Categoría: Filosofía

Por: MARIO ALEJANDRO REYES NOSTROZA / Fecha: abril 30, 2026

"Buscar la serenidad me parece una ambición más razonable que buscar la felicidad. Y quizás la serenidad sea una forma de felicidad". –Jorge Luis Borges.

Cuando somos niños, sufrimos uno de nuestros primeros choques existenciales en aquel momento en el que vamos por primera vez a la escuela y convivimos con personas de nuestra misma edad. Pasamos de ser uno de los únicos niños en la casa a ser “uno más” en un salón de clases. Probablemente pocos recuerden haberse hecho esta cuestión, pero lo cierto es que ahí estaba; nuestro subconsciente iba poco a poco introduciéndose en las mecánicas sociales. Pero, ¿qué pasa cuando nos damos cuenta de que hay más que nuestro salón de clases? Probablemente nuestro salón haya sido solo uno de tantos en la escuela y, a la vez, nuestra escuela solo era una de las muchas que había en el pueblo o en la ciudad; nuestra ciudad era una de muchas en el estado, y así sucesivamente. Nuestra insignificancia se va haciendo cada vez mayor conforme crecemos y aprendemos cosas nuevas: pasamos de ser el centro del mundo para nuestros padres a ser un humano más, reemplazable e insignificante.

Aunque probablemente podríamos decir que no somos ni insignificantes ni reemplazables, ya que tenemos un cierto número de personas que nos quieren y nos valoran, solemos olvidar que ellos también morirán. Nuestra única esperanza de trascender —de no ser insignificantes y reemplazables— morirá con ellos cuando todos aquellos que conocíamos partan de este mundo. Dicho lo anterior, podríamos decir que una persona muere cuando muere su recuerdo; entonces, ¿nuestro objetivo de vida es ser recordados el mayor tiempo posible después de muertos? Si esto es así, podríamos inferir que hay personas que han logrado este objetivo: personas famosas, personajes históricos, activistas sociales, etc. Pero, ¿esto es realmente así o solo es una excusa más para tratar de darle sentido a nuestra existencia? Porque, si lo analizamos, ¿de qué nos serviría ser recordados si no estamos ahí para verlo? ¿De qué servirían nuestras acciones buenas si nosotros no estaremos en ese mundo? Ya no tendremos nada que ver con ese plano de existencia —y probablemente con ninguna forma de existencia—, pero bien puede que esto no convenza a muchos y aún mantengan la esperanza de ser recordados por mucho tiempo. Sin embargo, incluso si este es nuestro objetivo, ¿cuántas personas realmente lo lograrán? ¿Vale la pena dar la vida por un propósito que depende más de la suerte que de cualquier otra acción que esté en nuestras manos? E incluso, si es que lo logramos, olvidamos que este mundo en el que dejaremos nuestro legado es temporal; en algún momento el sol morirá, se inflará como una gigante roja y se comerá a la Tierra. Todos nuestros logros, alegrías, tristezas y deseos se irán ahí, como si de aplastar a una hormiga se tratara.

Estas preguntas suenan tan pesimistas, ya que se está dando por hecho que, al morir, simplemente desaparecemos; como si nuestro cuerpo no fuera más que una computadora que en algún momento deja de funcionar y no quedan más que los materiales de los cuales estaba hecha. Al morir desaparecemos y punto: no hay vida más allá, ni paz eterna, ni descanso eterno; sencillamente no hay nada, dejamos de ser, dejamos de sentir. Imaginar esto es imposible para nuestro cerebro, ya que no podemos imaginar algo que no hemos sentido. Podemos hacernos ideas, pero estas serán creadas con base en lo que hemos sentido antes; es como tratar de pensar en un nuevo color o en una nueva vocal: al intentarlo, es inevitable no pensar en las que ya conocemos.

La forma más fácil de solucionar esto es darle un sentido a la vida que vaya más allá de nuestro sentido lógico y racional; la solución más famosa de todas es la religión. La religión nos hace sentir que todo puede tener un sentido, que nuestras acciones serán recompensadas si son buenas y serán castigadas si son malas; algo así como un tipo de “karma personificado” en una figura divina. Encontramos en ella un poco de orden en todo el caos que vivimos día con día.

¿Pero qué posibilidad hay de que esto sea cierto, de que realmente exista un Dios? A lo largo de la historia, varios pensadores han intentado dar una respuesta un poco más lógica a esta cuestión, apelando a que, por razones que podemos ver, la existencia de un Dios es necesaria. Entre estas explicaciones, una de las más famosas es la propuesta por Aristóteles, quien defendía que un “Primer Motor” debía existir porque, de no ser así, caeríamos en una paradoja sobre el infinito. El razonamiento de Aristóteles es el siguiente: todo lo que vemos ha sido creado por alguna causa. La piedra que vemos seguramente fue creada por la lava de un volcán y, a la vez, la lava viene desde el centro de la Tierra. Otro ejemplo podríamos ser nosotros mismos: somos el resultado de nuestra madre y nuestro padre, y ellos son a la vez resultado de sus padres. Podríamos irnos hasta la última línea de descendencia humana, pasando por nuestros antepasados que comparten un ancestro común con los simios, y posteriormente con las primeras formas de vida en la Tierra, para después ver de dónde se originó el planeta, el Sol, el sistema solar, la galaxia y seguir así sucesivamente.

Para Aristóteles, tenía que haber un momento en el que todas estas líneas de causas se hubiesen iniciado; tendría que haber una causa primera. No podrían existir causas infinitas; por lo tanto, tendría que existir una “causa incausada” o una causa que se cause a sí misma. Aristóteles la llamó “el primer motor”. Si bien él no decía que este motor tuviera las características personales de un dios religioso, al menos nos acerca a la posibilidad lógica de que exista un ser primigenio.

Otro de los argumentos más famosos es el del “diseño inteligente” o también llamado el “argumento del relojero” (popularizado por William Paley). Imaginemos la siguiente situación: vamos caminando por el bosque y vemos una piedra; si la juntamos y la observamos, no nos cabría duda de que esa piedra se originó a partir de procesos geológicos aleatorios. Pero ahora preguntémonos: ¿qué pasaría si en vez de una piedra viéramos un reloj tirado? Lo primero que se nos vendría a la mente es que, indudablemente, ese aparato fue creado por una persona, ya que tiene mecanismos tan complejos que no pudo haber surgido de forma fortuita; forzosamente tuvo que haber una inteligencia que lo diseñara y ajustara cada parte de este. De esta forma, podríamos inferir que toda la complejidad que existe a nuestro alrededor —cosas tales como el cerebro humano, las leyes de la física, la música o el arte— es tan vasta que no pudo surgir de procesos aleatorios; alguna inteligencia superior tuvo que haberlos creado.

Los anteriores argumentos a favor de la existencia de Dios llevan mucho tiempo existiendo y se basan en un razonamiento lógico; no obstante, hace no mucho, con el avance de la mecánica cuántica, ha surgido un argumento que se podría basar, de algún modo, en evidencia científica: “El principio antrópico”. Se ha descubierto que las condiciones en las que vivimos y las leyes de la física son exactamente las necesarias para que exista la vida. Si la constante de gravedad fuera un poco mayor o un poco menor, nuestro sistema circulatorio sería incompatible con la vida; si la fuerza electromagnética variara tan solo un poco, los átomos no podrían interactuar y, por lo tanto, no existirían más que partículas flotando libremente en la nada. La realidad tiene exactamente tres dimensiones espaciales para que puedan existir seres vivos complejos; si fuéramos seres de dos dimensiones, nuestra biología sería inviable. La lista de coincidencias continúa y es tan larga que la probabilidad de que todas hayan sido resultado del azar es tan ridículamente pequeña que haría dudar hasta al ateo más acérrimo. Una respuesta lógica sería decir que todo está acomodado de tal forma que pueda desarrollarse la vida. Pero, ¿quién o qué lo acomodó así?

Como podemos ver, la existencia de un ser superior, al contrario de lo que se cree, no está necesariamente peleada con la ciencia. Pero no podemos ignorar que no son argumentos definitivos y que algunos, como el del relojero, se pueden debatir con la teoría de la evolución de Darwin. Con respecto a los otros dos, incluso si fueran ciertos, solo demostrarían la existencia de un ser superior; no nos comprobarían que este Dios sea bueno, que le importemos o que sea justo. Incluso podríamos deducir lógicamente que no es así, porque si Dios es bueno, ¿por qué hay tanto mal en el mundo? Las religiones dicen que el mal existe porque Dios nos dota de libre albedrío, pero ¿no acaso Dios, al ser omnisciente, ya sabe por adelantado todo lo que va a pasar y, por lo tanto, el libre albedrío pierde su lógica? Esto nos deja dos conclusiones inspiradas en la paradoja de Epicuro:

1. El mal existe y Dios no puede eliminarlo; por lo tanto, no es todopoderoso.

2. El mal existe y Dios no lo elimina porque no quiere; en consecuencia, Dios es malo o no le importamos.

Epicuro, filósofo griego, predicaba que no debíamos preocuparnos por los dioses, ya que, si existen, son distantes o no intervienen. Debemos quitar a Dios de nuestras preocupaciones diarias y vivir disfrutando al máximo los placeres de la vida. ¿Y por qué no preocuparnos de la muerte si no hay vida eterna? Para Epicuro, el miedo a la muerte es un desgaste de tiempo, porque la muerte y el “yo” nunca coinciden. “Cuando nosotros somos, la muerte no es; y cuando la muerte es, nosotros ya no somos”. Podemos verlo de la siguiente forma: ¿Has visto a alguien triste por estar muerto?

Sin embargo, Epicuro no mató por completo la idea de Dios. Una posible respuesta a esta incoherencia la encontramos en la Biblia, en la historia de Job. Job era un hombre bueno que lo pierde todo: familia, riqueza y salud. Ante su reclamo de justicia, Dios se le aparece y le muestra la complejidad del universo, desde las estrellas hasta los microorganismos, y le pregunta: “¿Quién eres tú para juzgar mis designios?”. Esta historia explicaría que la realidad nos parece incoherente debido a nuestro limitado entendimiento; todo tiene un “porqué” que escapa a nuestra comprensión, algo parecido a cuando un niño no entiende por qué sus padres le dicen que no, hasta que crece. Además, ¿el hecho de que existan incoherencias no es parte de la esencia de la fe? Porque, si la existencia de Dios estuviese comprobada, ¿qué valor tendría creer?

De cualquier modo, la existencia o inexistencia de Dios parece que, lejos de acercarnos al sentido de la vida, a veces nos aleja. Pero todas las respuestas planteadas tienen algo en común: surgen de nuestro miedo a la muerte. ¿Qué pasaría si viviéramos para siempre? ¿Dejaríamos de preguntarnos cuál es el sentido? Seguramente no, y lo más probable es que nos preguntaríamos: “¿Qué sentido tiene vivir eternamente?”. Con vida eterna cumpliríamos todos nuestros objetivos, pero ¿y después qué? Probablemente, el aburrimiento nos haría desear estar muertos. Entonces, ¿es la muerte quien le da sentido a la vida? Lo que le da el “sabor” a la existencia es que, implícitamente, todo lo que hacemos está guiado por el hecho de que algún día vamos a morir.

La conclusión puede sonar lógica, pero no es reconfortante. ¿Qué pasa con los que mueren antes de cumplir sus objetivos? ¿Acaso solo unos pocos privilegiados tienen suerte? Albert Camus, en su ensayo El mito de Sísifo, nos habla de lo efímero de nuestros logros. Sísifo fue condenado a empujar una piedra hasta la cima de una colina para verla rodar hacia abajo y empezar de nuevo eternamente. Para Camus, nosotros somos Sísifo: cada objetivo cumplido es una piedra que llevamos a la cima. Creemos que el éxito es el sentido de la vida, pero a menudo los objetivos que nos proponen no los deseamos realmente.

Lo que importa no es el objetivo en sí, sino su realización. Un hombre pobre que ahorra años para su pequeña casa siente una felicidad mayor que un millonario construyendo otra mansión, porque el esfuerzo fue descomunal. Pero la felicidad, aunque intensa, es efímera. Arthur Schopenhauer llamó a este vacío posterior “la risa del diablo”: lo irónico de no sentirse satisfecho tras obtener lo deseado. Para él, la solución era abstenerse de los deseos y ver la vida como un bien en sí mismo.

Albert Camus concluye que, aunque Sísifo esté condenado, debemos imaginarlo feliz. Al darse cuenta de que su situación es absurda y no tiene un sentido trascendente, puede dejar de buscarlo y empezar a vivir. El buscarle sentido a la vida es algo absurdo; la pregunta “¿cuál es el sentido de la vida?” es tan ilógica como preguntar “¿dónde está la esquina de un círculo?”. Camus nos dice que aceptemos el sinsentido y aprovechemos el tiempo en las cosas que nos hacen felices.

Tal vez el sentido de la vida sea precisamente buscarle sentido o, por el contrario, dejar de buscarlo. La pregunta nos acechará hasta el día de nuestra muerte, ya que, como decía Mo Yan: “Morir es fácil, lo difícil es vivir”. Es un pensamiento similar al de Sócrates, quien antes de morir por la cicuta dijo: “Le debemos un gallo a Asclepio”. Asclepio era el dios de la medicina; se le ofrendaban gallos tras curar una enfermedad. Probablemente, Sócrates sentía que la muerte, finalmente, lo estaba curando de la enfermedad más grave de todas: la vida.

1. Sobre el absurdismo y Sísifo

Camus, A. (2012). El mito de Sísifo (E. Vázquez, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1942).

2. Sobre el pesimismo y la Voluntad

Schopenhauer, A. (2009). El mundo como voluntad y representación (P. López de Rozas, Trad.). Trotta. (Obra original publicada en 1819).

3. Sobre la Existencia de Dios y la Causa Primera

Aristóteles. (2014). Metafísica (T. Calvo Martínez, Trad.). Gredos.

4. Sobre la Ataraxia y la Muerte

Epicuro. (2012). Cartas y sentencias (J. Jara, Trad.). Editorial Universitaria.

5. Sobre el Argumento del Relojero (Diseño Inteligente)

Paley, W. (2005). Teología natural (J. M. Quintana, Trad.). KRK Ediciones. (Obra original publicada en 1802).

6. Sobre el Principio Antrópico y Ciencia

Barrow, J. D., & Tipler, F. J. (1986). The Anthropic Cosmological Principle. Oxford University Press.

7. Sobre el Sufrimiento e Incoherencia (Libro de Job)

Alonso Schökel, L., & Sicre Díaz, J. L. (2002). Job: Comentario teológico y literario. Cristiandad.