetichismo de la mercancía: las creaciones humanas (máquinas, rascacielos, dispositivos técnicos) aparecen como entidades autónomas, dotadas de poder propio. La tecnología adquiere un aura casi mítica, ocultando las relaciones sociales que la hacen posible. Metrópolis anticipa así una crítica a la modernidad industrial: el progreso técnico no garantiza emancipación si permanece inscrito en relaciones de dominación. La racionalidad instrumental puede intensificar la desigualdad en lugar de superarla.
Conclusión: una distopía social antes del totalitarismo
Realizada en la República de Weimar, antes del ascenso del nazismo, la película capta las tensiones sociales de una Europa industrializada y desigual. Su vigencia radica en la capacidad de traducir en imágenes monumentales las categorías del materialismo histórico.
Desde una lectura marxista, Metrópolis no es solo ciencia ficción: es una alegoría de la sociedad capitalista, donde la división entre “cabeza” y “manos” expresa la fractura entre capital y trabajo. Aunque su desenlace apueste por la conciliación, la fuerza crítica de su representación visual convierte a la película en un texto imprescindible para pensar la alienación, la explotación y la posibilidad —siempre problemática— de reconciliación social.
- “Why ‘Metropolis’, Fritz Lang’s Silent Movie, Still Defines Sci-Fi 100 Years Later”. YouTube, subido por el canal DW History and Culture, el 22 de febrero de 2026, https://youtu.be/lFdvbf9bomM?si=LY7MszGeGjVHYEeQ.
- Marx, Karl. El capital: Crítica de la economía política. Traducido por Wenceslao Roces, Fondo de Cultura Económica, 2017.
