Continuamos la entrevista con la misma calma. Nacho sigue hilando ideas con humor y precisión: habla de coautoría como juego serio, de mudanzas como aprendizaje humano, y de la ciencia ficción como un espejo que, de pronto, ya no refleja un futuro lejano sino el presente que nos alcanza.
“Publicar en coautoría”
Jazmín: En 2022, Alejandro y tú decidieron postularse para publicar Las vidas alquímicas de Emilio Quijano y resultaron seleccionados en la categoría Soltar las amarras del Programa Editorial Chihuahua. ¿Cómo fue que se animaron a participar y qué significó para ustedes haber ganado?

Nacho: Fue muy padre. Acabábamos de terminar la novela y la hicimos casi casi como un juego. Recuerdo que vi la convocatoria y dije: “¿Qué onda, gordo? ¿Metemos la novela a la convocatoria?”. Y me dijo: “Si quieres…”. “Órale, pues”.
Me hablaron y recuerdo que yo pensé que era el banco, así que no contesté. Por eso le hablaron a Alejandro y él me avisó que quedamos en la selección de personas ganadoras.
Es bonito ver tu libro impreso en tus manos —y en las de un lector, que está más padre todavía—. También es bonito ver cómo reciben tu obra. Un chavo, por ejemplo, hizo todo un análisis técnico de la psicología de la novela: exploró la cuestión de la ausencia del padre y la búsqueda de identidad a través de esa ausencia.
Hubo gente en otros estados de la República que la reseñó. Eso es padre, sobre todo porque fue una publicación modesta: no fueron tantos ejemplares y no hay tantos canales de distribución. Aun así, puedo decir que fue un programa sumamente noble, y con el cual siempre estaré agradecido. Es muy bonita esa sensación de darte cuenta de que alguien está leyendo tu libro en otro estado o municipio.
Jazmín: Creo que el PECH tiene un muy buen catálogo gracias a esta disciplina de no permitirse detener. ¿Has podido leer algún otro libro publicado por este programa?
Nacho: Sí, algunos. Por ejemplo, el de Alejandro Manzano de ciencia ficción, Archivo trastorno, me gustó bastante. Fue un muy buen trabajo, muy a lo Black Mirror: ciencia ficción oscura.
Jazmín: ¿Qué tan retador fue trabajar en coautoría para este proyecto?
Nacho: Venía yo de hacer guiones con Raúl. La naturaleza del guionismo es trabajo en conjunto aunque tú seas el único guionista, porque lo construyes para que lo interprete otra persona: el ilustrador (en el caso del cómic), un cineasta o un director de escena (en el caso del teatro). El guion normalmente se hace entre varias personas.
En ese sentido, no me generaba conflicto trabajar en conjunto una narración y todo fluyó bastante bien con Alejandro.
Jazmín: Ahora que mencionas el teatro, ¿llegaste a desarrollar algún otro texto dramático más allá de lo que podemos encontrar en Las vidas alquímicas?
Nacho: Debo confesar que las obras teatrales que encontramos en Las vidas alquímicas fueron guiones con los que jugué en su momento cuando era estudiante de Letras. Los olvidé un tiempo porque no me gustaban tanto, pero luego me fueron muy útiles para la novela. Todas esas obras, en su momento, existieron gracias a un taller de dramaturgia que había en la escuela.
Le regalé esos textos a mi personaje y, evidentemente, a él le fue mucho mejor con esas obras que a mí.
El lenguaje lo es todo: son costumbres, es la manera de ver la vida… son como microuniversos con sus propias reglas.—Nacho
“Mudanzas y otredad: escribir desde otros territorios”
Jazmín: Sé que viviste en lugares distintos de la República. La presencia de diferentes localidades —o el verse inmerso en contextos culturales distintos— está muy reflejada en tu novela. ¿Consideras que haber salido de tu entorno para experimentar otras culturas te ha fortalecido como escritor?
Nacho: Completamente. De hecho, considero que fortalece el desarrollo humano en su totalidad. Uno, al salirse de su esfera o lugar de cuna, se enfrenta a la otredad de otra manera.
Si viene una persona de fuera a nuestro entorno, es un enfrentamiento con la otredad, pero lo vives distinto a cuando tú eres el extranjero. Ahí sí no hay manera de no darte cuenta de las diferencias entre el entorno del que vienes y el entorno al que llegas.
Son pequeñas cosas que te hacen darte cuenta de tu pequeñez ante la vastedad del mundo. Y eso que estamos hablando de lugares dentro de México, sin salir a otras partes del mundo.
Hay quienes dicen que “solo es el lenguaje”, pero el lenguaje lo es todo: son costumbres, es la manera de ver la vida… son como microuniversos con sus propias reglas. Eso es muy valioso.
Jazmín: Viviste en Nuevo León. ¿También viviste en la Ciudad de México?
Nacho: Sí, viví en la Ciudad de México, pero muy poco; aun así, hice grandes amigos que conservo.

Ahí nació la intención de hacer Las vidas alquímicas de Emilio Quijano. El título lo tenía bien pensado: estaba en la línea azul del metro (Cuatro Caminos a Tasqueña) y subió un faquir, en medio de vendedores ambulantes, artistas… y esos faquires se veían de barrio pesado. Se sentía su vibra.
Se subió un fulano sin camisa, con la espalda llena de cicatrices; traía una camisa que fungía como saco, con vidrios y clavos, y llevaba unos niños ayudándole. Hizo su show con el metro en movimiento: con las manos como dentro de un sarcófago egipcio y movimientos como si se estuviera convulsionando arriba de los vidrios.
Me morí de curiosidad, porque es una cosa de Medio Oriente… pero en el metro de la Ciudad de México, con tatuajes que no tenían nada que ver con la India, como el América y cosas así. Me pregunté: ¿cómo se mezclan estas culturas para crear algo nuevo? Pensé: “¿Sabes qué? Quiero entrevistarlo”. Pero me dijeron que ni lo pensara, porque podía ser peligroso.
Se me quedó muy grabada la escena y se me ocurrió tanto el inicio como el final de la novela. Lo de en medio lo fui construyendo, pero tenía claro que quería que se tratara de una persona que se volvía faquir y que atravesara por todo aquello.
El metro de la CDMX fue el origen de esa novela. Siempre me llamó mucho la atención: hay un sinfín de modismos, lugares, narrativas, convencionalismos… todo un sesgo cultural distinto al de Chihuahua.
También en Nuevo León fui nutriendo buena parte de lo que ocurre en Veracruz dentro de la novela. Veracruz lo conocí como turista, pero fue más bien en Monterrey donde conocí muchas de esas cosas, porque en Nuevo León hay mucha gente de Veracruz. En la oficina tenía compañeros veracruzanos que decían cosas como: “Tal me hizo brujería”, cosa que era nueva para mí.
Un tatuador que se volvió gran amigo me contaba un montón de historias por las que yo volvía espantado a mi casa: chaneques que se robaban a los niños, historias de embrujos a las que no estaba acostumbrado.
Es muy valioso todo eso. Al principio, irme a vivir a otro lugar me dio mucha emoción, aunque siempre hay un miedo a lo desconocido. Pero siempre fue más la emoción.
De lo que viví en Nuevo León tengo ya un texto que espero poder publicar más adelante.
Pero yo pensaba: “¿Y por qué no jugar con robots en México? ¿Por qué no atrevernos a soñar con esos universos?”.— Nacho
“Ciencia ficción mexicana: cuando el futuro alcanza”
Jazmín: En ese sentido va mi siguiente pregunta, porque considero que eres un escritor muy activo: siempre estás trabajando en nuevos textos y proyectos. Tienes varios manuscritos esperando ser publicados —como el que me comentas— y otros tres o cuatro. ¿Nos podrías platicar de ellos?
Nacho: Están muy enfocados en la ciencia ficción. Me interesaba abordarla desde la realidad mexicana, que es la que conozco a profundidad.
La cuna del género está en el extranjero, está bien: Mary Shelley, o incluso más atrás, autores árabes… pero no tanto en Latinoamérica. Grandes obras como las de Huxley (Un mundo feliz), Orwell (1984) o Asimov (padre de la literatura robótica) nos llegan desde afuera.

Uno pensaría que no están tan vinculadas a la realidad latinoamericana o mexicana, pero ahorita en el celular todos tenemos algo de robótica integrada, por ejemplo.
Con toda la proporción guardada, recuerdo lo que me emocionó En busca de Klingsor, de Volpi: un autor mexicano que escribe de nazis y espías.
Y aunque es muy valiosa Las vidas alquímicas, de pronto he sentido que la realidad mexicana en la literatura se ha planteado mucho desde el realismo (con su respectiva carga simbólica) o, por el contrario, desde el realismo mágico —que es maravilloso; me gustaba pensar que jugamos con eso en Las vidas alquímicas—.
Pero yo pensaba: “¿Y por qué no jugar con robots en México? ¿Por qué no atrevernos a soñar con esos universos?”. No esperaba que la realidad nos alcanzara antes de publicar esas novelas. No me imaginaba que iba a ver un androide disfrazado del Chavo del 8 caminando en las calles… además de todo el tema de la inteligencia artificial.
La primera de las obras gira en torno a un robot filósofo que está perdido en México y va vagando; sin darse cuenta —o sin desearlo— está incentivando una religión alrededor de él. Es un robot diseñado para ser un polígrafo: máquina de la verdad y la mentira…
Jazmín: Hablando de esta conexión entre tu lado jurídico y el literario…
Hay textos que nos están alcanzando.— Nacho
Nacho: Sí. Eso se me ocurrió una vez que me tuvieron que aplicar la prueba del polígrafo. Me dejaron mucho tiempo solo con la máquina y me puse a pensar que tal vez, en un futuro, ya la persona que interpreta, pregunta y manipula la máquina va a ser sustituida por un androide.
¿Qué pasa cuando un androide empieza a cuestionar la naturaleza de la verdad y el mundo en el que vivimos? Son temas muy urgentes porque esa ciencia ficción ya no parece tan ficcionada.
Recuerdo la adaptación de Asimov, El hombre bicentenario, con Robin Williams. Esa película me resuena un poco, aunque no soy tan fan de ella, ni de ese texto de Asimov —aunque sí lo soy de otros—. Hay uno de un perro que es maravilloso: gira en torno a un niño con un perro robótico (no recuerdo bien el nombre). Hay otro de una inteligencia artificial que ayuda a un cuate a conquistar a una muchacha y, al final, la IA se la queda. Hay textos que nos están alcanzando.
En El hombre bicentenario se trata de un robot que se siente humano y empieza una lucha social y jurídica para que se le reconozca calidad humana. Todos decíamos en ese entonces (la película es de 1999): “qué malos que no lo reconocen como ser humano”. Pero ahora, en pleno 2026, como que ya dices: “está ocurriendo y no es tan sencillo”. Ya lo sientes posible y piensas: “¿Qué tal si yo sí sería parte de la muchedumbre que condenaba al hombre bicentenario?”. Porque esa realidad ya no se ve tan descabellada… y eso provoca miedo, al ser completamente nuevo.
Muchas veces pensamos que los grandes personajes históricos son los que transforman los entornos, pero en realidad el mundo se construye con microhistorias.— Nacho
Jazmín: Es interesante que, aun así, en la literatura esta posibilidad ya existía.
Nacho: Claro. El ejemplo es Julio Verne, que se adelantó a los viajes espaciales —aunque de manera distinta—. Así como él, varios autores se adelantaron a estos contextos.
En esta obra, Los evangelios poligráficos, empiezo a jugar con el tema de la búsqueda de la verdad desde la perspectiva de una computadora. Pero también: ¿qué va a pasar cuando un algoritmo comience a tener fe? ¿Llegará el momento en que personas y computadoras comiencen a compartir credos? ¿Cómo irán mutando… y cuáles serán las consecuencias sociales?
Yo tenía ganas de jugar con estructuras narrativas. Eso se ve en Las vidas alquímicas: Alejandro y yo jugamos con las estructuras de tal manera que cada vida se narró en un género distinto. La primera fue estructura periodística con un matiz romántico, literariamente hablando; con pasiones y el simbolismo de la espiritualidad hindú en una cultura mexicana, y cómo eso iba transformando su entorno.
Muchas veces pensamos que los grandes personajes históricos son los que transforman los entornos, pero en realidad el mundo se construye con microhistorias: cómo cada quien cambia la vida de los demás, a veces de manera imperceptible, pero no por ello menos importante.
Así, en Las vidas alquímicas cada vida tiene una estructura diferente: pasa por la dramaturgia, la crónica… y, claro, muchas ideas se quedaron fuera del texto. En Los evangelios poligráficos yo quería jugar con la estructura bíblica.
Sin entrar en polémicas políticas o religiosas: lo interesante de la Biblia es que son muchos textos distintos. Vista desde un enfoque técnico-literario, puede analizarse como lo que alguien dijo en algún momento (no son palabras mías): “La Biblia tal vez tiene diferentes géneros literarios”. Y es lógico, porque se compone de muchas voces y muchos textos.
Hay epopeya: el Éxodo te lleva a una épica. El Cantar de los cantares es una lírica erótica. Ciertas partes del Nuevo Testamento juegan con la geografía. Sin ser irrespetuosos, pero creo que el Apocalipsis tiene algo de ciencia ficción, en el sentido de que refleja un futuro en ciernes. Eso me interesaba: jugar con la estructura bíblica.
A mí los evangelios apócrifos me parecieron muy interesantes. Di con ellos gracias a una colección de la biblioteca personal de Borges, prologados por él, muy lindos en pasta dura. Ahí encontré relatos no reconocidos por la Iglesia, pero con cierto valor literario: con un niño Jesús travieso, a veces mago.

También hay un libro de literatura medieval española: Los milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo. Es el libro con la mejor métrica en español que tal vez va a haber nunca. Son temas religiosos, claro, y hay un relato —“La casulla de san Ildefonso”— de un ladrón que se quiere robar una casulla de la Virgen y la Virgen lo estrangula. Y decía un amigo: “La Virgencita es chola”.
Ahora decimos que la Virgen es piadosa y, en ese entonces, también… siempre y cuando no te metas con ella. Son estas deconstrucciones del sesgo religioso que solo la literatura te puede dar.
Somos, que es otro proyecto, gira en torno a la novela de aventuras. Pretende ser una carta de amor a ciertos géneros que me gustan mucho y con los que crecí, entre ellos el cómic.
Pretendo hacer una simbiosis del cómic con la novela de aventuras. Me valgo de Los tres mosqueteros, casi como un fanservice: vuelven los tres mosqueteros en forma de cyborgs, en México, en un puerto asediado por el crimen organizado y la explotación de mamíferos muy similares a los delfines.
Hay giros de tuerca, enemigos del pasado que vuelven. Coqueteo con la novela de caballeros española, la novela picaresca, el terror cósmico de Lovecraft, la novela de aventuras… y el cómic. Un cruce onomatopéyico, pero desde la literatura.
Para mí el gran reto es que siento el reloj encima, porque siento que el futuro ya no está tan lejano: nos está alcanzando a prisa.— Nacho
“Arquitectos y jardineros: cómo nace una historia”
Jazmín: Con todo esto que nos compartes, me da mucha curiosidad saber cómo son tus procesos creativos. Generalmente, ¿cómo ocurre que llega una historia a tu mente y qué pasa cuando se lleva a cabo?
Nacho: Creo que le adjudican a George R. R. Martin esta clasificación de escritores en arquitectos y jardineros. El arquitecto es el que, antes de empezar la primera página, ya sabe qué va a pasar con los personajes. El jardinero opera distinto: va fluyendo conforme ve qué tal queda.
Obviamente hay géneros que se apegan forzosamente a un tipo u otro, como el policiaco: imagino que se apega al escritor arquitecto, porque debes ir dejando pistas. Pero en textos más emotivos o menos esquemáticos, tal vez sí puedes ser jardinero.
Yo soy más del primer tipo: si no tengo claro el final, por lo menos sé el parámetro general de lo que va a pasar. Se me ocurre una idea y generalmente solita se va desarrollando, pero ya cuando tengo un final que me parezca satisfactorio, ahí creo la escaleta y procedo para llevarla a cabo.
Jazmín: ¿Y qué ha sido lo más retador al momento de escribir tus historias?
Nacho: Mi ciencia ficción es blanda; no es dura (esa que exige un esquema científico profundo). Yo no me meto en temas científicos porque ni siquiera los domino. Hay autores de ciencia ficción, como Ted Chiang, que admiro mucho y hacen cosas fenomenales.
Para mí el gran reto es que siento el reloj encima, porque siento que el futuro ya no está tan lejano: nos está alcanzando a prisa. Guardada la proporción, Julio Verne imaginó sus inventos a siglos de distancia, tal vez a décadas. En mi caso, el mundo avanza más rápido.
Jazmín: ¿Seguirás en la ciencia ficción luego de estas obras?
Nacho: Solo uno más y luego experimentaré con otros géneros. Hay un texto que tiene que ver con viajes en el tiempo; aún no está escrito el manuscrito. Y luego, a otros géneros.
Lee y escribe.— Nacho
“Leer y escribir: oficio y disciplina”
Jazmín: Antes de terminar, me gustaría hacerte un par de preguntas más. La primera: ¿cómo ves el panorama de la literatura contemporánea en Chihuahua?
Nacho: Hay muy buenos autores y autoras que podría recomendar. Crecí con ciertos autores chihuahuenses que conocemos, como Cartucho, de Nellie Campobello, que se ha revisitado recientemente y revalorado como una literatura experimental antes de que esta fuera “acariciada” en la academia. De los contemporáneos: Alejandro Manzano, que hace ciencia ficción en Chihuahua. Hay autores que hacen novela policiaca, como un buen amigo: Héctor Arreola.
Hay poetas y cuentistas muy valiosos. Yo creo que sí hay mucha tela de dónde cortar en Chihuahua, además de otros medios, como el cómic en el caso de Raúl Manríquez.
Me estoy quedando en la capital, pero todo el estado tiene muchas cosas que ofrecer. Ciudad Juárez tiene una cantidad impresionante de buenos escritores, al igual que otras localidades del estado.
Jazmín: Finalmente: ¿qué consejo le darías a alguien que quiere empezar a escribir, pero no sabe por dónde empezar?
Nacho: Voy a platicar una anécdota. En una convención de cómics en Monterrey tuve la oportunidad de entrar a un salón con Stan Lee.
Él, bien que mal, fue una celebridad muy reconocible. Y aunque algunos entren en debate sobre si ciertos títulos no eran tanto de él, sino de otros autores como Jack Kirby, hay personajes indiscutiblemente suyos e historias cimentadas en la cultura pop. Por eso creo que tiene autoridad para que valgan las palabras que voy a replicar.
A cada persona que estuvimos ahí (unas 20) se nos dio la oportunidad de hacerle una pregunta. Lo teníamos enfrentito con su intérprete.
Yo le pregunté que, para alguien como yo que quiere contar historias incluso por medio del cómic, ¿qué consejo daría? El señor me vio a los ojos —yo no creía que pudiera estar viendo a Stan Lee a los ojos— y me dijo, básicamente, que me pusiera a escribir. Casi me dijo que no perdiera el tiempo en las convenciones: “Tienes que escribir, escribir y escribir, porque solo así alguien podría encontrarse con tu texto y decir si es bueno. Escribe, escribe y escribe; y no te desanimes, porque probablemente tu primera obra no va a ser muy buena”.
Todos creemos que el primer manuscrito va a ser el bueno. Algunos le dedican mucho tiempo a su primera novela. Yo complementaría esas palabras con: “lee y escribe”.
Jazmín: Muchas gracias, Nacho, por tus palabras y por habernos regalado tu tarde. Fue magnífico ir conociendo más aspectos de tu labor como escritor y de tu persona.
Nacho: Yo encantado.
La entrevista cierra con una idea que se repite —y se vuelve brújula—: escribir, escribir y escribir. Nacho vuelve a ese punto, no como consigna vacía, sino como oficio que se aprende haciéndolo. En esta segunda parte, su conversación cruza territorios: del metro de la Ciudad de México a los evangelios apócrifos; de Asimov a Borges; de la anécdota a la estructura. Y, entre risas, queda clara una certeza: la literatura también es disciplina.
