Esta es una pequeña historia sobre cómo el dios Odín adquirió toda su sabiduría y cómo, en consecuencia, perdió un ojo.
Odín es el dios de todos los dioses. En la mitología nórdica. Con el cabello hasta los hombros y su densa barba blanca, Odín se encarga de gestionar el reino de Asgard. Y aunque ahora su sabiduría y conocimiento parecen nunca acabar, la verdad es que no siempre fue así.
Cuando todavía era muy joven, escuchó hablar de una fuente mágica que manaba en el reino de los gigantes, cuya agua prometía otorgar infinita sabiduría a todo aquel que la bebiera. Así pues, aunque el dios Odín tenía innumerables enemigos en el Jotunheim, un día se quitó su casco y su armadura, y se disfrazó de caminante para emprender el viaje en búsqueda del conocimiento. Cruzó Bifrost, el famoso puente del arcoíris que unía Asgard con Midgard, y se aventuró más allá de las tierras pobladas por los humanos, directo a las montañas de los gigantes de hielo.
Caminó por mucho, mucho tiempo. Hasta que llegó a un claro donde se encontraba la fuente de la sabiduría. Ahí no hacía frío, solo había una brisa fría que calentaba el aire. El agua se extendía alrededor de la raíz de un árbol donde flotaban criaturas luminosas y algas de todos colores. Odín se quitó la capucha y se aproximó a beber del agua, pero entonces escuchó una voz que decía “¿qué crees que estás haciendo?”. Se trataba del mismo árbol hablando, Mímir el guardián. Odín le explicó que había llegado hasta ahí con el único propósito de beber del claro; y después de hablar por unos minutos, ambos llegaron a un acuerdo que pudiera beneficiar a los dos.
Mímir pidió un ojo de Odín a cambio de dejarlo beber. Cuando este accedió, el guardián le otorgó un cuerno. Para que bebiera del agua. Tenía mil sabores diferentes; sabía a olas de mar y a arena de desierto, a escarcha y a fuego, a hierba recién cortada, a leña, a fruta madura y a hojas secas de otoño; sabía a azúcar y a sal, a miel, y también a sangre, a calma y tormenta.
Una vez que bebió, el dios se sintió más fuerte que nunca; todo era más claro y más luminoso. Cuando regresó a Asgard, comenzó a ocultar la cavidad del ojo perdido con un mechón de cabello; pero había valido la pena, porque ahora entendía todos los secretos del mundo.
El “dios ciego” lo llamaban, aunque en realidad, veía mejor que nadie.
Abajo te dejo el link a un video por si te interesa escuchar una versión hablada:
