La cultura de los mexicanos tuvo un impulso vital cuando José Vasconcelos encabezó la SEP, pues se construyeron muchas escuelas en todo el país y en 1925 ya había un sistema de educación secundaria.
Con el fin de la Revolución, las sublevaciones militares perdieron mucha fuerza, las elecciones se celebraron cuando se tenían que celebrar y las actividades económicas se desarrollaron sin interrupción durante varias décadas. Entre 1920 y 1970, nuestro país caminaba por el rumbo del desarrollo. En este periodo hubo aspectos que le cambiaron el rostro a México: el impulso a la educación, el desarrollo de la industria y el crecimiento de la población.
Con respecto a la educación, uno de los momentos más importantes fue cuando un antiguo maderista, José Vasconcelos, fue nombrado rector de la Universidad Nacional y tiempo después Secretario de Educación Pública, institución creada en 1921.
En 1985, de cada 10 mexicanos, había 8 analfabetos, es decir, que no sabían leer ni escribir; en 1930, de cada 10 mexicanos, había 6 analfabetos y, en 1950, de cada 10 mexicanos, había 4 analfabetos.
Para enfrentar esta situación se lanzó una campaña nacional de alfabetización, pues Vasconcelos tenía el propósito de hacer llegar los mejores libros producidos por la humanidad a las manos más humildes.
La Secretaría de Educación Pública imprimió más de 20000 ejemplares de libros como La Ilíada y La Odisea y se ocupó de distribuirlos en cada rincón del país. Esto no era fácil a principios del siglo XX, porque en aquel entonces la mayor parte de la población habitaba en zonas rurales, entre sierras, selvas y desiertos.
José Vasconcelos y sus colaboradores construyeron muchas escuelas por todo el país, sobre todo en las regiones más apartadas, que era donde más se necesitaba la educación. Su trabajo fue tan arduo que no solamente crearon primarias para enseñar a leer y escribir; en 1925 también habían construido un sistema de educación secundaria.
Durante esos años, el gobierno de México invirtió como nunca en la educación pública. En 1923 se dedicó a este rubro el 17 % del presupuesto total, el más grande en la historia del país.
En 1934, Lázaro Cárdenas del Río transformó el Artículo 3 de la Constitución y estableció que la educación primaria y secundaria debía seguir la orientación socialista. El socialismo proponía abolir la propiedad privada y la lucha de clases, es decir, que el pueblo fuera dueño de las fábricas y de las principales industrias del país. Un rasgo característico de la educación socialista fue la revaloración del indigenismo, de modo que se empezó a exaltar la historia prehispánica en los libros de texto como fuente de la identidad nacional.
Desde 1920 hasta 1970, la preocupación de los gobiernos era construir escuelas para una población que crecía rápidamente y hubo avances importantes. En 1940, un 43 % de la población podía leer y escribir y, para 1970, este porcentaje había aumentado a 74.
De 1920 a 1970, la población creció considerablemente. Debido a que se ampliaron los servicios educativos y la economía inició un proceso de modernización, la calidad de vida de las personas también aumentó; con ello se transformó la sociedad mexicana y se creó una nueva estructura integrada por empleados, profesionistas y burócratas, entre otros, que consumían muchos bienes y, por tanto, hacían crecer la economía.
La población que vivía en ciudades aumentó de 4 a 22 millones entre 1940 y 1970. La Ciudad de México atraía a muchos de los que abandonaban el campo y se convirtió en una de las grandes metrópolis del mundo. A este periodo se le conoció como el Milagro Mexicano.
Había progreso, pero también muchas desigualdades; una de las más evidentes era la diferencia entre hombres y mujeres, pues en esos años la gente creía que las mujeres tenían que dedicarse al cuidado de los hijos y a realizar labores domésticas. Sin embargo, había muchas mujeres trabajadoras que ganaban en promedio 25 % menos que los varones, incluso en la industria del vestido, donde trabajaba la mayoría de ellas.
Al correr de los años, las cosas no cambiaron mucho; las mujeres se habían integrado al mercado laboral y tenían mejor nivel educativo, pero su condición seguía dependiendo de los hombres, aun cuando tuvieran un ingreso propio. Las mujeres de clase media eran educadas para ser empleadas, secretarias, enfermeras o maestras; en cambio, las mujeres de origen más humilde trabajaban en el servicio doméstico, eran costureras o vendedoras.
La desigualdad social también se reflejaba entre los sectores económicos (obreros y económicos), entre grupos sociales (clases medias y campesinos) y entre regiones, pues las entidades del norte y el centro del país (Baja California, Distrito Federal, Sonora, Baja California Sur, Chihuahua, Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas) se habían beneficiado mucho más que el sur y el sureste (Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Tabasco) o que otros estados del centro (Hidalgo, Guanajuato, Tlaxcala y Zacatecas).
La paz que se vivió después de la Revolución permitió desarrollar la cultura y celebrar fiestas populares. En las primeras décadas del siglo XX, a la gente le gustaba “ir a pasear en coche”, aunque pocas personas tenían automóvil. Los ricos iban al cabaret El Regis, uno de los hoteles más lujosos de la época en la Ciudad de México y, como el agua entubada todavía era un lujo, también acudían a ese hotel importantes políticos y hombres de negocios a sus baños de vapor. Para diversión del resto de la gente estaban las corridas de toros, las carreras de caballos y las charreadas, a las que asistían personas de todas las clases sociales.
En 1921 se llevó a cabo la primera transmisión de radio con canciones, música y versos. Para 1923, la radio se había popularizado de manera importante, pero los aparatos receptores todavía eran muy caros, pues su precio iba de 13 a 800 pesos, cuando el salario diario de un albañil era de menos de un peso y el de un trabajador de Chihuahua era de entre un peso y un peso con cincuenta centavos.
La cultura fue muy rica en esos años. Los muralistas mexicanos (Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, entre otros) ocuparon los edificios públicos para denunciar injusticias sociales mediante su obra. Después de 1946 surgieron valiosos representantes de la pintura de caballete (ya no pintaban murales, sino los tradicionales cuadros). Ellos decidieron dejar de representar conflictos sociales y diversificaron sus temas y formas de expresión (Rufino Tamayo, Ricardo Martínez, María Izquierdo y Pedro Coronel, entre muchos otros).
En la década de 1950 destacaron personajes de la literatura que hoy son referencia obligada: Octavio Paz, Juan José Arreola, Juan Rulfo y Carlos Fuentes: ellos reflexionaron sobre el contraste entre el México rural y el moderno y sobre las grandes diferencias entre el México indígena, la pobreza de los campesinos y el surgimiento de una cultura urbana a la cual le urgía ser reconocida en el mundo.
El cine fue otro aspecto importante de la cultura. Todavía hoy las películas de rancheros y sus canciones identifican a México en muchos países, sobre todo las de Emilio “el Indio” Fernández. Más adelante, los directores de cine buscaron ofrecer una imagen más moderna de México y empezaron a hacer películas que se desarrollaban en las grandes ciudades.
Tal fue la fama del cine mexicano en el extranjero que a nuestro país llegaron a trabajar famosos cineastas como el ruso Sergei Eisenstein y, más adelante, el español Luis Buñuel. El primero aportó al cine nacional películas con temas de orientación socialista, en tanto que Buñuel desarrolló ideas surrealistas en sus películas, donde se rebasaba la realidad y se presentaban situaciones imaginarias y hasta irracionales.
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos se volvió a activar la industria de Hollywood, lo que provocó un lento descenso del cine mexicano.
Hacia 1960 ya se expresaba la influencia de corrientes culturales del exterior, como las protestas contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos y el movimiento hippie, que manifestaba su repudio a la guerra, la inconformidad de los jóvenes de clase media con los valores tradicionales, así como la pobreza cultural de los medios de comunicación de masas, en particular de la televisión.
Y como en este país muchos beneficios de la modernidad se concentraron en la Ciudad de México, no fue extraño que en 1968 la capital haya sido el centro de una movilización estudiantil cuyas repercusiones fueron muy importantes en todos los ámbitos de la vida nacional.
Bibliografía
Diego Rivera. mariajoseurzua.weebly.com. 30 de septiembre de 2014. https://mariajoseurzua.weebly.com/actividades-del-curso/educacion-y-cultura-en-el-mexico-del-siglo-xx (último acceso: 02 de enero de 2026).
Secretaría de Educación Pública. «Arma la Historia.» En La cultura y el desarrollo en la segunda mitad del siglo XX, de Secretaría de la Educación Pública, 172-179. México, D.F.: Secretaría de Educación Pública, 2010.
