Categoría: Filosofía

Por: MARIO ALEJANDRO REYES NOSTROZA / Fecha: junio 4, 2026

“Para adentrarse en uno mismo hay que ir armado hasta los dientes”. — Paul Valéry.

Se suele decir que los seres humanos tuvimos que atravesar tres grandes golpes al ego. El primero, cuando Nicolás Copérnico y más tarde Galileo Galilei postularon que la Tierra gira alrededor del Sol y no al revés, demostrando que no somos el centro del universo. El segundo golpe fue dado por Charles Darwin, quien mediante la teoría de la evolución nos hizo ver que no somos una especie “única” o elegida, sino el resultado del azar y la adaptación al medio. El último golpe, y a mi parecer el más fuerte, fue dado por el polémico Sigmund Freud. El psicoanálisis, si bien hoy es cuestionado en su validez científica estricta, abrió una puerta que la ciencia no ha podido cerrar del todo: la latencia del inconsciente. Con sus ideas, Freud puso sobre la mesa que ni siquiera somos dueños de nuestra propia mente, que nuestras acciones no siempre son tomadas con entera libertad y que no conocemos al cien por ciento nuestra psique.

Hoy en día, la ciencia moderna sigue sin ponerse de acuerdo sobre este tema; es un debate en el que se ven involucrados neurocientíficos, psicólogos, filósofos y antropólogos que intentan descifrar qué hay detrás del comportamiento humano. Cuando estudiamos a otras especies, se suelen usar métodos de condicionamiento implementados por B.F. Skinner. En los laboratorios se enseñan conductas a los animales de modo que aprenden a mantener esos comportamientos a cambio de reforzadores; si el condicionamiento es suficientemente fuerte, la conducta se puede mantener incluso toda la vida. Esta evidencia explica cómo algunas especies aprenden a moverse y adaptarse al entorno. Aunque no todo es conductismo: cada especie tiene un grupo de características biológicas de las que difícilmente escapará, es decir, posee cierta “potencialidad” limitada de comportamientos.

Esta fórmula parecía reproducible al ser humano, pero Freud y la historia han demostrado que no es así. El cerebro humano es, por mucho, el más adaptativo que conocemos, y tratar de definir su espectro de potencialidad es extremadamente difícil. Hay humanos en ambos extremos: capaces de cometer actos salvajes en pro de la supervivencia, y aquellos que preferirían morir antes de actuar en contra de su sistema de creencias. Por ejemplo, las ratas de laboratorio ante la escasez extrema de comida podrían devorar a sus congéneres. En los seres humanos, habrá quienes lo harían y quienes no se atreverían siquiera a pensarlo debido a constructos morales o simbólicos.

El experimento de David Reimer: El peso de lo biológico

En 1966, el psicólogo y sexólogo John Money, obsesionado con demostrar que la identidad de género dependía puramente del aprendizaje y la influencia social (conductismo), decidió llevar a cabo uno de los experimentos más crueles de la historia de la psicología. Tras un accidente en una circuncisión que destruyó los genitales del pequeño Bruce Reimer, Money convenció a la familia para que el niño fuera criado como una niña, bajo el nombre de Brenda.

El niño fue criado en un ambiente femenino, con juguetes y roles de niña. Contrario a lo que el científico esperaba, Bruce/Brenda jamás aceptó plenamente el rol asignado; rechazó la vestimenta y mostró una inclinación natural hacia comportamientos masculinos. Al llegar a la adolescencia y conocer la verdad, retomó su identidad masculina bajo el nombre de David Reimer. Desafortunadamente, el trauma nunca fue superado y David terminó suicidándose en su adultez. Este cruel experimento demostró la complejidad de la identidad humana y que existe una influencia biológica y genética que no puede ser borrada simplemente por el entorno social.

El desafío de la psiquiatría moderna

La importancia de este tema constituye el desafío más importante para el tratamiento de las llamadas “enfermedades psiquiátricas”. ¿Cuál es el pilar del tratamiento? ¿Se basa únicamente en fármacos que modifican neurotransmisores? ¿Realmente es posible cambiar ciertos comportamientos o estos vienen determinados desde el nacimiento?

No hay evidencia clara que apunte hacia un solo lado; sabemos que cada ser humano reacciona distinto a los traumas, a las experiencias vividas y al tratamiento químico. Lo que no sabemos con certeza es de qué depende esta variabilidad. Es por eso que, hoy en día, algunos científicos y filósofos se posicionan escépticos ante manuales como el DSM-5 y ante las etiquetas diagnósticas como el TEA o el TDAH. No significa que las dificultades de estas personas no existan, sino que nuestra comprensión de ellas carece a veces de métodos diagnósticos objetivos (como un análisis de sangre), lo que convierte al tratamiento, en ocasiones, en un “tiro a ciegas”.

Este desafío constituye hoy el pilar de la psiquiatría moderna, aunque muchas veces se aborde desde la ceguera. Al no tener una respuesta clara sobre qué define nuestra variabilidad, nos hemos refugiado en manuales de diagnóstico como el mencionado DSM-5. La crítica a estos manuales es necesaria: a diferencia de la medicina clínica, la psiquiatría carece de biomarcadores objetivos; no hay un análisis de sangre que confirme un trastorno. Los diagnósticos se basan en consensos de expertos que categorizan comportamientos, lo que a menudo deriva en una medicalización de la vida cotidiana. Al etiquetar procesos humanos como el duelo o el carácter inquieto bajo siglas como TDAH o TEA, corremos el riesgo de mercantilizar el malestar y detener el proceso de autoconocimiento. El individuo deja de preguntarse por el sentido de su angustia para aceptar que simplemente tiene un “desequilibrio químico”.

La experiencia humana es profundamente individual. Probablemente, el estudio de la mente sea un proceso que concierne a cada uno de nosotros de forma privada. Si bien las herramientas psicológicas son de gran ayuda, solo quien se atreva a mirar dentro de sí podrá aspirar a comprender sus comportamientos. Como bien decía Platón: “La primera y más importante victoria es conquistarse a uno mismo”. Todos tenemos pensamientos oscuros e impulsos que no controlamos, pero está en nosotros ser conscientes de ellos y decidir lo que hacemos con los mismos. “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”, diría Carl Jung.

Bibliografía (APA)

• American Psychiatric Association. (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5). Editorial Médica Panamericana.

• Colapinto, J. (2000). As Nature Made Him: The Boy Who Was Raised as a Girl. HarperCollins.

• Darwin, C. (2009). El origen de las especies. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1859).

• Frances, A. (2014). ¿Somos todas personas con problemas de salud mental? Manifiesto contra los abusos de la psiquiatría. Ariel.

• Freud, S. (2012). El malestar en la cultura. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1930).

• Jung, C. G. (2002). La psicología de la transferencia. Paidós.

• Skinner, B. F. (1974). Sobre el conductismo. Planeta.

• Szasz, T. (1961). El mito de la enfermedad mental. Harper & Row.