Categoría: Cultural

Por: JAZMIN ESTRADA VILLAGRAN / Fecha: febrero 18, 2026

Una charla íntima sobre vocación, crítica y narrativa: Ignacio Ramírez Rico reflexiona sobre el oficio de escribir, la lectura como origen y la confianza necesaria para soltar un texto al mundo.

Tarde tranquila, de esas que invitan a hablar sin prisa. La entrevista fue virtual: una pantalla de por medio, pero con la cercanía que se construye cuando hay disposición a escuchar. Desde el inicio, Nacho respondió con amabilidad y una claridad cálida; y, entre preguntas, la conversación fue tomando ese ritmo agradable de las charlas que se alargan porque a ambos lados hay curiosidad genuina.

Jazmín: Gracias, Nacho, por tu tiempo y por tu confianza. Si gustas, comenzamos.

Nacho: Claro.

“La crítica honesta: el texto se emancipa”

Jazmín: Tu nombre completo es José Ignacio Ramírez Rico, eres oriundo de Chihuahua. Naciste en el 86.

Nacho: Sí, es correcto.

Jazmín: ¿De… Chihuahua, Chihuahua?

Nacho: De Chihuahua, Chihuahua. Nací en la Clínica del Centro.

Requieres esa voz capaz de decirte: “Esto no va a funcionar; muévele aquí o allá”. — Ignacio Ramírez Rico

Jazmín: ¡Qué bien! Eres escritor y, con tu formación en derecho, humanidades y literatura, has nutrido una escritura crítica y reflexiva, interesada en dilemas éticos y filosóficos, y también en los juegos narrativos o lingüísticos. Te desarrollaste profesionalmente en el ámbito jurídico, donde has ocupado cargos relevantes en la Fiscalía General del Estado de Chihuahua y en otros organismos de prevención social y ejecución penal. Has cultivado, en paralelo, una carrera literaria emergente y comprometida, con propuestas que dialogan con la literatura, la filosofía y el pensamiento contemporáneo.

Portada de “Las Vidas Alquímicas de Emilio Quijano”. Programa Editorial Chihuahua (2022).

Eres autor de la novela Las vidas alquímicas de Emilio Quijano, publicada por el Instituto de Cultura del Municipio de Chihuahua, a través del Programa Editorial del Municipio de Chihuahua, en 2022. Una obra que te posicionó, a ti y al coautor Alejandro Meléndez, como una voz narrativa con propuestas originales, de corte introspectivo y con simbolismo filosófico (considero que todavía hay más contenido de carácter filosófico en las próximas publicaciones que estás planeando realizar). También incursionaste en el mundo del cómic como guionista de Ganoko, una historieta ilustrada en colaboración con el artista Raúl Manríquez Gardea, centrada en la cosmovisión rarámuri.

Desde tus inicios has publicado ensayos críticos en revistas como Metamorfosis, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua: textos que abordan temas como el consumo de pornografía en la era digital o la representación de la violencia y la policía en la novela negra mexicana. Posees estudios de maestría en Humanidades por la Universidad Autónoma de Chihuahua, donde desarrollaste la tesis El problema del asistencialismo en México, en la que articulas una mirada filosófica sobre las políticas públicas. Esta inquietud intelectual —que cruza lo social, lo jurídico y lo ético— se proyecta también en tu literatura, que puede leerse como una extensión crítica de tu pensamiento, con un estilo multidisciplinario.

Creo que tu obra da cuenta de un autor que, sin renunciar a la profundidad temática, busca nuevos lenguajes para interrogar las realidades de la ficción. Además, tu proyecto literario en desarrollo confirma una vocación creativa sostenida y rigurosa, con una proyección cultural relevante. También hay que mencionar que en 2022 fuiste ganador en la categoría Soltar las amarras del Programa Editorial Chihuahua. ¿Crees que hizo falta algo por mencionar?

Nacho: Nada más por mencionar. Es cierto: anteriormente había colaborado con otros autores, como mis amigos Alejandro Meléndez y Raúl Manríquez, pero realmente hasta esta etapa de mi carrera empiezo a publicar textos que son “en solitario” —esto entre comillas—, porque tanto Raúl como Alejandro me han acompañado siempre en calidad de lectores y de críticos, y yo a ellos. Siempre tenemos esta dinámica de compartirnos ideas y textos.

Jazmín: Es valioso contar con estos vínculos que puedan enriquecer tu trabajo; sobre todo, que estés abierto a confrontar tu trabajo con la opinión.

Nacho: Eso puede ser difícil, porque pones todas tus esperanzas en tu trabajo. Algo que yo siempre recomiendo a quien quiera ser escritor es que tenga a una persona que reúna dos características que, a veces, son difíciles de conseguir: mucha confianza en lo personal y mucha confianza a nivel técnico-intelectual.

Lo comento porque yo tengo personas a las que no solo les tengo confianza, sino un amor genuino; pero por ese amor recíproco, al entregarles un texto sé que lo único que me dirán es: “Está magnífico, maravilloso”, así como una mamá que ve a su hijo tocar la flauta en el festival de la escuela, aunque toque horrible.

Requieres esa voz capaz de decirte: “Esto no va a funcionar; muévele aquí o allá”. Es mejor que te lo diga alguien en corto, dentro del cuarto, a que ocurra ya que tu libro esté afuera.

Decía un maestro que tuve en la escuela: “Una vez que pones un punto final a tu obra y que se imprime —así sea con una editorial o a través de algún otro medio—, en cuanto lo sueltas, ese texto se emancipó de ti. Ahí ya no lo puedes defender intentando explicarle a las personas qué es lo que quisiste decir: el texto ya habla por ti”.

Esa persona de confianza —que va a tener el sesgo de ser tu compañero en lo personal y en lo crítico— funge como este doctor que analiza al niño antes de que nazca: haciendo análisis, sugiriendo precauciones. En esta analogía, una vez que el texto “nace” y está “vivo” por sí mismo, ya no hay que moverle.

Hay que tener confianza, también, en lo personal: para no temer que se lo fusilen y con la certeza de que la crítica viene de un lugar seguro.

Jazmín: Tienes que conocer bien a la persona a quien le compartirás tu obra.

Nacho: Sí. Otra cosa que puede ocurrir es que te diga: “Te estás proyectando mucho. Funciona, pero sé consciente de que eso te está pasando”.

También tuve la fortuna de disponer en casa de una biblioteca considerable: muchos libros de mi abuela; unos 150 títulos de la colección “Sepan cuántos…” de Porrúa.—Nacho

“Familia, escuela y vocación”

Jazmín: Platícanos un poco de ti y de tu familia. ¿Cómo es tu situación familiar ahora y cómo te describirías a ti mismo?

Nacho: Afortunadamente, ambos padres me acompañan en esta vida. Soy el hermano mayor de mi familia; a lo largo de la vida he adquirido otros hermanos que me ha puesto la vida misma. He sido muy afortunado porque, tanto dentro como fuera de la familia, he tenido la fortuna de encontrar gente muy valiosa.

En cuanto a mí, realmente me apasiona contar historias. Desde niño me encantaba y es algo que quiero hacer hasta el último día de mi vida.

Jazmín: Cuando tus papás supieron que tenías la intención de ser escritor, ¿fue una revelación o lo intuyeron con el paso del tiempo?

Nacho: Desde niño me diagnosticaron con las inquietudes literarias, desde las clases de Español en la primaria. Siempre mostré interés por este tipo de cuestiones.

Recuerdo que ya en la secundaria y en la preparatoria, cuando uno entra más en la vagancia, prácticamente reprobaba en todas o casi todas las materias, pero en Español siempre un 10, con comentarios de la maestra: “siendo el mejor de su clase”. Tenía un cuaderno forrado con la portada de Black Sabbath, Heaven and Hell, cuyas notas las prestaba porque ahí todos nos copiábamos.

Disfrutaba la materia. Nos ponían a leer tres libros al semestre y yo ya tenía cierto hábito que había conseguido en la niñez.

En la niñez, recuerdo que una de mis primeras lecturas fue una enciclopedia ilustrada con un tomo dedicado a mitología griega. Para mí era fascinante ver a Hércules contra la Hidra. Imagínate: monstruos, héroes e historias con giros impactantes para un niño de 7 u 8 años, pero con ese toque de epicidad que me volaba la cabeza: criaturas fantásticas que iban desfilando.

Portada de “La Divina Comedia” y “La Vida Nueva”. Colección Sepan Cuantos…, Editorial Porrúa México.

En aquel entonces el cine todavía no explotaba tanto con los efectos especiales, y creo que ahorita ni siquiera hay una representación pictórica tan buena. Por ejemplo, en la batalla de la Antigonía, cuando te hablan de los seres con cincuenta cabezas y cien brazos —no me acuerdo el nombre—, para un niño era muy fascinante.

Luego empecé a explorar otros géneros, poco a poco. También tuve la fortuna de disponer en casa de una biblioteca considerable: muchos libros de mi abuela; unos 150 títulos de la colección “Sepan cuántos…” de Porrúa. Algunos todavía los conservo. Aquí tengo varios que, si abro, el papel grita: “tírame, por favor”, con notas de mi abuela.

Mi abuela era una gran lectora. La primera vez que leí La divina comedia, veía sus notas que decían cosas como “el bosque de los suicidas” o “Malebolge”, a lo largo del Infierno, que era lo que me llamaba la atención de joven.

Ya de adulto encuentras otras lecturas: por ejemplo, el purgatorio que hizo Luzbel cuando cayó del cielo, como una caricatura formando la montaña que es el purgatorio. A los que gustamos de la escalada o del senderismo, imaginar el purgatorio como una montaña es maravilloso.

Luego, cuando llegas al paraíso y, si conoces el pensamiento de Tomás de Aquino, ves que es como escolástica cartografiada; ahí agarras una lectura distinta.

Cuando llegué a esa obra de niño fue porque alguien me contó que había una mujer con cuerpo de araña y, como yo venía de las lecturas de la mitología griega, me despertó mucha curiosidad. De niño me maravillaba la posibilidad de que cosas así existieran.

Para un niño que creció en un hogar católico, me fascinaba la idea de conocer qué era el infierno: seguro era así, y con mujeres con cuerpos de araña.

Jazmín: ¿Qué otros libros en tu infancia y adolescencia te marcaron como lector y luego como escritor?

Nacho: Hubo varios. Había ejemplares de obras de Julio Verne que tenían entre páginas viñetas como si fuera una historieta; tuve acceso a varios de ellos. Ya de adulto, al revisitarlos, me di cuenta de que estaban un tanto digeridos.

También otros de Arthur Conan Doyle, como El sabueso de Baskerville: las historias que formaban las aventuras de Sherlock Holmes. O Las minas del rey Salomón, de Haggard, que hasta la fecha lo sigo diciendo: Las minas del rey Salomón tienen una de las villanas más increíbles de la literatura.

Fue ese tipo de lecturas, y otras obras a las que le quise entrar, pero que las fui descubriendo después.

“Curiosidad literaria”

Jazmín: Qué interesante. Y por lo que me comentas, me gustaría preguntarte: ¿te consideras una persona curiosa? ¿El morbo fue una excepción de aquella etapa?

Nacho: Realmente yo siento que el ser humano es, hasta cierto punto, morboso por naturaleza. La literatura es, de cierta manera, aquello que extrae lo bello en lo morboso.

Lo explico: a final de cuentas, yo no conocí a Emma Bovary; ella no existe. ¿Por qué me interesaría cuál fue la vida y las desgracias amorosas de una mujer que no vive ni en mi continente ni en mi época?

Pero visitamos las historias y nos importa lo que pase con ciertos personajes a partir de algo que es como una necesidad. Vemos el morbo como algo malo y sí, a veces puede ser deleznable, pero con personajes de ficción no pasa nada. Nos interesamos por los personajes: la literatura surge de esa necesidad de las personas por saber de las vidas de otros, ficcionadas.

La literatura es, de cierta manera, aquello que extrae lo bello en lo morboso. —Nacho

Jazmín: Regresando a este aspecto personal, ¿tú eres el primer escritor de tu familia?

Nacho: Tengo un tío que ha fungido como mentor, aunque él es más un filósofo que un narrador. Él fue mi maestro en la escuela; es quien prologó la novela Las vidas alquímicas de Emilio Quijano: Arturo Rico Bovio. Él me abrió mucha inquietud para conocer temas más filosóficos que literarios: pensamiento latinoamericano, estética, hermenéutica o filosofía de la liberación.

Jazmín: Debo reconocer que a mí me sorprendió saber que estudiaste literatura y derecho al mismo tiempo.

Ignacio Ramírez Rico y Alejandro Meléndez. Fuente: pech.icm.gob.mx

Nacho: Lo intenté, pero Literatura no la pude terminar: hice tres semestres y medio. Entré a Letras en mi quinto semestre de la escuela, pero en octavo me quebraron el horario para que pudiera comenzar a trabajar. Empecé en la Procuraduría de Justicia de Chihuahua y tuve que dejar Literatura en esos años. Luego cambiaron la currícula y era muy problemático regresar.

Después opté por la maestría en Humanidades. Tenía tres vertientes: literatura hispanoamericana, lingüística y Filosofía de la Cultura. Esos tres enramajes formaron el tronco de la maestría. Mi experiencia fue buena y me divertí mucho en la maestría.

Jazmín: Fuiste afortunado. ¿Ahí conociste a Alejandro Meléndez?

Nacho: No, lo conocí mucho antes. Era una especie de brujo en mi barrio. Es un poco mayor que yo, pero siempre muy adepto a lecturas muy esotéricas; identificado por los vecinitos como el brujo o casi, casi, como el Anticristo. Ya cuando lo conocí me di cuenta de que es como un oso de peluche.

Te dediques a lo que te dediques, hay historias en todos lados, hasta en los lugares más remotos.— Nacho

“Literatura y vivencia”

Jazmín: En otro momento decidiste entrarle a la creación de cómics y novelas gráficas. ¿Los cómics fueron siempre parte de tus intereses?

Nacho: Los cómics se me presentaron a muy temprana edad con Raúl. Desde que era niño me di cuenta de que quería contar historias en novela, cómics, películas o hasta videojuegos. Los canales para contar historias: todos son válidos.

A los cómics llegué porque un amigo me invitó a un taller que daba Raúl; todavía era Quimera Estudio. Ahí nos tocó ver aquellas creaciones de fanzines. Raúl daba clases de dibujo y Óscar Unzueta daba clases de guionismo.

Claro, hicimos unas cosas espantosas, ja, ja. Lo que estaba de moda lo tropicalizábamos, aunque teníamos la regla de no hacer manga: no por prejuicio, sino porque quería que los dibujantes aprendieran a hacer cosas anatómicamente muy correctas. Quería expresiones muy precisas y reales.

Él pedía que tropicalizáramos también las cosas a nuestro entorno. Éramos niños divirtiéndonos y, a la fecha, siguen siendo esas sensaciones, aunque cuidemos más los contenidos. Si no te estás divirtiendo, algo no va bien.

Jazmín: Me llama la atención que dijiste que todos los medios son válidos para contar historias. Me parece interesante tu perfil, ya que combinas la parte jurídica con la literaria y creativa. ¿Consideras que hay algo en tu oficio como abogado que tenga que ver con contar o empaparse de historias de otras personas?

Nacho: Sí. Toda persona que escribe se va nutriendo de sus vivencias. La parte laboral también forma una parte de lo que somos. Todas las vivencias que forman parte de una persona son material para ir componiendo obras de ficción.

Te dediques a lo que te dediques, hay historias en todos lados, hasta en los lugares más remotos. Un chofer de autobús, con solo observar a los pasajeros, podría ir conociendo a las personas que se transportan. ¿Cuántas historias no ocurren en el transporte público, en una tienda, en un hospital, todos los días?

El derecho requiere mucha interacción con narrativas muy complejas. Es una rama a la que se le da mucha carrilla porque se dice que lucra con el conflicto. Más allá de eso, atiende el conflicto, y el conflicto no solo es una historia, sino que tiene múltiples historias.

Hay una obra de Arthur Machen, del siglo XIX, con un narrador no fiable: muchas personas te están dando versiones del mismo acontecimiento, pero tú sabes que no todas te están diciendo la verdad, y no puedes saber cuáles sí y cuáles no. Un recurso literario muy interesante. Obvio, el derecho no es literatura, pero encuentras esas similitudes.

Los temas de justicia y venganza están muy presentes en la literatura con la que yo crecí.

Jazmín: ¿Por qué decidiste estudiar leyes?

Nacho: En casa me dijeron que son muy pocas las personas que viven de escribir; me dijeron que me asegurara de un medio de subsistencia. Además, no me disgusta el tema del “chisme”: las personas le entramos a la literatura también desde una perspectiva, hasta cierto punto, chismosa.

Desde el lector más convencional, que quiere una historia que pase del punto A al B, hasta el que se fija en detalles más técnicos.

No hace mucho ocurrió una iniciativa que decía que pasarían contenidos educativos en la televisión abierta. Empezaron hasta a salir memes con Paty Chapoy tipo: “¿A que no te enteraste del cuerno que le puso Odiseo a Penélope?”, o Pedrito Sola: “La que armó Agamenón…”.

Portada de “Las Siete Tragedias” de Esquilo. Colección “Sepan Cuantos…”, Editorial Porrúa México.

El chisme se pone bueno en la mitología griega: “Helena le puso el cuerno con Paris y todos la van a llevar”. “Ah, no me diga…”. De pronto no somos tan diferentes a los antiguos griegos: hablamos de la naturaleza humana.

Sus tragedias, sobre todo en cuestiones humanísticas, son de interés para el arte, pero también para la psicología, por ejemplo. En el caso de la comedia… en Esquilo está La Orestíada: el juicio de Orestes. O Antígona, que es otra obra relacionada con la ley de Dios y la ley del hombre. Todo el sesgo humanístico está ahí.

Por otro lado, Miguel León-Portilla, el gran rescatista del pensamiento prehispánico: ahí te das cuenta de que en esas historias antiguas hay mucho de la naturaleza humana. Eso no quiere decir que no van a cambiar, ya que estos tiempos son peculiares con la inteligencia artificial, que en mi niñez parecía muy lejana.

Pero, volviendo a la comedia, yo recuerdo la primera vez que pisé un casino, con las clásicas ancianitas que te ponen en los casinos en las caricaturas o series: en el tragamonedas, jalando la palanca. Y dije: “¡Son reales, aquí están!”.

Por ejemplo, con Aristófanes, el prototipo y la caricatura funcionan porque tienen cierto rasgo de realidad. Aunque ahora se dice que está mal porque catalogan a las personas, realmente el prototipo surge de la sociedad y no viceversa. La comedia se permite, además, hacerlo en desenfado.

El cómic tiene sus propios retos, sobre todo de producción. Hacer la sincronía con un dibujante puede ser un reto.— Nacho

Portada del cómic “Ganoko”. Raúl Manríquez (ilustraciones) e Ignacio Ramírez Rico (guion)

“Los cómics como otro lenguaje”

Jazmín: Regreso a los cómics. Estuviste en Quimera Estudio. ¿Qué proyectos surgieron ahí? Porque entiendo que Ganoko fue muchos años después.

Nacho: Sí. A Raúl me lo encontré muchos años después. En su momento, dejamos la escuelita de Quimera y ellos siguieron sus proyectos. Yo no pertenecí a Quimera: solo fui parte del alumnado. Ellos eran más grandes que yo; yo estaba en la preparatoria, mientras que ellos eran adultos.

La experiencia de Ganoko fue interesante. El cómic tiene sus propios retos, sobre todo de producción. Hacer la sincronía con un dibujante puede ser un reto. Por fortuna tengo esa cercanía, en lo personal y en la parte crítica.

Sí volvería a hacer cómics, aunque ahorita estoy más centrado en hacer literatura en prosa. El cómic requiere más complejidad: trabajar con el dibujante, conseguir al entintador (en el caso de que no sea el mismo), más la impresión y la distribución.

Por ahí tenemos un proyecto en el cajón: un cómic de unas doce páginas. Aprendí que es complejo hacer un cómic y, sobre todo, producirlo.

Cuando la conversación se acerca a este punto, la sensación es la de haber abierto una biblioteca personal: lecturas que formaron carácter, anécdotas que explican vocación y un hilo constante —la necesidad de contar historias— atravesándolo todo. Aunque la entrevista ocurre desde la distancia, el tono se mantiene cordial y luminoso, como si estuviéramos en la misma mesa. En la segunda parte, Nacho profundiza en su obra, sus procesos y las preguntas que lo empujan a escribir.