Durante su estancia en Valladolid, a propósito de sus importantes cargos en el Colegio de San Nicolás, como catedrático (1777), tesorero (1787) y rector (1790), Hidalgo cultivó estrechas relaciones de amistad con la élite política y eclesiástica de la capital vallisoletana. Su talla intelectual, que le había afamado como uno de los más grandes teólogos del obispado y que le había granjeado el mote de “El Zorro”, hicieron fácil el establecimiento de relaciones. Pero, quizá, con quien más estrechó relación por afinidad de ideas, fue con el clérigo que después sería nombrado obispo electo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo; así como con el primer intendente de Michoacán, Juan Antonio Riaño y Bárcena.[1]
Esta amistad trascendió las fronteras de Michoacán, pues permaneció igual de consistente cuando Hidalgo se ocupaba del curato de Dolores y Riaño de la intendencia de Guanajuato.[2] Con ambos, Hidalgo pudo departir libremente en torno a diversas situaciones que ocurrían en el extranjero y en el propio virreinato. La estima y admiración que el intendente Riaño llegó a sentir por el padre Hidalgo fue tal, que en alguna ocasión llegó a expresar que, el cura era “capaz de escribir toda la historia eclesiástica cuando se perdiesen todos los volúmenes en que está consignada”.[3] El mismo Allende daría cuenta de esta estimación del intendente por el cura, al señalar en su causa militar que había visto en Hidalgo a un caudillo, entre otras cosas, por la estimación que Riaño profesaba al párroco, la que llegó a tal grado de que el intendente propusiera al cura de Dolores como vocal para las Cortes de Cádiz.[4]
Al parecer, Hidalgo correspondía la estima y admiración por el intendente. La que no se vio afectada, aún, cuando la revolución de Independencia estalló en 1810 y el partido de las armas los enfrentara. Así lo permiten suponer un par de cartas que Hidalgo remite al intendente el 28 de septiembre de 1810, cuando las tropas insurgentes están por tomar la plaza de Guanajuato. La primera de ellas, escrita por Hidalgo en su carácter de Capitán General de América, intima al intendente Riaño a rendir la ciudad y a unirse al partido de la independencia o, de lo contrario, se aplicarían todas las fuerzas y ardides para destruirlos. La carta, que reproduzco en su totalidad a efecto de permitir hacer un comparativo con la carta que envía después en carácter de amigo, dice así:
Cuartel General en la Hacienda de Burras, 28 de septiembre de 1810.
El numeroso ejército que comando me eligió por capitán general y protector de la nación en los campos de Celaya. La misma ciudad en presencia de cincuenta mil hombres ratificó esta elección, que han hecho todos los lugares por donde he pasado; lo que dará a conocer a vuestra señoría que estoy legítimamente autorizado por mi nación para los proyectos benéficos, que me han parecido necesarios a su favor. Éstos son igualmente útiles y favorables a los americanos y a los europeos que se han hecho ánimo de residir en este reino, y se reducen a proclamar la independencia y [la] libertad de la nación; de consiguiente, yo no veo a los europeos como enemigos, sino solamente como a un obstáculo, que embaraza el buen éxito de nuestra empresa. Vuestra señoría se servirá manifestar estas ideas a los europeos, que se han reunido en esa alhóndiga, para que se resuelvan si se declaran por enemigos, o convienen en quedar en calidad de prisioneros, recibiendo un trato humano y benigno, como lo están experimentando todos los que traemos en nuestra compañía, hasta que se consiga la insinuada libertad e independencia, en cuyo caso entrarán en la clase de ciudadanos, quedando con derecho a que se les restituyan los bienes de que por ahora, para las urgencias de la nación, nos serviremos. Si por el contrario no accedieran a esta solicitud, aplicaré todas las fuerzas y ardides para destruirlos, sin que les quede esperanza de cuartel.
Dios guarde a vuestra señoría muchos años, como desea su atento servidor.
Miguel Hidalgo y Costilla,
Capitán General de América[5]
Riaño respondía a la intimación en los siguientes términos:
Señor cura del pueblo de los Dolores, don Miguel Hidalgo.
No reconozco otra autoridad ni me consta que se haya establecido, ni otro capitán general en el reino de la Nueva España, que el excelentísimo señor don Francisco Xavier de Venegas, virrey de ella, ni más legítimas reformas, que aquellas que acuerde la nación entera en las Cortes generales, que van a verificarse. Mi deber es pelear, como soldado, cuyo noble sentimiento anima a cuantos me rodean.
Guanajuato, 28 de septiembre de 1810.
Juan Antonio de Riaño.[6]
Como puede verse, la misiva de Hidalgo es de carácter institucional, acorde al papel que había tomado en la insurrección como Capitán General, que ratificaría el pueblo alzado en la ciudad de Celaya. La respuesta de Riaño, en el mismo tenor, es tendente a desacreditar la legitimidad en la nación que presume Hidalgo, reafirmando la misma en las Cortes, entonces reunidas en Cádiz. No obstante, las hostilidades no hicieron que los viejos amigos se desprendieran de su mutua estima y aprecio, pues, con su respectiva intimación, Hidalgo envió a Riaño una carta confidencial en los siguientes términos:
Señor don Juan Antonio Riaño.
Cuartel de Burras, septiembre 28 de 1810.
Muy señor mío:
La estimación que siempre he manifestado a usted es sincera, y la creo debida a las grandes cualidades que le adornan. La diferencia en el modo de pensar, no la debe disminuir. Usted seguirá lo que le parezca más justo y prudente, sin que esto acaree perjuicio a su familia. Nos batiremos como enemigos, si así se determinare; pero desde luego ofrezco a la señora intendenta un asilo y protección decidida en cualquier lugar que elija para su residencia, en atención a las enfermedades que padece. Esta oferta no nace de temor, sino de una sensibilidad, de que no puedo desprenderme.
Dios guarde a usted muchos años, como desea su atento servidor, que su mano besa.
Miguel Hidalgo y Costilla.[7]
La carta confidencial de Hidalgo, que acompaña como adjunta de la intimación, nos permite ver la estrecha amistad entre los dos personajes. Aun cuando las armas los enfrentan, Hidalgo despacha deferencia y sensibilidad al intendente, incluso, ofreciéndole garantías a su esposa, con quien seguramente el propio Hidalgo convivió y compartió en reiteradas ocasiones. Esta sensibilidad, como dice Hidalgo, no nace del miedo, sino de la estrecha amistad que se cultivó desde que los dos se avecinaban en Valladolid y que maduró con las no pocas reuniones que tuvieron, en las que compartieron alimentos, anécdotas, experiencias. Riaño corresponde a la sensibilidad del cura:
Muy señor mío:
No es incompatible el ejercicio de las armas con la sensibilidad: ésta exige de mi corazón la debida gratitud a las expresiones de usted en beneficio de mi familia, cuya suerte no me perturba en la presente ocasión.
Riaño.[8]
Tal como fuera la impresión que tanto uno como a otro ocasionaran las sendas cartas, lo cierto es que la arraigada amistad que ambos se profesaban culminaría con el devenir de los acontecimientos. Cuando los insurgentes se adentraron en Guanajuato y rodearon la alhóndiga, Riaño se asomó a las escalinatas a defender la posición. Esta acción le costaría la vida, pues sería herido por una bala certera que lo dejaría victimado en las escalinatas de la alhóndiga. Podemos afirmar, no obstante, que la amistad entre Hidalgo y Riaño, iniciada en Valladolid hacia 1778, año en que llegara el intendente a Michoacán, y que maduró con las experiencias compartidas durante toda su vida, no fue a menos cuando la lucha encabezada por el otrora cura de Dolores estallara. Más bien, las cartas emanadas de la misma y que he citado con antelación, nos permiten dar probidad de los vínculos entre ambos personajes.
Referencias bibliográficas:
[1] Carlos Herrejón Peredo, Hidalgo: maestro, párroco e insurgente (México: Clío, 2010), p. 58-59.
[2] Luis Castillo Ledón, Hidalgo, la vida del héroe (México: Fondo de Cultura Económica, 2019), p. 206.
[3] Ibidem, p. 132.
[4] Ibidem, p. 529.
[5] Felipe I. Echenique March y Alberto Cue García, comp., Miguel Hidalgo y Costilla, documentos de su vida, v. III, 1810 (México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2010), p. 116.
[6] Ibidem, p. 118.
[7] Ibidem, p. 117.
[8] Ibidem, p. 118.
