Me es curioso cómo existen construcciones conceptuales que han superado la brecha del tiempo y que se han incrustado de tal manera en la sociedad, que ya forman parte de esta como un apéndice, de tal manera que ya no se reflexionan tan continuamente porque ya se dan por hecho; la cotidianeidad los camufla en su monotonía. Sin embargo, están tan presentes que son base y fundamento de muchas de las estructuras que componen la cultura; este es el caso del concepto logos (λόγος).
En mi experiencia académica desde la niñez, escuché con la mejor intención de mis profesores y profesoras la etimología de palabras compuestas como “biología”, “sociología”, “antropología”, “psicología”, etc., etc., resumiendo que el sufijo “logos” es el “estudio o tratado”, siendo esto cierto a medias, ya que es un reduccionismo a un concepto que reviste más complejidad, eclipsando con esto la riqueza semántica y filosófica del término. Ejemplo desde su origen en la lengua griega como “palabra razonada” hasta sus interpretaciones en la filosofía antigua como el arché o principio fundamental de las cosas (incluyéndonos), su apropiación teológica en el cristianismo primitivo y su resignificación simbólica en escuelas místicas como la masónica. Por tanto, el Logos representa un núcleo conceptual para comprender la articulación entre pensamiento, lenguaje y orden universal en la tradición occidental.
En su origen griego, logos significaba primariamente “palabra”, pero no en su mera materialidad fónica; designaba la palabra meditada, reflexionada, la palabra que es vehículo de razón: argumentación, discurso, razonamiento. De esta raíz también se desprenden sentidos como inteligencia, pensamiento o principio de orden.
El primer hito filosófico lo establece Heráclito de Éfeso (c. 535 – c. 475 a.C.), para quien el logos era la ley racional y universal que gobierna el cosmos; es el logos universum, es decir, la razón universal, un principio de unidad subyacente al cambio perpetuo que arquitecta la realidad. Heráclito afirma: “No a mí, sino habiendo escuchado al Logos, es sabio decir junto a él que todo es uno” (Heráclito. Fr. 50 vol. I, p. 314). Aquí, el Logos trasciende lo meramente humano para constituirse en la estructura inteligible de la realidad. Esta noción de un principio racional cósmico fue retomada y sistematizada por el estoicismo.
En Platón, desplazó el énfasis metafísico de un arche hacia el ámbito del discurso y el conocimiento. Para él, logos es el discurso articulado que permite dar razón de una cosa, especialmente en el diálogo que busca alcanzar las formas inteligibles. En el “Fedón”, por ejemplo, la segunda navegación es justamente el paso del estudio de las cosas físicas al ámbito del logos como método para acceder a lo verdadero (Platón, Fedón, 99e-100a).
Por su parte, Aristóteles sistematizó y diversificó el concepto. Por un lado, fundó la Lógica (de logikē epistēmē, la ciencia del logos) como el estudio de los principios de la demostración y la inferencia válida, estableciendo las reglas del pensamiento correcto (Aristóteles, Analíticos Primeros, 24a10-15). Por otro lado, en su “Retórica”, identificó al logos como uno de los tres modos de persuasión, específicamente el argumento basado en la razón y las pruebas, en contraste con el “ethos” (carácter del orador) y el “pathos” (emociones del auditorio) (Aristóteles. Retórica. 1356a1-4).
En el Helenismo, los estoicos retoman la tradición de Heráclito en el sentido de que el Logos es la razón universal y activa (una especie de divinidad) que impregna y organiza toda la materia pasiva del universo; es el “Logos spermatikos” (razón seminal), la ley natural providencial de la que todo surge y según la cual todo debe vivir. En el ámbito ético, vivir de acuerdo con la naturaleza, lo que significaba vivir de acuerdo con este Logos universal, haciendo de la razón individual (logos endiathetos).
La fusión del pensamiento griego, especialmente el influjo estoico y filoniano, con la revelación judeocristiana produjo una de las transformaciones sincréticas del concepto. Filón de Alejandría (c. 20 a.C. – 50 d.C.) ya había utilizado Logos para significar la sabiduría y la razón divina, intermediaria entre Dios trascendente y el mundo. Este sustrato preparó el terreno para el prólogo del Evangelio de Juan (c. 90-110 d.C.), que comienza: “Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος, καὶ ὁ λόγος ἦν πρὸς τὸν θεόν, καὶ θεὸς ἦν ὁ λόγος” (“En el principio era el Logos, y el Logos era con Dios, y el Logos era Dios”) (Juan 1:1, nuevo testamento). La traducción latina de Jerónimo de Estridón en la Vulgata (c. 382-405 d.C.) vertió Logos como Verbum (Verbo): “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum” (Biblia Sacra Vulgata). Esta identificación del Logos con Cristo preexistente, como razón y palabra divina encarnada, fue significativa para toda la cultura occidental. Los Padres de la Iglesia, como Tertuliano (c. 160-220 d.C.), profundizaron en la distinción entre el Logos como razón interior de Dios (Logos endiathetos) y el Logos pronunciado o engendrado para la creación (Logos prophorikos), conceptualizando la relación entre el Padre y el Hijo (Tertuliano, Contra Praxeas, 5, p. 265).
Explorando y dejando que la curiosidad explore, descubrí que la francmasonería especulativa, que emergió en los siglos XVII y XVIII nutriéndose de la filosofía, la teología natural y el simbolismo hermético, también hizo suyo el concepto de Logos. Una teoría etimológica, aunque discutida, sugiere que el término “logia” (donde se reúnen los masones) podría derivar no solo del sánscrito (universo) o del latín “lodge” (cabaña), sino también del griego logos, entendido como el lugar donde se reúnen los hombres para el “discurso razonado” y la búsqueda de la verdad.
Desde la academia, la religión o las tradiciones culturales, el concepto Logos revela la intertextualidad de la cultura occidental. Desde su formulación presocrática como principio cósmico, pasando por su formalización lógica con Aristóteles, su desarrollo como ley natural en el estoicismo, su cristalización teológica en el cristianismo, lo que es curioso o simplemente agradable meditar, cómo el logos está tan arraigado en nuestras vidas como una categoría maleable e influyente. La perenne aspiración humana de captar, mediante la palabra razonada y el discurso, el orden inteligible que subyace a la realidad, ya sea esta física, metafísica o moral.
Oscar Hugo Rodríguez Ceja.
Bibliografía.
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Biblia de Jerusalén. 5.ª ed., Desclée De Brouwer, 2009.
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Diels, Hermann, y Walther Kranz. Los filósofos presocráticos. Editorial Gredos, 1986.
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