Toda concepción moral es un fenómeno cultural. Desde la ética podemos abordar de manera formal la moral y sus fundamentos. En el caso de la posmodernidad, pareciera que las fuerzas hegemónicas del capital se sirven de los medios masivos de comunicación para alienar a sociedades presas de los impulsos de recompensa endocrinológica inmediatas y efímeras. Ejemplo lo son las redes sociales digitales que crean una aparente conectividad que, paradójicamente, distancia a los seres humanos, generando dinámicas donde los ideales se convierten en productos de consumo, los valores se tornan subjetivos y abdican de su pretensión de universalidad y la cosmovisión es regida por un algoritmo. Estos valores son percibidos como el producto de instituciones bien intencionadas en su origen, pero que de facto forman parte de un sistema corrupto, lo que genera desencanto hacia su perpetuación y legitimación. Simultáneamente, la sociedad se muestra indiferente a las revoluciones ideológicas, pues la memoria histórica revela que todo cambio de paradigma suele desembocar en sistemas igualmente inútiles y corruptos. El ser humano desconfía del otro; el otro es un recurso administrado para perpetuar a las clases dominantes, mientras que en lo particular solo se sobrevive y se lucha por el interés propio. El culto al bienestar del “yo” se vuelve patológico, se torna narcisista. Surgen entonces las preguntas: ¿será posible en la época moderna concebir un sistema ético universal? ¿Será posible retornar a visiones teleológicas de la vida como las propuestas por Aristóteles, donde la felicidad, propia y social, constituye el fin último? De ser así, ¿qué se requiere?
Si bien el espectro de problemas de la posmodernidad es variado, pienso en tres tópicos, a saber: los medios de comunicación, la indiferencia narcisista y la violencia. Sobre los medios de comunicación, Gilles Lipovetsky, en La era del vacío, señala:
“Los mass media, por su parte, no paran de anunciar el redescubrimiento actual de los ‘valores’. Ese sería el posmodernismo, la vuelta a lo regional, a la naturaleza, a lo espiritual, al pasado. Después del desarraigo moderno, el regionalismo y la ecología y, ante todo, el ‘retorno a los valores’ que por lo demás cambia cada seis meses, oscilando de la religión a la familia, de la tradición al romanticismo, en la misma indiferencia general hecha de curiosidad y tolerancia” (p. 40).
Con esto los medios de comunicación, según Lipovetsky, poseen dos dimensiones: por un lado, actualizan valores éticos tradicionales; por otro, en su evolución tecnológica y económica, se han convertido (o siempre lo han sido) en una industria económica y en un instrumento de adoctrinamiento. Las relaciones sociales y sus agentes ejercen su influencia sobre el colectivo, considerado como sujeto indefenso frente a las corrientes de alienación propuestas por los medios a través de las industrias culturales y la estructura de propiedad de la empresa informativa. Recuerdo que fue muy evidenciado en su momento cómo Televisa generó todo un aparato de propaganda para proyectar la candidatura de Enrique Peña Nieto a cambio de contratos. El caso con Elon Musk con X, independiente del negocio, ¿no será X (Twitter) la plataforma masiva para difundir sus criterios ideológicos de Musk? Y ni se diga la red social digital de Donald Trump (Truth Social), que de hecho es una red social de carácter ideológico político.
Entonces el sujeto es alienado según la parcialidad y los criterios de quienes deciden sobre la información que se transmite y el modo de hacerlo. Existe un “alguien” que dicta la agenda, descartando subjetiva y tendenciosamente unos contenidos sobre otros. Asimismo, los medios masivos son un negocio que requiere una cuota de consumidores que haga rentable la empresa, orientando la información a satisfacer necesidades de consumo como prioridad, relegando a segundo término la comunicación informativa. Tratas de ver un video en YouTube y el algoritmo te bombardea con una serie de comerciales confeccionados a la medida de lo que requieres o te impulsan a consumir.
Ahora bien, es cierto que la imparcialidad absoluta resulta utópica, pues mientras exista un ser humano que determine qué información es más relevante, estará condicionado por factores circunstanciales que configuran su cosmovisión.
En el ámbito de los medios digitales —internet y redes sociales como Facebook, X (antes Twitter), Instagram, TikTok— pareciera que los usuarios ejercemos mayor control y libertad participativa. Sin embargo, tienen sus propios problemas, además de los problemas de fondo que ya mencioné: la difusión discrecional de información, frecuentemente falsa o parcialmente cierta, con fuentes no verificadas, genera un sistema de desinformadores y desinformados que exige un sobresfuerzo de análisis para contrastar la veracidad de los contenidos. Además, estas plataformas no dejan de ser industrias que condicionan sus “políticas de comunidad” a intereses particulares, ideológicos, políticos y casi siempre financieros. Sirva como ejemplo la permisividad selectiva de imágenes de pezones femeninos en Instagram, que se acepta en contextos de lactancia, censurada en contextos artísticos bajo la lógica de contenido erótico o no apto. ¿Quién determina qué es contenido erótico o no apto? ¿Cuáles son los criterios? ¿Qué es contenido no apto? Que evidencia una fuerte carga ideológica bajo criterios discrecionales.
Si bien el lenguaje, con su carga simbólica, es un fenómeno humano que se expresa en la cultura, los medios de comunicación se sirven de un determinado lenguaje que adoctrina, perpetúa los valores del capital y genera esquemas morales. Quienes son conscientes de tal manipulación responden con hastío e indiferencia.
Pareciera necesaria la renuncia al porvenir, la huida de todo destino. El mundo, producto de la razón, yace caído del saber, solitario en el más absoluto abandono. La impotencia es la constatación del fracaso de la defensa contra el mundo; el yo se encuentra solo ante la inmensa realidad. La incredulidad manifiesta que no hay nada que esperar, que no hay tiempo más allá del presente. La desesperación denuncia la insolvencia final del ser ante el poder. La doctrina del todo fluye ofrece la alternativa donde la piedad del sí aparecerá intacta ante un mundo de panteón cósmico del que el ser humano fue exiliado.
El sujeto posmoderno se ve obligado a habitar la intemperie sin más cobijo que su propia subjetividad. Pero incluso en este exilio metafísico y ético, la pregunta persiste: si el ser humano ha sido expulsado de todo horizonte trascendente, ¿cómo fundamentar un actuar que no sea mera supervivencia narcisista? Esta constatación nos conduce necesariamente a una segunda parte para no abusar en extensión de la presente reflexión, que no deja de ser un artículo.
Óscar Hugo Rodríguez Ceja.
