Categoría: Historia

Por: JOSE ANDRES SALDAÑA MARTINEZ / Fecha: mayo 28, 2026

Guadalajara 1950. La ciudad enfrentó un reto: abrir paso a la avenida Juárez. La solución; recorrer un edificio 12 mts, marcando la posibilidad de ubicar respuestas más allá del sacrificio.

La ciudad de Guadalajara, capital de Jalisco, es la definición de un espacio que ha luchado entre mantener vivo su patrimonio y apegarse a la modernidad que su crecimiento exponencial exige.

Su centro histórico es testigo de una historia viva, no solo de la ciudad, sino de México en su conjunto. Edificios como la Catedral de la Asunción, el Teatro Degollado o el Hospicio Cabañas, por mencionar algunos, muestran el orgullo tapatío y la monumentalidad con la que fue concebida la ciudad desde sus orígenes.

Precisamente, el pasado 14 de febrero Guadalajara cumplió 484 años de historia, por lo que hablar de su devenir como una de las ciudades más grandes e importantes del país resulta esencial en estas fechas para comprender parte de la identidad regional y nacional, así como los retos propios del avance que no solo la capital jalisciense, sino muchas otras ciudades del país, han enfrentado.

Guadalajara, como capital del Reino de la Nueva Galicia en la época virreinal, ya presentaba avances que la posicionaban como un punto estratégico donde confluían los caminos hacia el norte y la costa. No es de sorprender que el desarrollo la marcara a lo largo de los siglos. Sin embargo, uno de los principales saltos hacia la modernidad fue impulsado por el periodo posrevolucionario que implicó la primera parte del siglo XX en México.

Patricia Arias habla del periodo mencionando que en Guadalajara: “El proceso de industrialización basado en la producción de bienes de consumo se inicia en el transcurso de este siglo, sobre todo a partir de la década de 1930. Es iniciado por pequeños capitales locales. (…) La producción de bienes intermedios y bienes de capital no se desarrolla en la ciudad sino a partir de la década de 1960. Este tipo de industria aparece estrechamente vinculado a capitales extralocales y transnacionales”, lo cual se relaciona estrechamente con el boom demográfico de la ciudad.

Lo anterior no solo dio a Guadalajara un impulso social y económico, sino que le exigió transitar hacia estructuras más complejas para atender las necesidades propias de una ciudad pujante en crecimiento.

Ruiz Razura, Thomas Gutiérrez y Alcántar Gutiérrez, en su libro Guadalajara y su devastación arquitectónica (1945-1952), establecen un periodo de modificaciones urbanísticas que coincidió con el crecimiento demográfico y el boom industrial de la ciudad, ofreciendo una perspectiva general del cambio paisajístico que sufrió la urbe. Mencionan la pérdida de importantes edificios históricos como el Palacio de Cañedo, y fundamentan este proceso en el impulso comercial e industrial (el primero incluso desde el porfiriato) que dio a Guadalajara el empuje de crecimiento deseado por otras regiones del país.

En ese contexto nos situamos en 1947. México transitaba hacia un periodo de estabilidad institucional, social y económica largamente anhelado desde la Revolución. El llamado Milagro Mexicano comenzaba a consolidarse como resultado de políticas de desarrollo que, en la década de 1940, lograban un crecimiento del Producto Interno Bruto del 7.4 %, cifra no vista desde el inicio del conflicto revolucionario.

Ese año, el presidente Miguel Alemán fusionó la Compañía Telefónica Mexicana y la empresa Ericsson, consolidando así el gigante de las telecomunicaciones en México durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX.

Tras esa unión, los edificios que habían pertenecido a ambas compañías pasaron a formar parte de una sola empresa. Entre ellos, el edificio hoy conocido como Teléfonos de México, ubicado en la intersección de las avenidas Juárez y Donato Guerra, en el centro de Guadalajara, se mantenía en el imaginario colectivo tapatío como un hito de importancia. Desde finales de la década de 1920 había logrado evitar una demolición prácticamente inminente como parte del proyecto de ensanche de la avenida Juárez, que incluyó la demolición de otros edificios, como la Penitenciaría del Estado y diversos domicilios particulares.

No es de extrañar que la sociedad tapatía, profundamente arraigada a un espíritu tradicionalista, se enfrentara a la disyuntiva entre sacrificar patrimonio histórico y avanzar hacia una urbe más contemporánea, especialmente ante la pérdida de edificaciones como el Colegio de Santo Tomás de Aquino (desaparecido en 1937) o el ya mencionado Palacio Cañedo, derruido en la década de 1940.

Sin embargo, el edificio de Teléfonos presentaba dos condiciones particulares y contradictorias: por un lado, su derrumbe era necesario para ampliar una avenida que, incluso hoy, resulta clave para la fluidez del tránsito local; por otro, existía una imposibilidad práctica de trasladar su operatividad debido a la complejidad técnica y el costo del proceso. ¿Cómo resolver una situación de ese tipo? La única solución fue la propuesta por el entonces rector de la Universidad de Guadalajara, Jorge Matute Remus.

Matute Remus, nacido en 1912 en Guadalajara, no era ajeno a las problemáticas de su ciudad natal. Propuso, mediante un complejo proyecto de ingeniería, desplazar el edificio 12 metros y girarlo para alinearlo con el nuevo eje de la avenida Juárez, en una de las obras de ingeniería civil más notables de su época.

El 24 de octubre de 1950 inició un proceso que duraría cuatro días, con la complejidad añadida de que la operación de las telecomunicaciones no podía detenerse. El edificio fue desplazado con el personal trabajando en su interior. Matute Remus invitó a su esposa e hijo a permanecer dentro del inmueble, con el fin de transmitir confianza y demostrar la certeza de sus cálculos.

La decisión de evitar la demolición no respondió estrictamente a la salvaguarda de un patrimonio histórico (el edificio no tenía siquiera cien años de existencia), sino a una evaluación económica que comparó los costos de demolición con alternativas más viables. No obstante, el hecho quedó arraigado en la memoria colectiva como un acto de defensa de la noción de “la ciudad de todos”.

Posteriormente, Guadalajara continuó creciendo y consolidando su proyecto de modernidad. Hoy, su silueta mezcla historia viva e historia por escribirse y, a pesar del patrimonio perdido, la conciencia histórica ha permitido conservar otros edificios que son testigos del devenir jalisciense, parte imprescindible de la identidad nacional.

Pepe Guízar dice en su canción “Guadalajara, Guadalajara”, acertadamente, que la ciudad tiene el “alma de provinciana”: un alma que se niega a perder lo que por siglos ha construido, orgullosa de su historia e identidad, pero con los bríos suficientes para escribir su futuro con impulso y determinación. Desde la perspectiva histórica, ese es un ejemplo a seguir.

A Guadalajara, Jalisco, en su 484 aniversario de fundación.

Arias, Patricia. 1980. El proceso de industrialización en Guadalajara, Jalisco: Siglo XX. México: CISINAH, El Colegio de Michoacán. Pp 9-47

Ruiz Razura, Thomas Gutiérrez y Alcantar Gutierrez. 2014. Guadalajara y su devastación arquitectónica (1945-1952). México: Universidad de Guadalajara.