¿Qué significa vivir de forma plenamente humana? En lo que respecta al quehacer humano, ¿cómo debería vivir el individuo para alcanzar la plenitud, o al menos, encaminarse hacia una respuesta? A lo largo de la historia, tanto filósofos, artistas y políticos, como también otros personajes relevantes, han debatido eternamente entre vivir de manera contemplativa o vivir de forma activa. Ambas posturas cuentan con fundamentos y argumentos diversos, pero en general, se entiende que, desde la perspectiva contemplativa, la libertad no existe o se encuentra sumamente limitada. Por eso, se aconseja vivir mediante la reflexión, el análisis y la apreciación de las cosas. Al no involucrarse con la acción, se pueden evitar los malestares y vicios que suelen relacionarse con ella.
Desde lo planteado por Platón —quien concebía al cuerpo como una cárcel del alma— se desprende la idea de que, para obtener el conocimiento verdadero, uno debe buscar dentro de sí mismo la respuesta. De igual forma, el confucianismo propone alcanzar una cierta armonía por medio de la introspección. Incluso la filosofía de Schopenhauer, profundamente pesimista, sostiene que todo placer está condenado a ser seguido por el dolor o el sufrimiento; por ello, propone una vida contemplativa como vía para evitar esa problemática. Vemos, entonces, que en distintas corrientes de pensamiento se percibe la idea de encontrar cierta libertad a través de la contemplación o la introspección, como una manera de no ser perturbado por el exterior ni por la propia condición humana.
En cambio, desde la postura contraria, se sostiene que, mediante la acción —es decir, la creación, el vínculo con el exterior—, es posible alcanzar una vida plena. En este sentido, encontramos a los empiristas como Aristóteles, quien argumenta que es a través de la interacción con los objetos como podemos comprender mejor nuestro mundo. Del mismo modo, en el ámbito político se reconoce de forma implícita o explícita que las acciones tienen un peso que moldea la realidad. Por eso, la filósofa Hannah Arendt defiende la libertad a través de la acción y se posiciona críticamente frente a la perspectiva contemplativa. Sin embargo, para hacerlo, desarrolla esta idea de manera mucho más amplia.
En primera instancia, es necesario explicar algunos conceptos fundamentales. Por una parte, el labor representa aquello que se presenta como una necesidad, ya que todos los individuos dependen de ello para sobrevivir. Es un ciclo biológico constante y repetitivo. En segundo lugar, encontramos el trabajo, que se diferencia del anterior porque su finalidad es la creación de objetos. Está vinculado a lo artificial y se encuentra subordinado a un sistema: es una actividad creada por el mundo humano, presente en los medios de producción. Por último, el concepto de acción designa aquello que expresa la libertad, la pluralidad y la identidad. “La acción, en cuanto comienza algo nuevo, es la expresión de la natalidad, la capacidad de los humanos de iniciar lo inesperado” (Arendt, 1993, p. 28).
Con base en lo anterior, Arendt explica que, históricamente, nos hemos decantado por una vida contemplativa y nos hemos limitado a producir y consumir, dejando de lado nuestra individualidad y nuestra pluralidad. Esto ha generado una vida cada vez más automatizada, donde incluso las tareas humanas tienden a mecanizarse. A esto agregaría que, hoy más que nunca, automatizamos de manera masiva las tareas cotidianas y estamos rodeados por una infinidad de cosas para consumir, lo que provoca una distracción constante que nos aleja de nuestras acciones individuales. Y, sin embargo, esas acciones —al ser únicas— también son las que constituyen la pluralidad y, por ende, enriquecen al colectivo.
Para esto, la filósofa también nos explica que la capacidad de actuar es algo intrínseco al ser humano. Desde el nacimiento, somos seres nuevos: una combinación genética distinta, irrepetible. Por eso también poseemos libertad, ya que no estamos determinados de antemano. Somos, como suele decirse, un lienzo en blanco. Finalmente, aparece el concepto de aparición, que muestra quién es uno ante los demás: “Con la acción y la palabra mostramos quiénes somos, revelamos activamente la singularidad humana” (Arendt, 1993, p. 33). Esto se opone totalmente al ejercicio automático del trabajo, pues en ese ámbito no hay novedad, ni se potencia la individualidad. La acción, en cambio, es lo que permite que emerja lo que uno es, y no lo que el sistema espera que sea.
Además, Arendt sostiene que “la libertad política significa más que libertad de movimiento o libertad de actuar sin interferencias; significa libertad para actuar” (Arendt, 1993, p. 34). En ese sentido, la acción no es solo un derecho, sino una condición para que la vida humana sea plenamente política y humana.
Por lo tanto, en un mundo automatizado, con avances tecnológicos exponenciales que realizan por nosotros el trabajo, lo que lleva a un consumo aún mayor y a una vida más pasiva, resulta necesario e indispensable rescatar la acción y compartirla con los demás. Solo a través de la pluralidad podemos potenciar nuestra libertad y así vivir verdaderamente.
Arendt, Hannah. La condición humana. Traducción de Ramón Gil Novales, Paidós, 1993.
Unknown photographer. (c. 1950). Portrait of Hannah Arendt [Photograph]. Wikimedia Commons. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hannah_Arendt_1950s.jpg
