En vista de los distintos cambios que han surgido en la sociedad, es necesario preguntarse: ¿cómo afecta la esfera social moderna nuestra forma de vivir como seres políticos? Para esto, quiero retomar lo que la filósofa Arendt distingue en las fases: lo privado, lo público y lo social. Este último representa lo más nuevo, así como el tema central de la crítica, pues Arendt denuncia que la aparición de lo social ha borrado los límites entre lo privado y lo público, y que en consecuencia ha destruido las condiciones necesarias para la libertad y la acción.
Dicha idea surge del análisis que hace la filósofa con respecto al pasado, puntualmente con las distinciones que hacían los griegos. Para ellos, lo privado es aquello que responde a la necesidad: el trabajo o la vida doméstica. Sirve como refugio, y es desde allí que emergemos hacia lo público. En este caso, lo público es la libertad, la palabra, la acción, entre otras cosas. En lo público es posible cultivar las virtudes y, por lo tanto, también ejercer acciones. En esta esfera uno se presenta como igual, pero al mismo tiempo como único. Por tanto, en relación con lo social, la filósofa observa que esto es algo que no existía anteriormente, ya que las personas se dedicaban a lo público: participaban, se exponían y tenían un papel activo en la política, dejando en esencia la parte privada al margen.
No obstante, lo social se nos presenta como algo intermedio entre estos dos conceptos, pues realiza gestiones colectivas de asuntos que antes eran privados: la salud, la educación, la propiedad. Para entender mejor esto, es necesario puntualizar que se trata de un fenómeno que surge a partir del auge del capitalismo. Es así como los servicios se vuelven parte del Estado. A partir de aquí, hay una confusión en cuanto a lo que puede considerarse privado, ya que incluso en lo privado existen normas: uno se encuentra vigilado, regulado y, sobre todo, intervenido. Pero no porque sean cuestiones de discusión pública, sino porque se vuelven una gestión del Estado sobre lo privado.
Asimismo, lo social desplaza lo político, pues en esta misma esfera se busca homogeneidad, imponiendo los convencionalismos sociales y valorando a aquellas personas que consumen, producen y cumplen las normas. Esta situación también deriva en la exclusión de aquello que se considera contrario a estos modelos. Aunque las críticas de Arendt no son recientes, sin duda encajan hoy en día —y más aún con los avances tecnológicos—, ya que al estar todos interconectados, resulta evidente que hay una pérdida de la privacidad. Lo privado, a través de las redes sociales, también se vuelve una forma de consumo: se siguen ideales artificiales, se persiguen trabajos, objetos, formas de opinar que vayan de acuerdo con el estatus.
Por otra parte, todas las comodidades en cuanto al entretenimiento que nos brinda el celular nos generan una dependencia a su realidad, desconectándonos de la realidad concreta. A esto podemos agregar el constante bombardeo de noticias, que, aunque necesarias, llega un punto en que resulta sobreestimulante. Más aún si consideramos que el ser humano no evolucionó exactamente para procesar la cantidad de información que hoy en día recibe. Sumado a las noticias desagradables que antes solo se conocían localmente, ahora también necesitamos preocuparnos a nivel internacional. Y esto, a nivel fisiológico, no cambia: ambos tipos de noticias acaban siendo un estímulo que puede estresar de igual manera. Esto desemboca en una inactividad política, pues resulta poco motivante o incluso riesgoso involucrarse en la vida política o tomar las riendas de la libertad.
Es así como, poco a poco, desaparece la identidad. Al no tener privacidad ni actuar en lo público, resulta poco importante lo que uno pueda ser, ocupando el rango de importancia aquello que uno pueda producir. De manera que nos alienamos a los conceptos impuestos por la sociedad, convirtiéndonos en el trabajo que tenemos, en lo que consumimos, etc. De la misma manera, esto conlleva una adaptación a la normativa, ya que lo social teme a lo distinto o lo nuevo. Se trata de silenciar todo aquello que se presente fuera de los convencionalismos sociales. Siendo nosotros también parte de la aniquilación de la pluralidad, pues la falsa identidad que se nos ha otorgado por la sociedad puede ponerse en riesgo ante lo plural. Finalmente, en un contexto de esta índole, no existen responsables: nadie gobierna. Solo hay un sistema, políticas e instituciones, pero sin nadie actuando. Todos ejecutan, lo que se traduce en una nula capacidad de transformación.
Para esto, Arendt propone rescatar la acción política verdadera. Es decir, recuperar la capacidad de aparecer ante los otros como sujetos libres y singulares, y no solo como funciones sociales. En sus palabras: “La acción, en cuanto comienza algo nuevo, es la expresión de la natalidad, la capacidad de los humanos de iniciar lo inesperado” (Arendt, 1993, p. 28). En esa misma línea, recuerda que “la libertad política significa más que libertad de movimiento o libertad de actuar sin interferencias; significa libertad para actuar” (Arendt, 1993, p. 34). La única forma de rescatar lo humano es recuperar el espacio público como espacio de pluralidad, no de normalización; como espacio de diálogo, no de comportamiento.
Arendt no propone un retorno a la polis griega ni una utopía romántica, sino una reconstrucción de lo político como capacidad humana universal. Su propuesta consiste en reactivar la aparición de los sujetos ante los demás, en un mundo común, donde no seamos únicamente estadísticas o engranajes funcionales, sino actores imprevisibles capaces de crear, comenzar, irrumpir. Solo así podrá revivirse una esfera pública digna de llamarse política.
Bibliografía
Arendt, Hannah. La condición humana. Traducción de Ramón Gil Novales, Paidós, 1993.
Shutterstock. (2019). Crowd of people silhouettes [Illustration]. Shutterstock. https://www.shutterstock.com/image-vector/crowd-people-silhouettes-2650355649
