En la mayoría de las facultades de medicina del mundo, los catedráticos suelen repetirles a sus alumnos, con un gran entusiasmo, frases como: “El cuerpo humano es una máquina perfecta diseñada por la evolución”, “El cuerpo humano es un sistema complejo perfectamente estructurado”, y demás frases por el estilo. Esta idea de la perfección del cuerpo humano ha trascendido incluso a la cultura popular; no obstante, aunque estas ideas sean pronunciadas con tanta pasión, carecen de un verdadero fundamento. La realidad es que el cuerpo humano, a pesar de sí ser un sistema complejo y bastante evolucionado, está muy lejos de ser perfecto; de hecho, al compararlo con otras especies, se queda muy atrás.
Existen animales con sistemas inmunológicos mucho más eficaces que el nuestro, como las cucarachas o las ratas; en términos de fuerza, hay animales que podrían matar de un solo golpe a cualquier fisicoculturista; muchas especies de aves tienen una vista muy superior a la nuestra e incluso en la vida microscópica, la mayoría de las especies de insectos y bacterias distribuyen sus nutrientes y energía de una forma mucho más eficaz que la nuestra. La lista de desventajas a las que nos enfrentamos como especie ante el ecosistema es muy larga, y pareciera que tendríamos muy pocas oportunidades de sobrevivir y evolucionar. A pesar de todo lo mencionado, la especie humana se logró posicionar como el culmen de la evolución, y la razón de esto es muy evidente: si existe un órgano en el humano que es muy superior y que le permitió llegar hasta donde está hoy, es el cerebro.
Es el cerebro humano el que permite aprovechar las leyes de la física para generar más fuerza que la de nuestros músculos; es el que permite diseñar vacunas y potenciar nuestro sistema inmunológico, el que diseña telescopios, vehículos, celulares, etc. Es así que, si es que existe un sistema que se puede jactar de ser perfecto o al menos de ser el más evolucionado e importante, es, sin duda, el cerebro.
Dicho todo lo anterior, trataré de ahondar en uno de los misterios del cerebro y de la especie humana: el libre albedrío.
Todos estamos seguros de ser libres, o al menos creemos serlo. Es una pregunta que de primer momento parece muy tonta, dado que todos los días estamos tomando decisiones, y estas van construyendo nuestro futuro y nuestra vida. Pero vayamos un poco más a fondo y exploremos el tema de la libertad.
Los antiguos griegos creían que todos teníamos nuestro destino trazado y determinado por los dioses. Muy cerca de la “gran polis”, Atenas, se encontraba el oráculo de Delfos, el cual era consultado por los griegos para saber su destino. La famosa tragedia griega Edipo rey menciona cómo Edipo consultó al oráculo para conocer su sino; Edipo, al saber que su destino no era de su agrado, hizo de todo para evitarlo, sin saber que todas las acciones que realizó para evadir ese fin al que tanto temía eran las mismas acciones que lo llevarían a él. Como podemos ver, para los griegos, hiciéramos lo que hiciéramos, nuestro destino ya estaba escrito; por lo tanto, ellos no creían en el libre albedrío.
Esta idea fue abandonada durante un buen tiempo. En la Edad Media se retomó de alguna forma la idea de la libertad; con el cristianismo se daba a entender en la sociedad que Dios nos dotaba de libertad, y que esta capacidad para accionar era la que determinaba nuestro premio o castigo en el reino de los cielos.
En movimientos intelectuales posteriores, la idea de libertad siguió cambiando. En el Renacimiento y con la fundación de la filosofía moderna, René Descartes introduciría la filosofía de la mente de nuevo en el mapa. El pensamiento de Descartes abrió un nuevo debate de tintes más epistemológicos, en el cual se discutía acerca del modo de conocer y generar conocimiento; Descartes y los racionalistas defendían que solo se podía conocer a través de la mente y el razonamiento; en cambio, los empiristas como Locke o Hume argumentaban que la mejor forma de conocer es a través de la experiencia y las sensaciones.
Estas corrientes filosóficas definieron el estudio de la mente como eje central de la nueva filosofía. Algunos siglos después, con la llegada de la filosofía contemporánea, el problema de la libertad fue retomado, pero esta vez visto desde un punto de vista más social, moral e incluso angustiante. El debate en la época de la Ilustración se centraba en el ser humano, en su forma de vivir y de interactuar con la sociedad, en debates existenciales e incluso en sistemas económicos. De forma general, se puede decir que la libertad en este momento histórico se consideraba neutral; es decir, se argumentaba que no somos realmente libres al 100 %, dado que todas nuestras decisiones están influenciadas por las ideas que la sociedad nos impone, por nuestra moral inculcada desde pequeños, por la religión e incluso por nuestro trabajo y condiciones económicas.
Esta postura, relacionada con el materialismo histórico fundado por Karl Marx, afirma que el ser humano siempre está condicionado; es así que tenemos una libertad a “medias”, ya que nuestra voluntad de elegir se verá influenciada por muchos factores. Nosotros no podemos saber qué factores nos tocarán en la vida y nuestras decisiones; aunque creemos que son nuestras, en realidad no lo son; solo terminamos eligiendo lo que situaciones externas nos han llevado a escoger o, como diría Arthur Schopenhauer: “El ser humano puede elegir lo que desea, pero no puede elegir qué desear”.
Aun así, estas concepciones nos aportan aunque sea un poco de libertad; es decir, una vez introducidos en nuestro contexto o circunstancia, aún podemos tomar nuestras propias decisiones, tal como lo expresaba Jean-Paul Sartre: “Somos lo que hacemos con lo que ya hicieron de nosotros”. Para Sartre, la libertad era algo angustiante porque nos hace responsables de nosotros mismos; no podemos culpar a nadie por nuestras decisiones, y esto provoca un miedo existencial. Sartre decía: “La existencia precede a la esencia”, es decir, que primero existimos y, una vez que estamos en este mundo, nosotros elegimos cuál será nuestro futuro; todos nuestros aciertos y errores serán culpa nuestra. Con libertad, el ser humano se ve condenado, como el mismo Sartre diría: “El ser humano está condenado a ser libre”. El filósofo español José Ortega y Gasset tendría ideas parecidas respecto a la condición humana con su famosa frase: “Yo soy yo y mi circunstancia”, con la cual da a entender la situación en la que se encuentra el ser humano, con una libertad limitada.
Todo lo anterior dicho ha sido un pequeño resumen sobre el tema de la libertad y su evolución filosófica a lo largo del tiempo. Pero, ¿qué nos dice la neurociencia sobre este asunto?
La opinión general en la neurociencia es que el ser humano no es libre. Y esta idea se fundamenta en la postura determinista de la realidad. El determinismo dice que, básicamente, todo en el universo es calculable: tal como al conocer el ángulo, la altura, la fuerza y demás factores, un físico puede saber con exactitud dónde caerá un objeto al ser lanzado; de la misma manera, si se pudieran conocer todos los factores de un sistema determinado, se podría calcular con exactitud todo lo que va a suceder. Por ejemplo, imaginemos a un ser superior que hubiese estado presente en el momento del Big Bang; si este ser conociera todos los factores de inicio, podría calcular y predecir todo lo que va a suceder en el universo, como el momento de formación de la Tierra, del sistema solar, etc.
De la misma forma con el cerebro, el padre de la neurología, Santiago Ramón y Cajal, demostró que este funciona por medio de uniones entre células especializadas llamadas neuronas. Estas neuronas son como cables eléctricos que generan energía y, por medio de esta, transmiten información a través de moléculas conocidas como neurotransmisores. Es decir, las neuronas están sometidas a procesos físicos y fisiológicos; procesos que podrían ser predecibles. Esto quiere decir que se podría hacer una predicción por medio de cálculos para saber cada decisión que tomaremos, cada palabra que diremos, cada pensamiento que tendremos, etc. Es claro que este cálculo sería imposible de hacer y de interpretar, pero no es el resultado del cálculo lo importante en sí, sino el hecho de que exista, ya que esto nos hace ver que no somos libres; que desde el momento en el que nacemos, nuestro cerebro ya tiene determinado todo lo que hará, pensará y dirá.
Lo anterior planteado funcionaría en un universo determinista, el cual, hasta hace unos 100 años, era el modelo más aceptado del universo. Esto fue así hasta que la física se revolucionó y la investigación del átomo, del tiempo y de la existencia nos hicieron ver que no todo el universo es determinista. El átomo, como unidad básica de la materia, es totalmente impredecible; es imposible hasta hoy en día saber cómo se comporta a nivel fundamental; no se pueden calcular las posiciones de sus electrones orbitantes ni sus velocidades. Parece ser que la física cuántica es la última esperanza que tenemos de ser libres.
Todo lo anterior son teorías muy especulativas que no han podido ser demostradas. La libertad humana ha pendido de un hilo a lo largo de la historia, y algunos científicos, como Joaquín Fuster, han tratado de argumentar que la evolución nos dota de libertad gracias a un área muy desarrollada del cerebro que es capaz de darnos libre albedrío. Según las investigaciones de Fuster, la corteza prefrontal en el ser humano ha sido capaz de superar al determinismo y de darnos libertad a través de complejos sistemas neuronales y áreas especializadas (como las involucradas en el lenguaje, Broca y Wernicke). Además, Fuster argumenta que el lenguaje y los ciclos de percepción y acción hacen que la corteza cerebral sea capaz de tomar decisiones, aprender y modificarse en tiempo real y sin ningún tipo de condicionamiento realmente influyente; es decir, aunque sí estamos condicionados, hay tantos factores que la corteza es capaz de analizar en tan poco tiempo que decir que no somos libres sería meramente un capricho epistemológico.
De cualquier modo, aún no hay nada concluyente y parece ser que así será durante un buen tiempo, o tal vez sea una cuestión que jamás seremos capaces de resolver. Como dijo el físico estadounidense Emerson Pugh: “Si el cerebro humano fuera tan simple que pudiéramos entenderlo, nosotros seríamos tan simples que no lo entenderíamos”.
No obstante, debemos vivir como si fuéramos libres y ser responsables de nuestras acciones, estén o no determinadas, porque, como lo pronunciaba el gran físico Stephen Hawking: “Incluso la persona que diga que nada está determinado y que podemos hacer cualquier cosa para cambiarlo, mira a ambos lados antes de cruzar la carretera”. Puede ser que la ilusión de la libertad sea, también, una forma de ser libre.
Dennett, D. C. (2003). Freedom Evolves. Viking Penguin.
Sartre, J.-P. (2007). Existentialism Is a Humanism (C. Macomber, Trans.). Yale University Press
Marx, K., & Engels, F. (1970). The German Ideology (C. J. Arthur, Ed.). International Publishers.
Fuster, J. M. (2003). Cortex and Mind: Unifying Cognition. Oxford University Press.
Gazzaniga, M. S. (2011). Who’s in Charge? Free Will and the Science of the Brain. Ecco.
