Categoría: Filosofía

Por: EMILIANO ESPINOSA VAZQUEZ / Fecha: junio 1, 2026

Tomás de Aquino concibe la razón como vía legítima para conocer el mundo, integrándola con la fe en una búsqueda común de la verdad y su fundamento último.

En la Edad Media, la filosofía se enfrenta a un nuevo desafío: cómo articular la herencia racional del pensamiento antiguo con la verdad revelada del cristianismo. En este contexto, la figura de Tomás de Aquino adquiere una relevancia particular, pues su obra no busca anular la razón en nombre de la fe, ni someter la fe a los límites de la razón, sino encontrar una armonía entre ambas. Para Tomás, el conocimiento humano se despliega en distintos niveles, y comprender el mundo natural no es un obstáculo para conocer a Dios, sino un camino que puede conducir hacia Él.

Tomás de Aquino parte de una convicción fundamental: la razón humana posee una capacidad real para conocer la realidad. El mundo sensible no es una ilusión ni una mera apariencia, sino una creación ordenada que puede ser comprendida a partir de la experiencia y el entendimiento. En este sentido, Tomás retoma de manera decisiva la filosofía de Aristóteles, especialmente su concepción del conocimiento como un proceso que inicia en los sentidos y se eleva hacia lo inteligible. El ser humano conoce a partir de lo que experimenta, y ese conocimiento, aunque limitado, es verdadero (Tomás de Aquino, 2001).

Sin embargo, este énfasis en la razón no implica una autosuficiencia del pensamiento humano. Para Tomás, existen verdades que superan la capacidad natural de la razón y que solo pueden ser conocidas por revelación. La fe introduce al ser humano en un ámbito de conocimiento que no contradice a la razón, pero que la trasciende. En este punto, Tomás insiste en que fe y razón proceden del mismo origen, Dios, por lo que no pueden oponerse realmente. Si parece haber conflicto, se debe a un error en la interpretación racional o en la comprensión de la fe (Tomás de Aquino, 2001).

Esta relación entre fe y razón se manifiesta con claridad en la manera en que Tomás aborda la cuestión de la existencia de Dios. A diferencia de Agustín, quien enfatiza la interioridad como vía privilegiada, Tomás propone partir del mundo sensible. Las llamadas cinco vías no pretenden demostrar a Dios de manera absoluta, sino mostrar que la razón, al reflexionar sobre la experiencia del movimiento, la causalidad, la contingencia, los grados de perfección y el orden del mundo, se ve conducida a reconocer la necesidad de un principio último (Tomás de Aquino, 2001). De este modo, el conocimiento racional no se clausura en el mundo, sino que se abre a la trascendencia.

Lo importante en este planteamiento no es tanto la estructura lógica de las vías, sino el supuesto que las sostiene: el mundo es inteligible. La realidad no es caótica ni absurda, sino que posee un orden que puede ser pensado. En este sentido, conocer la naturaleza se convierte en una forma indirecta de conocer a Dios, no como objeto inmediato, sino como fundamento del ser. Por lo tanto, la filosofía natural adquiere una dignidad propia, y la investigación racional del mundo deja de ser sospechosa desde la fe.

Este equilibrio se extiende también a la comprensión del ser humano. Para Tomás, el alma y el cuerpo no constituyen dos realidades enfrentadas, sino una unidad sustancial. El ser humano no es un alma atrapada en un cuerpo, como en ciertas interpretaciones neoplatónicas, sino una síntesis en la que lo material y lo espiritual se integran. Esta antropología refuerza la idea de que la experiencia sensible no es un obstáculo para la vida espiritual, sino parte constitutiva de ella. Vivir en el mundo, conocerlo y transformarlo no aleja necesariamente de Dios, siempre que se mantenga el orden adecuado de los fines (Abbagnano, 2004).

En este punto, la propuesta tomista se distingue tanto del espiritualismo radical como del racionalismo cerrado. La razón tiene límites, pero no por ello carece de valor. La fe ilumina, pero no sustituye el ejercicio racional. En esta síntesis, la filosofía conserva su autonomía relativa, mientras que la teología se apoya en la razón sin reducirse a ella. De este modo, Tomás de Aquino logra integrar la tradición aristotélica en el marco cristiano sin diluir ninguna de las dos.

No obstante, esta armonía no debe entenderse como un sistema perfectamente cerrado. En la obra de Tomás persiste una tensión entre lo que la razón puede alcanzar y aquello que permanece como misterio. La verdad no se agota en el conocimiento humano, y el acto de pensar conserva siempre un carácter de búsqueda. En este sentido, la filosofía no se convierte en una simple auxiliar de la teología, sino que mantiene su función crítica y exploratoria.

Por lo tanto, la importancia de Tomás de Aquino no radica únicamente en la construcción de un sistema escolástico, sino en haber mostrado que pensar el mundo y creer en Dios no son actividades incompatibles. Su propuesta invita a una comprensión más amplia del conocimiento humano, donde la razón se ejerce plenamente sin pretender abarcarlo todo. En un contexto marcado por tensiones entre fe y racionalidad, la reflexión tomista sigue ofreciendo una vía para suponer la verdad sin fragmentarla, recordando que conocer la realidad también puede ser una forma de acercarse a su fundamento último.

Abbagnano, N. (2004). Historia de la filosofía medieval. Fondo de Cultura Económica.

Tomás de Aquino. (2001). Suma teológica (BAC, Ed.). Biblioteca de Autores Cristianos.

Kenny, A. (2010). Aquinas: A very short introduction. Oxford University Press.

Carlo Crivelli. (c. 1476). Saint Thomas Aquinas [Pintura]. National Gallery, London.