Categoría: Cultural

Por: JAZMIN ESTRADA VILLAGRAN / Fecha: enero 29, 2026

Oliver Lee Arce relata su infancia marcada por el dibujo, los cómics y Ciudad Juárez. Su vocación artística lo llevó a crear historias donde la frontera no es escenario, sino motor narrativo.

Tarde de domingo (parte 2). Volvemos a la llamada con el mismo ánimo. Oliver abre un cuaderno invisible: Tortugas Ninja, Zelda, maestras, amigos, kermeses y dibujos gigantes. El camino a la página impresa empezó sin portafolio, con una llamada al periódico y un miércoles que ya no lo soltó.

“Una infancia con dibujos”

Jazmín: Ahora que platicabas cómo le hacía Freeman para comprarse sus latas de pintura, me viene a la mente el caso de otros artistas en Chihuahua y la manera en que su contexto los llevó a ser creativos para conseguir materiales. En tu caso —con circunstancias distintas—, también tuviste que encontrar tus maneras para dibujar y colorear desde niño. ¿Cómo descubriste esa pasión y qué estrategias seguiste para practicar desde joven?

Oliver: Tuve mucho apoyo de mi familia, de mi padre y de mi madre. Sí teníamos recursos y estuvimos bien en muchas etapas, pero luego llegaron momentos difíciles en los que el dinero dejó de caer y aparecía esa sensación de: “Oh… ¿Qué hacemos? ¿Pagamos el recibo del gas o compro un block de dibujo?”. Eso fue bastante difícil, y hay períodos medio borrosos en los que no recuerdo si dejé de dibujar…

Serie de televisión Teenage Mutant Ninja Turtles (1987)

Me inicié en el dibujo como cualquier chavo de mi edad: con Las Tortugas Ninja. Dibujaba a las tortugas que veía en la caricatura porque, en ese entonces, no sabía que existía el cómic. También me encantaba dibujar a los personajes de Nintendo; el que más hacía era Link, de La Leyenda de Zelda, y llenaba mis cuadernos en la escuela, en pleno salón. Curiosamente, nunca me metí en problemas por eso.

Una vez, la maestra estaba dando la lección y yo estaba entradísimo dibujando. Ella pensaba que estaba tomando notas. Se acerca y me dice: “¡Oliver! ¿Qué estás haciendo?”. Yo me quedé callado mientras ella revisaba mi cuaderno… Pensé que me iba a regañar, que me iba a correr o mandar con el director. Finalmente vio mi dibujo y me dijo: “Qué padre, Oliver, qué talentoso eres… pero pon atención a la clase, por favor. ¿Son los Ghostbusters o qué cosa es?”. Y yo le dije: “Es Link, maestra… de La Leyenda de Zelda”.

Estaba cura porque me volví el artista del salón. Hubo un momento en el que incluso maestros de otros grupos me buscaban: “Oye, ¿me prestas a Oliver, por favor?”, le decían a mi maestra. Y yo pensaba: “Híjole, ¿qué pasó ahora?”. Luego los maestros me decían: “Oye, necesito que me dibujes esto…”.

Una vez, durante la kermés de la escuela, me dieron un cartón gigante y un frisbee de Las Tortugas Ninja para que lo dibujara grande. Ahí estaba yo, tirado en el pasillo, con mi lápiz, dibujando. Eso fue cuando tenía como siete u ocho años.

“Mi papá nos llevaba todos los domingos a buscar nuevos ejemplares y ahí fue donde empecé a formarme y empaparme más del mundo del cómic.” — Oliver Lee Arce

Jazmín: ¿Vivías en Juárez en ese entonces?

Oliver: Sí, pero estudié en El Paso desde el kínder. Mi papá era dentista y su clientela era americana, así que le iba bien; nos dio una vida fácil y no nos faltó nada. Me acuerdo de que nos compraba juegos de Nintendo casi cada semana; era muy generoso, y lo mismo con los cómics. Cerca de la escuela había una tiendita donde vendían cómics en un revistero; mi papá compraba café ahí antes de dejarnos, y fue en ese lugar donde descubrí a Las Tortugas Ninja.

Pasó el tiempo y entré a la secundaria. Ahí conocí a un amigo en el salón que llevaba cómics de X-Men o de Spider-Man. Le preguntaba quién era cada personaje y él me explicaba: “Este es Wolverine…”, y me contaba de todos ellos. A ese chavo también le gustaba dibujar y me prestaba sus cómics para leerlos. Ahí nació en mí la idea de: “¿Qué tal si hago un cómic o creo personajes?”. Ese año varios chavos nos juntamos para crear monos y personajes. Además, mi hermano Pancho me conseguía más cómics para leer.

Luego llegó la muerte de Superman, una etapa bien interesante del cómic, y yo pensaba: “Ah, cabrón… ¿Superman se muere?”. Recuerdo que un amigo se escapó de la escuela y se fue con sus compas a comprar el cómic. Había una fila enorme en la tienda y todo el mundo estaba comprando el libro. Estaba bien padre porque venía en una bolsita negra con el símbolo de Superman ensangrentado. También incluía una venda para ponértela en el brazo, como señal de luto, y un recorte del periódico del Daily Planet con el reportaje de la muerte.

La Muerte de Superman, Superman #75 (1992). © DC Comics.
Primera Plana de The Daily Planet, La Muerte de Superman, Superman #75 (1992). © DC Comics.

A partir de ahí, mis hermanos, mi papá y yo empezamos a comprar más cómics. Mi papá nos llevaba todos los domingos a buscar nuevos ejemplares y ahí fue donde empecé a formarme y empaparme más del mundo del cómic. Mi hermano Pancho también tenía amigos con colecciones enormes, y un día se llevaron todos sus cómics a la casa. A mí me impresionó todo lo que veía.

“Como dibujante o colorista, cuando vas a una entrevista o a una reunión, siempre debes llevar tu portafolio con lo mejor de tu trabajo.”  — Oliver

Jazmín: Ese gusto se fue encendiendo con tu hermano, ¿no?

Oliver: Sí, y él empezaría a ser guionista después. Pero desde entonces le encantaba escribir. También me llevaba a las tiendas especializadas a comprar cómics; me acuerdo de que antes costaban solo un dólar. Íbamos también a los tianguis a buscarlos. A mí me gustaba leerlos para inspirarme y crear mis propios personajes e historias. Recuerdo que, con mis amigos, hice un cómic de caballeros que peleaban contra unos demonios… creo que por ahí todavía lo tengo. Y así me la pasaba, creando historias y personajes.

Hasta que, en el 95 o 96, mi mamá de la nada habló al periódico y les dijo: “¡Eh! Tengo un niño que dibuja, ¿se los puedo mandar?”. Y ellos respondieron: “Sí, sí, claro”. Entonces me mandó a El Diario, acompañado de mi hermano Pancho.

En ese momento El Diario colaboraba mucho con jóvenes porque tenía una sección llamada “ATM”, totalmente hecha por chavos de la prepa. Se publicaban temas como “Tu primer noviazgo” o “Qué ropa ponerte para la fiesta”.

 “Yo solo sabía, desde niño, que me gustaba dibujar, y me puse a hacerlo.” — Oliver

Yo llegué ahí y aprendí algo muy importante: como dibujante o colorista, cuando vas a una entrevista o a una reunión, siempre debes llevar tu portafolio con lo mejor de tu trabajo. Lo aprendí porque me preguntaron si llevaba mis dibujos… y yo no traía nada. Aun así, me aceptaron. Me reunía cada semana con los demás chavos y, cuando me preguntaban qué quería contar o qué quería hacer, les dije: “A mí me gustan los videojuegos y me gusta mucho Mega Man”. (Por eso fue tan genial, muchos años después, haber sido seleccionado para el tributo a ese personaje).

Así que propuse una historia en la que el villano se sale del mundo del videojuego, llega a Ciudad Juárez y rapta a los chicharrines y al alcalde.

Cómic “Las aventuras de Oliver”- Oliver Lee Arce (1996). El Diario de Juárez

Y así empezó mi trabajo en El Diario. Fue una experiencia muy interesante y educativa. Aprendí a escribir y a colorear; mi papá me ayudó con el guion e incluso rotuló algunos cómics con una letra muy bonita. Samantha, mi hermana, también me ayudaba a pintar al principio. Al inicio no me pagaban nada, pero después llegó otro editor, un caricaturista político, y con él empecé a recibir mis primeros pagos: 200 pesos por tira, y con eso compraba mis materiales.

Duré un año trabajando ahí porque a mi mamá le dio cáncer y tuve que dejar todo eso. Luego entré a la prepa, pero seguí dibujando y practicando la creación de historias. Lo de El Diario también me enseñó disciplina: cada miércoles debía entregar mi tira y esperar a que el domingo saliera impresa.

Jazmín: ¿Tenías referencias cercanas de artistas en tu familia?

Oliver: Yo fui el primero. De hecho, llegué a preguntarle a mi papá: “Oye, ¿quién más hace arte en la familia?”. Pero nadie. No había nadie que dibujara ni que pudiera ser mi referencia. Yo solo sabía, desde niño, que me gustaba dibujar, y me puse a hacerlo. Tampoco pensé nunca que iba a ganarme la vida con esto; simplemente se fue dando. Publicaba en El Diario, me pagaban poquito, pero mis amigos en la escuela se me acercaban para preguntarme qué iba a pasar en los siguientes tomos… ni yo sabía.

Nadie cuestionaba lo que hacía; mis amigos lo veían muy normal. Sabían que yo dibujaba y les gustaba, pero no tengo memoria de que alguno hiciera un comentario extraordinario al respecto.

“Ese año fue, digamos, un curso intensivo de cómo hacer un cómic; incluso desbaratamos uno para ver cómo se ensamblaba.” — Oliver

“Del colectivo al código de área: los primeros cómics”

Jazmín: En algún momento tú y Pancho deciden nombrarse 656 Cómics y publicar sus propias obras. ¿Cuál fue el primer proyecto?

Oliver: Primero tuvimos un grupo llamado Psicótica Cómics. Después de la prepa nos juntamos algunos amigos que dibujaban, y Pancho invitó a algunos guionistas; con ellos armamos el colectivo. Nos reuníamos para ver cuáles eran los intereses y gustos de todos, y así se nos fue un año… hasta que Pancho nos dijo: “¡Ya, cabrones, hagan algo! Ya estuvo bueno de que se junten nomás a hablar de monos y cómics”.

Nuestra primera idea fue hacer un cómic sobre un herrero que había sufrido un accidente de niño: cuando vivía en las calles, se quemó todo el cuerpo. En ese entonces, el Centro Cultural Paso del Norte todavía estaba en obra negra y ahí situamos la historia. Se me ocurrió que ese sería el refugio de puros niños en situación de calle. La hija del arquitecto de la obra entró un día y encendió el lugar, como piromaníaca. Ella se vuelve la villana del cómic; ya adulta, se convierte en empresaria y desarrolla una obsesión por el fuego.

El cómic se llama Temporada de Incendios, porque en ese momento había muchos incendios por la ciudad… casi como ahora. De eso trata la historia: de un hombre que quiere encontrar a la persona que provocó aquel incendio. Sacamos el tomo I; no sé cómo le hicimos, porque era nuestro primer cómic formal, de 22 páginas, en formato doble carta. Mi hermano Pancho patrocinó todo: nos compraba el papel y las plumas. Para escanear, íbamos a una copiadora y reducíamos las hojas a tamaño carta.

Ese año fue, digamos, un curso intensivo de cómo hacer un cómic; incluso desbaratamos uno para ver cómo se ensamblaba. Así hicimos la preprensa y todo el acomodo para enviarlo a la imprenta con el formato del cómic americano.

Después conseguimos el patrocinio de una farmacia, amigos de mi papá. Pedimos entre 10 mil y 15 mil pesos para imprimir mil ejemplares. Armamos el cómic y lo presentamos en la primera Con-Front, en 2001. Vendimos las mil copias en dos días, a 20 pesos cada una. Ni siquiera sabíamos cómo ponerle precio.

Ese año, varios grupos y colectivos de Chihuahua y la frontera comenzaron a hacer cómics: estaba Quimera Estudio, de Chihuahua; los Changolión Cómics; y muchos de El Paso también. Luego el colectivo se fue desintegrando; nos quedamos Pancho y yo solos y ahí le pusimos el nombre 656 Cómics, para representar a Ciudad Juárez con la lada. Después se popularizó eso de poner la lada de la ciudad en los nombres de los negocios. Curiosamente, éramos dos colectivos de arte que la usábamos: nosotros y Máscara 656.

En ese entonces, el plan fue darnos a conocer en el interior de la República. Sabíamos que había cómic en México, así que nos empezamos a empapar. Ahí descubrí a ¡Ka-Boom! y a muchos otros artistas mexicanos.

Pero luego Pancho se fue a Connecticut por trabajo y, honestamente, me sentí perdido. No me creía listo para asumir el papel de líder del proyecto, porque mi hermano manejaba todo. Fue raro; me sentí muy inútil, como si no supiera hablar con la gente o llamar por teléfono para vender una idea. Poco a poco lo fui logrando.

Página de “Infestación: Génesis” (2015). Guion: Javier Valencia, arte: Oliver Lee Arce. 656 Cómics.

Infestación: cuando el horror cruzó el puente

Oliver: Nuestra primera publicación fue Infestación, un cómic de zombis. Gracias a ese proyecto descubrí el género de horror y me gustó muchísimo; incluso jugué Resident Evil II. Cuando algo me empieza a gustar, me empapo por completo: investigo, leo, veo entrevistas… y en una entrevista del creador del videojuego dijo que se había inspirado en la película El amanecer de los muertos.

Fui con un amigo a un mall en El Paso, entramos a una tienda de películas y ahí la encontré. Al verla, sentí como si estuviera viendo algo prohibido porque es una película setentera; visualmente creía que estaba viendo algo bien underground… Era una sensación extraña, pero me fascinaron los personajes, los diálogos y la manera en que interactúan para sobrevivir. En ese momento empecé a imaginar qué pasaría si algo así ocurriera en Juárez, y recordé lo que Marcos me enseñó: “Habla de lo que conoces”.

En ese entonces tenía un perrito que rescatamos y que se había llenado de garrapatas, así que pensé: “¿Qué tal si el virus zombi, en la historia, viene de la infección de una garrapata en un perro?”. Y así empecé a “maquilar” la historia. Primero escribí la idea general de la anécdota y se la compartí a Alfonso Villa (guionista) para que me ayudara a desarrollarla. Yo le daba los puntos a tocar y él los expandía.

Fueron cuatro historias en la antología: algunas ocurrían fuera de la ciudad y otras en las colonias. El final se desarrolla en el centro. Al inicio, un grupo de indocumentados va a cruzar con un pollero; uno de los chicos lleva el brazo vendado y cuando alguien le pregunta qué le pasó, él responde que lo mordió un perro… un perro que estaba infestado. Luego llega el pollero, les dice que suban a la camioneta y se van. Ahí termina la introducción.

Página de “Infestación: Génesis” (2015). Guión: Javier Valencia, arte: Oliver Lee Arce. 656 Cómics.

El clímax es cuando este grupo llega al puente, pero el Army los detiene y les dispara. La escena termina con el puente derrumbado. Al final, semanas después, vemos esa misma camioneta abandonada en el Border Highway. Llegan los policías para ver qué pasó. Era común que los polleros abandonaran a la gente y los dejaran morir ahí. Los polis abren la puerta trasera de la camioneta… y salen los zombis. Así termina una de las historias. Sin querer queriendo, terminé hablando de la migración.

Después nos contactó el escritor Ray Ramos porque quería contar la historia, pero desde lo que había ocurrido en El Paso. Nos encantó la idea y nos pareció una dinámica muy interesante porque así es la frontera: en Infestación hablamos de Ciudad Juárez, y él hablaría de El Paso.

Así surgieron nuestros primeros proyectos de cómics: de la necesidad de contar algo a partir del horror de la frontera. El género border horror, como le decimos acá.

En el mapa que dibuja Oliver, cada esquina de Juárez aloja un giro de trama. La ciudad no es paisaje; es motor. Antes de despedirnos, deja claro que el oficio también es logística, costos, ferias y aprender a poner precio. La próxima entrega huele a festivales, una nominación en Francia y un futuro brillante.