El capitalismo ha cargado sobre los hombros de la mujer y el hombre un peso aplastante, pero más a la mujer, pues dentro de una sociedad donde se cree que la mujer solo debe cuidar a los hijos y servir como esposa, al ser obligada al trabajo, tiene que soportar, ahora, dos trabajos y un deber, según el sistema familiar actual: el ser madre, trabajadora y ama de casa.
Las costumbres y la moral familiar se forman, simultáneamente, como consecuencia de las condiciones generales de la vida que rodea a la familia. Estas condiciones en las que se ven sumidas las familias a raíz de vivir dentro de un sistema que busca la ganancia a como dé lugar, exprimiendo a la clase trabajadora, obligándola no solamente a proporcionar un ejército industrial de reserva que herede el trabajo del padre, sino también el de la madre, genera un malestar.
Ahora, los trabajadores van aprendiendo a vivir sin la vida familiar, y lo único que queda es la reproducción tal cual de la sociedad y de todos sus vicios; no hay tiempo para interesarse en la familia; es entonces cuando la familia queda estancada y a merced de la mediatización de los valores capitalistas.
Podemos observar la fuerza de los vínculos libidinales que, en la sociedad capitalista, aparecen desviados de sus fines primitivos. Por ejemplo, en la privación de la libertad de los individuos, encontramos la carencia de capacidad crítica y ausencia de pensamiento autónomo y la imposibilidad de mantener un papel integrante dentro de la sociedad.
La relación del individuo con lo social y su dependencia, puede ser observada en las opiniones, prejuicios y la influencia de su pensamiento y las creencias que tienen la sociedad a la que pertenece, por lo cual, es posible inferir que la influencia que ejerce la sociedad a través de su aparato represor mediático, reproduce la relación que mantiene los individuos con otros individuos en la sociedad, en este caso la reproducción de las relaciones sociales de producción en los diferentes grupos integrantes de la sociedad, por ejemplo la familia, a través de una serie de identificaciones recíprocas.
El culto a la personalidad es un caso característico al analizar la sociedad capitalista y la forma en que esta se reproduce en la familia; observamos un desmedido culto a la personalidad, reproduciendo así el proceso de sujeción del individuo al padre como portador de la ley, como autoridad.
El síntoma del sistema familiar y, por lo tanto, de la sociedad es el consumo, el consumismo. La sociedad capitalista los coloca como una manera de emular la sublimación; es la forma en que el sistema capitalista da a los sujetos para satisfacer necesidades y desarticular el pensamiento crítico.
Una sustitución que no ayuda, sino que perjudica constantemente.
Hoy, el significante privilegiado de la economía es el ‘dinero’, un intermediario entre un sujeto y la enorme diversidad de elementos que la sociedad y la cultura humana producen. En ese sentido, se equipara con el intermediario que se hace imprescindible para un bebé humano que, por su indefensión, necesita que alguien le alcance el alimento, el abrigo, lo proteja de los peligros, le ofrezca contacto humano.
A diferencia de aquel objeto imprescindible, el dinero no es un objeto humano, no se conmueve por el dolor que provoca su ausencia, ni siquiera tiene algún valor por sí mismo. Su valor es consensuado y convencional, que varía según leyes caprichosamente supeditadas a los intereses de la clase económicamente dominante. Un sujeto podría sobrevivir bastante tiempo sin ese intermediario. El poseerlo otorga a su dueño un insólito estado de seguridad y su autoestima suele ser directamente proporcional al monto de lo poseído. La pérdida del poder adquisitivo, la disminución de los ingresos, el no poder afrontar compromisos contraídos, tanto de un sujeto, de una familia como de una nación, conforman lo que podríamos llamar una crisis.
El capitalismo desubjetiviza al individuo, con el objetivo de que haga forclusión de él mismo; de esta manera se obliga al individuo al olvido y queda, así, necesitado de otro objeto para satisfacer su fantasía. La “fácil” adquisición de objetos de consumo y la promesa de satisfacción del deseo, estrategia capitalista, ocasiona que el individuo esté prácticamente necesitado de satisfacer constantemente ese deseo.
Ese deseo, que quiere satisfacer, no es el suyo, es el deseo del Otro, el deseo que tiene para que el individuo consuma, estrategia perversa del capitalismo; nunca logra satisfacer su deseo y, sin embargo, se intenta satisfacer, aunque de manera efímera, su deseo alimentando el deseo del Otro.
El individuo se vuelve el objeto de consumo, es el objeto de goce, dejándolo como objeto de devoración del mercado. Al alcanzar el objeto, deseo al otro, y al alcanzar el nuevo objeto deseado, quiere otro. Al volverse objeto de devoración del mercado, el individuo queda enmarcado dentro del principio del placer, y nunca disfrutaremos del goce de satisfacer la fantasía. Entonces queda la incapacidad de controlar este principio.
La verdad es la que esconde el comercial, lo que está detrás, estar dentro del capitalismo como consumista enajenado, caer en el juego neoliberal que busca la ganancia a toda costa, encubriendo el principio de realidad, en el cual se va integrando, nunca deja que el individuo esté en equilibro entre los dos, entonces al no poder seguir dentro del principio del placer debido a que ya no se tiene la posibilidad, se va al extremo, caen en la realidad, en la verdad, se va completamente dentro del principio de realidad, la cual ya no aguanta y aún así se cree el sujeto ideal del mercado capitalista, ser el sujeto consumidor y cualquier producto del mercado puede servir para gozar, cae en las drogas y termina por morir.
El síntoma social que caracteriza a la vida contemporánea desde la irrupción del discurso capitalista: los individuos son los verdaderos objetos del consumo.
El consumismo, alimentado por la hegemonía capitalista, que al mismo tiempo usa este consumismo como base para
Mantenerse con la idea del plus de gozar sobre el ideal; se está mostrando como imperativo el goce del superyó, impulsado por el mercado capitalista.
Se prioriza el ideal del yo, alimentado por toda la superestructura del capitalismo, este ideal del yo que nos dice: “Primero hay que gozar y luego nos preocupamos, el consumo es primero”. La toxicomanía generalizada se traduce en el síntoma de una sociedad. La toxicomanía representa todo a lo que se está ligado con el fin de satisfacer el deseo y la falta del nombre del padre. Debido a esto, se cae en un consumismo con el fin de tapar un vacío, y ya que esto es efímero, siempre se nos estará presentando una nueva forma de llenar este vacío para que estemos consumiendo constantemente.
Puesto que, gracias a todos los individuos, se sostiene el mercado capitalista, al mismo tiempo que son objeto de goce, son objeto de consumo del mercado. En un sistema donde al sujeto del inconsciente, basado en la ignorancia, se le otorga la oportunidad de satisfacer el deseo de saber, mediante toda clase de sustancias y objetos, debido a que es una satisfacción efímera sustentada por un deseo constante, el individuo se vuelve consumista, objeto de consumo. ¿Pero por qué todos los individuos? Nuevamente, nos referimos al sistema, que mantiene un yo ideal ignorante, necesitado de un Nombre del Padre, y que es objeto de devoración del mercado.
Se ha creado un consumidor ideal y cualquier producto de mercado puede servir para gozar. Así la conciencia moral capitalista manifiesta la supremacía del goce autoerótico, prescindiendo del Otro, y constituye el ideal del yo del capitalismo, un consumidor ideal que obtiene su goce con cualquier producto.
