Categoría: Historia

Por: MELVI PINO FAN / Fecha: septiembre 15, 2025

¿Te imaginas un perro declarado ciudadano antes que las propias mujeres?

El chai latte humeaba entre mis manos mientras la fina lluvia —esa que los escoceses llaman dreich— caía y empañaba los cristales de uno de los mejores cafés que he encontrado, un lugar atestado de libros antiguos, de los escritores más célebres. Sobre el estante, una edición desgastada de Nicholas Nickleby de Charles Dickens y dentro de él un mapa turístico arrugado.  

Entre castillos de postal y callejones embrujados marcados en el plano, un círculo rojo destacaba alrededor de Greyfriars Kirkyard. ¿Un cementerio como atracción principal? ¿Acaso la gente organizaba picnics entre lápidas?  

Pues resulta que sí.  

Me decidí a ir a ese cementerio (obviamente aún había sol, bueno, un rayo de luz parecido al sol, pero en Escocia eso equivale a una invitación formal del universo). Mientras sorteaba automóviles y autobuses que iban en sentido contrario a toda lógica latina —el Brexit no solo fue político, parece—, el GPS me guió hacia una entrada flanqueada por muros de piedra oscura, como si el tiempo los hubiera ahumado con tres siglos de historias.

Al cruzar el umbral, el contraste fue fascinante. El césped verde —cultivado con el mismo esmero que los mitos locales—, árboles secos y torcidos, perros orinando en la lápida del poeta William McGonagall. Lápidas con calaveras con tibias cruzadas, manos señalando al cielo y relojes de arena alados. Estudiantes bebiendo café y comiendo emparedados sobre el mausoleo de Sir George Mackenzie, un temido abogado que es llamado El Sangriento y cuyo fantasma, se dice, según reportes de 1998, que deja moretones a sus visitantes. A un costado de algunas tumbas y casas colindantes, ¿se imaginan el cartel? Se alquila, vecinos silenciosos —eternamente—, y para rematar, junto a la capilla, la tumba de Bobby, un perro de raza Skye Terrier, sí, leyeron bien: un perro. 

¿Un perro enterrado en terreno sagrado? En el siglo XIX, eso era casi herejía. Pero Bobby no era cualquier perro: según cualquiera de los escoceses que le preguntes —especialmente aquellos con una pint de cerveza en la mano—, el Skye Terrier pasó catorce años velando la tumba de su dueño, el vigilante del cementerio John Gray, hasta su propia muerte en 1872.  

Se cuenta que John Gray adoptó a Bobby cuando era todavía un cachorro, que lo llevaba con él a todos lados, —incluso a su trabajo—, y que juntos se volvieron patrulleros del cementerio. Claro, patrullar aquí significaba ladrarles a las palomas y orinar sobre las tumbas de poetas olvidados. Cuando John enfermó de tuberculosis, por más que los compañeros de Gray intentaron llevar a su casa al perro, fue imposible apartar a Bobby de la tumba de su compañero. La gente conmovida comenzó a llevarle comida, juguetes, mantas. Transcurrieron catorce años hasta que Bobby murió de vejez. 

Los lugareños inmersos en el drama canino comenzaron a exigir a la iglesia que les permitieran enterrar a Bobby junto a su dueño. La Iglesia no lo vio con buenos ojos —un animal en el camposanto, ¡qué escándalo!—, pero los escoceses no estarían conformes hasta conseguir reunir a los amigos. La iglesia, cansada de peticiones y manifestaciones, alegó que la justicia señalaba que solo ciudadanos de Edimburgo podían ser enterrados y Bobby no era ciudadano. 

La gente enardecida se manifestó para pedir que declararan ante los tribunales a Bobby, ciudadano, hasta que fue concedido. Pero la iglesia sacó un as bajo la sotana, y una vez hecho Bobby ciudadano, pusieron una nueva traba: los perros no tenían alma y no podían ser enterrados en tierra santa. 

Se cree que un abogado fue quien encontró un hueco legal, un pequeño pedazo de tierra (irónicamente a un costado de la iglesia del cementerio) que no era considerado tierra santa por su ubicación, así que finalmente Bobby fue enterrado en el cementerio en el mismo lugar que su gran amigo. 

Bobby fue el Hachikō escocés, pero con menos dignidad y más alcohol. Mientras el akita japonés tiene su propia estatua de bronce donde la gente llora con reverencia, a Bobby lo enterraron junto al abogado fantasma y le pusieron un pub al lado. Claro, Escocia no iba a desperdiciar una buena tragedia canina sin sacarle provecho: hoy puedes comprar un imán con su cara, frotarle la nariz a la estatua para “buena suerte” (el pobre debe revolverse en su tumba) y hasta brindar con una “Bobby Ale” en el bar, porque nada honra más la memoria de un perro que una resaca monumental.

Pero si creen que la historia ya es turbia, esperen a leer el plot twist: Bobby fue declarado ciudadano en 1867. Las escocesas pudieron votar en 1918 (y solo si tenían más de 30 años). A día de hoy, su estatua sigue recibiendo más flores que la tumba de muchas sufragistas. Progreso, lo llaman. Yo lo llamo “marketing canino”.