La discusión contemporánea sobre la justicia ha ampliado sus fronteras más allá del ser humano. Durante siglos, las teorías políticas y éticas se centraron casi exclusivamente en las relaciones entre personas, relegando a los animales no humanos a un estatus de propiedad, instrumentos o recursos económicos. Sin embargo, el desarrollo de la filosofía moral en las últimas décadas ha puesto en cuestión esta visión antropocéntrica. Entre las voces más influyentes que abogan por una concepción de justicia que incluya a los animales se encuentra Martha C. Nussbaum, filósofa estadounidense reconocida por su teoría de las capacidades. Su propuesta, expuesta recientemente en Justice for Animals (2022) y anticipada en trabajos anteriores, ofrece un marco normativo robusto para repensar la relación moral y política con los seres no humanos a partir de la idea de florecimiento.
A diferencia del utilitarismo, representado por autores como Peter Singer, que centra la justicia hacia los animales en la minimización del sufrimiento, Nussbaum sostiene que esta perspectiva es insuficiente. Para ella, la justicia no puede limitarse a reducir el dolor o aumentar el placer, pues los animales, al igual que los seres humanos, poseen capacidades internas que requieren condiciones materiales, sociales y ecológicas para desarrollarse plenamente. La justicia para los animales implica entonces permitir que cada especie, e incluso cada individuo dentro de ella, pueda florecer de acuerdo con su naturaleza, sus formas de vida y sus necesidades específicas.
Esta visión se inscribe en la tradición de la teoría de las capacidades desarrollada por Nussbaum y Amartya Sen, pero con una ampliación significativa: mientras que en sus primeras formulaciones la teoría estaba centrada en los seres humanos, ahora se extiende a todos los seres sintientes y, en muchos casos, incluso a seres vivos no sintientes que dependen de ecosistemas estables para su continuidad. La pregunta fundamental se transforma así: ¿qué necesita cada animal para vivir una vida digna de su especie? La respuesta, según Nussbaum, debe derivarse de criterios biológicos y de una comprensión ética de la vulnerabilidad y agencia de los animales.
Entre las capacidades que Nussbaum considera esenciales para los animales se encuentran la integridad corporal, el movimiento libre, la salud física, la posibilidad de experimentar placer y vínculos sociales, así como la capacidad de desarrollar comportamientos característicos de su especie. En este sentido, impedir que un animal ejerza sus capacidades constituye una forma de injusticia estructural. Ejemplos de esta injusticia abundan: la explotación intensiva en granjas industriales, los espectáculos basados en el sufrimiento animal, la experimentación innecesaria en laboratorios, la destrucción de hábitats, la contaminación que afecta a animales marinos y terrestres, entre otros. Desde esta perspectiva, la justicia va más allá de un mero asunto de buenos tratos o caridad hacia los animales, sino que es una obligación moral y política de reconocerlos como sujetos de dignidad.
Uno de los aportes más relevantes de Nussbaum es su crítica al marco legal vigente, que en la mayoría de los países considera a los animales como propiedad. Según ella, esta concepción jurídica impide avanzar hacia una esfera de justicia genuina, pues sitúa a los animales en un nivel subordinado en el que sus intereses pueden ser sacrificados fácilmente por intereses humanos económicos o recreativos. En cambio, Nussbaum propone incorporar a los animales dentro del ámbito político mediante una reforma profunda de las leyes, políticas públicas e instituciones encargadas de su protección. Esto incluye reconocer derechos básicos, crear defensorías para animales, transformar los sistemas agrícolas, regular estrictamente la experimentación científica y proteger los ecosistemas como bienes comunes.
Otro aspecto central en la propuesta de Nussbaum es su insistencia en que la justicia para los animales debe ser individual y no solo colectiva. Aunque algunos filósofos sostienen que basta con proteger especies o ecosistemas, Nussbaum argumenta que esta visión es insuficiente e incluso peligrosa, pues podría justificar el sacrificio de individuos en nombre de la conservación de una especie. Para ella, cada animal es un sujeto moral particular cuya vida tiene valor en sí misma, y la justicia debe atender tanto a la protección del ecosistema como a la dignidad de cada individuo. Esto no implica ignorar las dinámicas ecológicas, sino equilibrar la justicia ecológica con la justicia individual.
La propuesta de Nussbaum también reconoce las enormes dificultades prácticas de implementar un modelo tan ambicioso. ¿Qué hacer, por ejemplo, con los animales salvajes que dependen de relaciones depredadoras? ¿O con aquellos que viven en ecosistemas dañados por actividades humanas? Nussbaum sugiere que la intervención humana puede ser legítima cuando favorece el florecimiento del mayor número de individuos sin destruir procesos naturales esenciales. Esto puede incluir rescates, rehabilitación, creación de corredores ecológicos y políticas de restauración ambiental. Su enfoque es gradualista y pragmático: no busca transformar de inmediato todas las relaciones humano-animal, sino avanzar hacia instituciones y prácticas que reconozcan la justicia como un horizonte ético.
En esta línea, Nussbaum critica la idea de que los animales salvajes deben permanecer completamente fuera del alcance humano bajo la premisa del “no intervenir”. Esta perspectiva, sostiene, ignora el hecho de que los animales ya están profundamente afectados por actividades humanas como la deforestación, la contaminación y el cambio climático. Por lo tanto, abstenerse de intervenir no es neutral: a menudo perpetúa injusticias. La responsabilidad humana implica actuar cuando sea apropiado y con cuidado, para reparar daños y promover el florecimiento animal.
La concepción de justicia para los animales no humanos de Nussbaum invita a transformar nuestra forma de vida. Además de leyes o instituciones, se debe apuntar a una ética del reconocimiento que exija mirar a los animales como seres con mundos propios, con experiencias sensibles y con aspiraciones naturales. Esto implica cuestionar prácticas cotidianas que hemos normalizado, tales como el consumo masivo de productos animales, el uso de animales para entretenimiento, la indiferencia ante la destrucción de hábitats y la invisibilización del sufrimiento animal. La justicia, en este sentido, es una invitación a ampliar nuestra comunidad moral más allá de los límites de la especie humana.
Al situar el florecimiento y las capacidades en el centro del análisis, ofrece una alternativa más profunda que la mera reducción del sufrimiento. Su enfoque nos recuerda que la justicia implica garantizar condiciones para que cada ser vivo pueda realizar su vida conforme a su naturaleza, sin ser reducido a medio para fines humanos.
