Categoría: Literatura

Por: MARTIN OSVALDO PEREZ SANCHEZ / Fecha: marzo 2, 2026

¿Guardamos hechos en nuestra memoria o son inventivos de la misma? Vivencias que dan paso a una creación, la misma que puede ser expresada a través de un texto.

Las personas, al pensar en los tiempos pasados que han vivido, nos sumergimos en momentos principalmente alegres y en ocasiones en pensamientos que no son tanto. Dentro de este marco, los pensamientos que creemos poseer, en muchos casos son malversaciones de nuestra memoria. Hay cosas que vivimos, pero ¿en verdad todo lo que recordamos realmente pasó?

Al adentrarse en las lecturas de “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco y “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez, pareciera que nos hablan desde dos perspectivas diferentes de los recuerdos: uno desde que las experiencias de la infancia idílica junto a una criatura animal y la otra, desde una creación de vivencias que pudo ser tan real como lo expresado en un texto, pero que fue toda una inventiva de la imaginación.

Cuando repasamos nuestro pasado, nos encontramos con que, desde nuestra perspectiva, el pasado es y siempre será de alguna forma mejor que el presente en el que vivimos. En muchos casos pretendemos que lo que vivimos es aquello que nos forja, dejando de lado un poco el presente ante los momentos que experimentamos con el día a día. “Antes teníamos más tiempos para nuestros pasatiempos”, “antes todo marchaba de mejor forma, tanto la educación, la economía, la política, etc.”, “anteriormente sí había cosas delimitadas por el bien de la gente y no estaba todo tan descompuesto como ahora” y una larga lista de ideas que se generan en las personas sobre años anteriores.

Sobre estos puntos de las ideas del pasado, nos podríamos centrar en dos lecturas que nos aclararían, desde el imaginativo y la creación literaria, este punto sobre el pasado. Comenzando con “Platero y yo”, el cual nos evoca a una vida rural junto a un animal llamado Platero, el cual es un burro, el cual se describe de un color blanco y unos ojos negros azabache. Esta figura nos es presentada desde la visión de un infante, que posee un amigo que no habla, pero que está presente en esos primeros años de desenvolvimiento en la vida de su comunidad. Siendo que “Platero y yo” fue escrito en 1914 y el autor nació en 1881, este mismo contaba ya con 33 años al momento de la publicación de esta obra.

¿Pero qué es lo que tan especial tiene aquel animal para que Juan Ramón Jiménez nos lo presente de aquella forma tan dulce y melancólica? Probablemente extrañar justamente estos tiempos, donde no había preocupaciones tan intrínsecas en sí mismas. Donde todo era pasar tiempo junto a Platero y vivir el momento. Aunque en una lectura más detenida, la soledad del autor se presentaba como aquello a lo que quería evadir, pero era propenso a encontrarlo en su camino y Platero era su forma de sobrellevar la vida.

“Platero y yo”

Podemos encontrar entonces que Platero de alguna forma fue aquel escape de una vida no tan alegre para un niño, pero a su vez da una brillantez, un enfoque diferente de ilusión por haber tenido bella compañía. Como se menciona en el siguiente fragmento del capítulo VI La Miga (escuela):

“No, Platero, no. Ven tú conmigo. Yo te enseñaré las flores y las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las barcas del río, con dos orejas doble que las tuyas.”

El recuerdo trabaja de una forma especial, ante la cualidad de experimentar la figura de Platero como un igual, como otro que puede ir a la escuela, pero que no es necesario porque este puede ser lastimado de alguna forma; sin embargo, se pretende colocar el imaginativo de aprender de cosas más sensibles y necesarias para el hombre de 33 años que describió al niño y a su burro blanco.

Otra forma de recordar el pasado es que nuestra mente cree historias que no han sucedido, como es el caso de José Emilio Pacheco y “Las batallas en el desierto”. El caso de Carlos y el enamoramiento de la mamá de su mejor amigo, los momentos que vive México en los años en los que transcurre la novela y, principalmente, la historia que no existió, pero que pudo existir en la realidad de alguna persona. José Emilio Pacheco nos presenta una historia tan creíble, tan natural en cierto sentido, que, en muchos momentos de la lectura, pareciera que lo experimentado en la novela lo estuviese diciendo en carne propia José Emilio, pero para sorpresa, esto no fue así, sino que presenta una inventiva sobre el amor imposible, el amor de un niño. Como lo menciona en una conferencia presentada el 6 de septiembre de 2013, que se tituló “El cuento y la novela como formas de conocimiento humano”:

“Yo creo en lo que dice Graham Greene, que los verdaderos amores trágicos son los del niño y los del anciano, porque ninguno de los dos tiene esperanza. A partir de ahí se me ocurrió toda la historia y la escribí de un tirón, cosa que no había hecho, y después pasé varios años corrigiendo.”

Película mexicana “Mariana, Mariana” del año 1987 con la dirección de José Estrada, basada en la historia “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco.

Pero lo que hace la novela de José Emilio es presentarnos un pasado en el que vivimos a través de historias de alguien más, de sucesos que no experimentamos físicamente, pero que en nuestra cabeza son igual de impactantes que si fueran reales. El amor, la amistad, la familia y buenos recuerdos, aunque también el rechazo, la tristeza, la reconstrucción de la memoria falsa; todo aquello que suena desde lo más lejano de décadas, pero los sentimientos que encontramos en ocasiones encajan en los sentimientos propios. Pero hasta qué punto podemos ahora internarnos en la lectura de “Las batallas en el desierto” y decir con cierta ironía: esto me trae muchos recuerdos.

Recuerdos que no son nuestros, ni siquiera del encarnado por el propio autor. Las memorias que se describen parecen remontarse a lecturas de cualquier época donde haya alguna interacción entre seres humanos y, con ello decir, que hay situaciones que se experimentaron. Esta lectura en especial podría encajar en movernos algo por dentro, tanto por el pasar del tiempo como el sentir que nos hacemos viejos, el saber que cada que se lee se siente más lejano aquel recuerdo con el que se coincide, el saberse creador de un recuerdo borroso y que nuestra mente trata de llenar con huecos más que poco interconectados entre sí.

Si bien queda fuera del ejercicio de lectura que sugieren estos textos de “Platero y yo” y “Las batallas en el desierto”, habría que concentrarnos en algún recuerdo preciado que tengamos guardado y hacernos la pregunta: ¿es este recuerdo tal como lo tengo en la mente? ¿No ha sido manipulado por mi consciente para no perderlo? ¿No se está creando el recuerdo a partir de pequeños fragmentos sueltos del verdadero hecho? Los textos mencionados podrían darnos un ejemplo sobre ello, tanto que pudieran ser verdaderos desde la visión del autor, tanto como nuestros recuerdos pueden ser manipulados e interpretados con base en nuestra necesidad y creatividad.