Una de las cosas más fundamentales para entender la filosofía es saber cómo surgió, ya que a través de su origen encontramos su esencia, y comprendemos cómo la evolución del conocimiento humano llegó a ella. Para esto, es necesario mencionar que todo comienza en Egipto, así como en otros pueblos orientales, quienes desarrollaron diversas disciplinas como la matemática, la cosmología y otras ciencias. No obstante, la manera de pensar era más tradicionalista, pues no existía un cuestionamiento racional sobre los objetos: simplemente se estudiaban o utilizaban sin someterlos a una reflexión crítica. Así pues, aunque estos pueblos crearon conocimiento útil para medir el mundo, este surgía como una necesidad práctica, no como una búsqueda por comprender el porqué último de las cosas; por lo tanto, era frágil ante el cuestionamiento filosófico. Como explican Abbagnano y Fornero: “La sabiduría oriental tenía un carácter práctico, tradicionalista y religioso; no consistía en teorías discutibles, sino en verdades reveladas” (Abbagnano y Fornero, 2006, p. 10).
Es con estas ideas, y en conjunto con la cultura griega, que comienza a producirse una ruptura con el mito. Los griegos integraron cuestiones éticas, pero también lógicas, y los fenómenos empezaron a ser considerados independientes de los relatos sagrados. Al no atribuirse a una entidad divina como causa última, esos fenómenos se volvieron más desconocidos, lo cual impulsó nuevamente al ser humano a buscar respuestas, pero ahora desde una nueva perspectiva. Este cambio no ocurrió de la noche a la mañana. Como sabemos, en sus inicios, las explicaciones griegas también eran míticas, usando figuras simbólicas, dioses y héroes para contar tanto el origen del universo como el orden social y la moral. Incluso cuando eran conscientes del fenómeno natural o de dilemas morales, los explicaban a través de personajes y narrativas poéticas.
Fue cuando las explicaciones comenzaron a basarse en principios más reales y observables que se empezó a estructurar el cuestionamiento filosófico. Este proceso lo podemos observar con los presocráticos, especialmente con Tales de Mileto, quien rechazó la idea de que la lluvia fuera producto de la voluntad divina. En cambio, propuso que el agua era el principio de todo. Aunque hoy sabemos que no todo está compuesto de agua, en aquel tiempo esta afirmación fue un paso radical, pues separó la explicación del fenómeno natural del discurso mítico. Como señalan Abbagnano y Fornero: “Lo admirable en Tales es que, en lugar de explicar la realidad por medio de las divinidades, haya intentado una interpretación natural del mundo” (Abbagnano y Fornero, 2006, p. 12).
De igual forma, el pensamiento de Heráclito demuestra esta evolución: con profundidad, argumentó que el cambio es el principio de todo. Aquí ya no hay un mito que ordene el mundo, sino una ley interna, natural, del devenir. Se empieza a razonar, a buscar regularidades y leyes que expliquen la naturaleza sin apelar a lo divino. Como señala el texto: “La filosofía es un saber que, a diferencia de la religión y del mito, se apoya en la razón y tiende a la universalidad” (Abbagnano y Fornero, 2006, p. 13).
Por lo que mencioné sobre la cultura griega, me refiero a la libertad intelectual que tenían para actuar en la vida política y cultural. No estaban sometidos a una casta sacerdotal, como sí ocurría en Egipto o en la India, donde el pensamiento estaba ligado a revelaciones religiosas. Por ello, las ideas no se transmitían como dogmas fijos, sino que podían discutirse, contradecirse y perfeccionarse. Esta libertad para disentir fue clave. Además, hay que recordar que la cultura griega valoraba profundamente el diálogo, el debate y la vida en la polis. Este pluralismo fue un potenciador del pensamiento, permitiendo que surgieran explicaciones nuevas sin necesidad de recurrir a dioses o mitos. Como señalan los autores: “La filosofía griega se nutrió del ejercicio libre de la palabra en la vida pública, donde era posible contradecir sin temor y pensar sin obedecer” (Abbagnano y Fornero, 2006, p. 14).
Entendiendo este contexto de creación, también es necesario puntualizar que la filosofía reside en la propia naturaleza humana, pues nace del asombro. Esta capacidad de sorprenderse ante el mundo es propia del ser humano y, si bien culturas como la egipcia llegaron a desarrollar conocimiento técnico, sus respuestas eran cerradas por la intervención de los dioses. Eso resolvía la inquietud inmediata, pero bloqueaba la posibilidad de pensar más allá. En cambio, la filosofía no se satisface con una respuesta revelada: su punto de partida es la pregunta, no la certeza. El asombro abre la posibilidad del pensamiento racional.
Por lo tanto, la filosofía no es una invención artificial, sino que emana de nuestra historia como especie. Es necesaria para el entendimiento de nosotros mismos y del mundo. Analizar su origen nos recuerda que debemos mantener la libertad de pensamiento, y también que la filosofía es un constante cambio de percepción. Aunque algo pueda parecer evidente, tal vez sea justamente eso —lo evidente— lo que limita nuestra capacidad natural de asombro. Esa capacidad es la que puede llevarnos a una mejor comprensión del mundo y de nuestra propia condición.
Bibliografía
Abbagnano, Nicola, y Giovanni Fornero. Historia de la filosofía antigua. Ediciones Ariel, 2006.
Raffaello Sanzio. (1510–1511). The School of Athens [Fresco]. Vatican Museums.
