Categoría: Filosofía

Por: OSCAR HUGO RODRIGUEZ CEJA / Fecha: abril 30, 2026

Se ha popularizado el estoicismo y muchas veces se usa por personas no familiarizadas con la filosofía, usando reduccionismos que no siempre son compatibles con la realidad para muchas personas.

Una de las corrientes filosóficas que se han vuelto populares en la actualidad, tanto por estudiantes como por personas que no están familiarizadas con la filosofía, es el estoicismo. En redes sociales veo continuamente (determinado por mi algoritmo de consumo) una serie de creadores de contenido que usan el estoicismo como respuesta para enfrentar los problemas de la vida. Y aunque la postura estoica es atractiva y generalmente aplicable a nuestra contemporaneidad, no deja de llamarme la atención la reflexión sobre los contextos y problemáticas propias de la escuela estoica.

La escuela estoica, como las demás escuelas del helenismo, se enfocó en buscar un mismo fin, a saber, una buena vida de virtud y felicidad. Todas estas escuelas (cínicos, epicúreos, neoplatonistas, estoicos, etc.) empleaban valores similares, pero aplicados de diferente forma. A grandes rasgos, los estoicos, desde un rigor de autodisciplina, de dominio de las pasiones, aplicando la ataraxia (la inmutabilidad) y usando la virtud como meta misma para la felicidad. Los estoicos consideraban que la virtud era alcanzable por cualquier persona, independientemente de las circunstancias externas; la virtud es una actitud y una disposición interna de la mente que puede cultivarse mediante el ejercicio de la autodisciplina y vivir de acuerdo con la recta razón. A diferencia, por ejemplo, de los epicúreos, veían la virtud como una manifestación natural de las inclinaciones humanas hacia el placer y para evitar el dolor.

Esta postura estoica de que la virtud es un ejercicio interno sin que sea determinado y limitado por los factores circunstanciales externos me hace pensar que no siempre se puede aplicar esta postura a personas que sistemáticamente viven en constante vulneración. Atendiendo lo anterior, se puede hacer una crítica al estoicismo desde una perspectiva de privilegio social, máxime sobre las condiciones materiales de sus principales autores que hicieron posible la formulación de su ideal de la ataraxia o imperturbabilidad del alma.

Resulta innegable que las figuras más emblemáticas de esta escuela, cuyas obras han definido la tradición, ocupaban posiciones de extraordinario poder y seguridad material. Ejemplo: Marco Aurelio era emperador; Séneca, uno de los hombres más ricos de su tiempo y preceptor de Nerón; o incluso el esclavo Epicteto, cuya condición, si bien aparentemente contradictoria, debe matizarse al recordar que fue esclavo de un liberto de Nerón y, una vez libre, se convirtió en un maestro y protegido por poderosos.

El proyecto filosófico del estoicismo es rico en cuanto a su propuesta de cómo encarar y entender el mundo, es parte de la historia de la filosofía que en su dialéctica aportaron eslabones de como estudiamos la realidad filosófica contemporánea, entendiendo el rigor de su propuesta general y no fragmentada, así como entender el contexto de su surgimiento y autores y estoy seguro que muchas de sus formulaciones pueden ser aplicadas desde una perspectiva de vida, pero el uso contemporáneo como formula simplista asume una postura que privilegia la independencia del mundo exterior, responsabilizando al individuo singular si no puede afrontar emocionalmente la angustia de los eventos que lo puedan aquejar, una independencia que es, en la práctica, un lujo inaccesible para quien lucha por la supervivencia diaria. La serenidad inalterable, la idea de que la virtud es el único bien y que las circunstancias externas como pobreza, enfermedad, opresión son “indiferentes”. Por tanto, los autores del estoicismo pueden verse como personajes que enuncian una verdad práctica, pero lo que no se analiza es el reflejo de una existencia en la cual esos males, si bien presentes, estaban amortiguados por una red de seguridad social y económica que los volvía, en efecto, más manejables. El privilegio de los principales autores del estoicismo hace que resulte fácil hablar de ataraxia.

Desde este ángulo, la exhortación a cultivar un espacio interior inviolable, a despreciar lo que no depende de nuestro “asentimiento” (la proairesis de Epicteto), puede sonar a una abstracción cruel para quien carece de control alguno sobre las condiciones materiales de su vida. La distinción entre lo que está y no está en nuestro poder se construye en un contexto donde el filósofo, aunque pueda haber experimentado peripecias, nunca conoció la vulnerabilidad absoluta del campesino, el artesano o el esclavo de sus contextos históricos. Es más fácil declarar que la pobreza y discriminación sistémica es un indiferente preferible cuando se tiene la certeza de que nunca se pasará hambre de verdad. Es fácil hablar de vivir feliz y cultivar el intelecto y el logos universal para aceptar la ataraxia desde el palacio imperial, como hizo Marco Aurelio en sus meditaciones, y su ejercicio espiritual es el de un soberano que debe mantener la ecuanimidad ante las cargas del poder. El problema no radica en la sinceridad de su búsqueda, sino en que esta búsqueda parte de una base existencial tan particular que su universalización resulta problemática.

La ataraxia se presenta como un logro interior, pero ¿no es esta interioridad misma un producto de un exterior estable y privilegiado? La filosofía como “fortaleza” o “ciudadela” que recurre en Marco Aurelio presupone que uno tiene un territorio que defender, por tanto, una subjetividad ya constituida y no constantemente amenazada de disolución por la necesidad extrema.

Estas reflexiones, insisto, no buscan desmerecer el valor ético del estoicismo, sino situar históricamente su propuesta y abrir el diálogo al uso indiscriminado del estoicismo como respuesta a una mejor vida. La promesa de libertad a través del desapego interior puede convertirse, en contextos de desigualdad estructural, en un discurso que, sin quererlo, naturaliza el sufrimiento de los económicamente débiles. Si todo mal es, en última instancia, un juicio erróneo, la injusticia social se diluye en un problema de percepción individual.

El esclavo puede ser más libre que el emperador, sostiene Epicteto, pero esta afirmación, en su dimensión ética, corre el riesgo de dejar de atender la acción transformadora del mundo externo, de los factores circunstanciales y accidentales en los que nos toca existir. Nussbaum sostiene que: “La idea de que la verdadera libertad es interior puede ser usada para justificar cadenas exteriores” (Nussbaum, La terapia del deseo. Teoría y práctica en la ética helenística, p. 231). La aparente democratización del ideal estoico sobre que todos pueden ser libres independientemente de su condición, oculta así su génesis privilegiada: es una filosofía concebida por y para quienes, teniendo ya un alto grado de control sobre su entorno, podían darse el lujo de despreciarlo retóricamente y centrarse en la perfección del alma.

En última instancia, el mensaje estoico de fortaleza e independencia universal nace de vidas particulares marcadas por un acceso singular al poder, el ocio y la seguridad. No se trata de acusar de hipocresía al estoicismo por predicar la moderación de los bienes materiales desde la opulencia, sino de señalar que la propia arquitectura de su pensamiento y su aporte desde el análisis y contexto histórico, sin dejar de hacer el ejercicio de reflexión y problematización de la postura histórica del estoicismo.

La ataraxia, por tanto, quizás no sea un estado al que todos puedan o deban aspirar en igual medida, sino un ideal cultural específico, muchas veces privilegio de jerarquías del mundo grecorromano que le dio forma y que se permea a lo contemporáneo pera preguntarse por las voces que esta escuela filosofía no pudo, o no quiso, escuchar, es decir las de aquellos para quienes la inmutabilidad del alma no era una elección filosófica, ni la virtud por medio de la razón, porque no existían las condiciones de acceso al estudio y alimento, de tal manera la imposibilidad material frente a la inmutabilidad de su opresión.

Oscar Hugo Rodríguez Ceja.

Sevilla Rodríguez, Martín. Antología de los primeros estoicos griegos. Oviedo. Universidad de Oviedo. P. 65-68.

Nussbaum, Martha. La terapia del deseo. Teoría y práctica en la ética helenística. Paidós. 2003. P. 231.