Categoría: Filosofía

Por: DAVID ISRAEL HERRERA MUÑOZ / Fecha: abril 23, 2026

"Los hombres están siempre dispuestos a curiosear y averiguar sobre las vidas ajenas, pero les da pereza conocerse a sí mismos y corregir su propia vida" San Agustín

San Agustín de Hipona se convirtió en una figura de gran impacto, marcando un claro antes y después en la historia.  Aunque muchos lo consideran un santo, como se discutió en el artículo previo, su vida no fue siempre así.  Fue solo tras una experiencia similar a la del apóstol Pablo, quien descendió de su caballo, que Agustín comenzó a comprender la dura realidad que lo rodeaba.

Su vida estaba llena de vino, mujeres, filosofía y un inmenso potencial que desperdiciaba entre celebraciones y excesos.  Este punto de inflexión inició a partir de una reflexión influenciada por un profeta persa que quería ser el último enviado de Dios a la Tierra.  Esta fe promovía una visión dualista de la existencia, donde el mundo se ve atrapado en una lucha entre el bien y el mal.  En esta perspectiva, el alma simboliza la luz y la bondad, mientras que el cuerpo, perseguido por pasiones, representa lo negativo.  La única vía de liberación, según esta creencia, era renunciar a lo material, lo cual llevó a sus seguidores a considerar su religión como la única y verdadera, superior a todas las anteriores.

Con una renovada claridad, Agustín comenzó a forjar un nuevo camino, regresando a su lugar natal.  Sin embargo, su retorno no fue tan acogido como había imaginado.  Este regreso generó tensiones con su madre, quien era una ferviente devota y, llena de indignación, lo rechazó a él y a su familia.  Esto lo obligó a retomar su travesía, regresando con su mentor, quien lo recibió amablemente en su hogar y le ayudó a encontrar un empleo como docente.  Agustín tenía la firme intención de volver a Cartago y recuperar su libertad.

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Para ello, solicitó financiamiento para establecer una escuela de retórica en la histórica capital púnica, cuna del antiguo Aníbal. En el año 383, tomó la arriesgada decisión de huir a Roma, buscando una nueva oportunidad.  Allí comenzó su carrera como docente, pero pronto se dio cuenta de que esa era solo otra faceta de la vida que debía enfrentar. San Agustín de Hipona fue uno de los personajes más importantes, ya que marcó un cambio significativo en la historia.  Era un individuo que podía haber sido considerado un santo; sin embargo, como se mencionó en el texto previo, esto no fue del todo cierto.  No fue sino hasta que tuvo una experiencia similar a la del apóstol Pablo, quien descendió de su caballo, que Agustín comprendió su dura realidad.  Su vida estaba llena de vino, mujeres y filosofía, un potencial que se desperdiciaba en fiestas y excesos.  Aquí es donde comenzó su transformación, influenciado por las reflexiones de un profeta persa que se aspiraba a ser el último de los mensajeros enviados por Dios.

Esta fe abogaba por una visión dual de la vida, en la cual el mundo está en lucha contra fuerzas malignas, ajenas a la existencia humana, donde el alma simboliza la luz y la bondad, mientras que el cuerpo sucumbe a las pasiones representando el mal.  En esta batalla entre carne y espíritu, la única vía de liberación era a través de prácticas que renunciaran a lo material.  Los seguidores de esta fe consideraban su creencia como la verdad suprema, por encima de cualquier otra religión existente.

Con una renovada luz de estas concepciones, Agustín decidió emprender un nuevo camino, dirigiéndose de regreso a su hogar materno.  No obstante, su recibimiento no fue tan caluroso como había anticipado, ya que su retorno generó serios conflictos con su madre, una ferviente devota que, sintiéndose ofendida, lo expulsó junto a su familia.  Esto lo llevó a retomar su camino y regresar a su mentor, quien con una actitud paternal lo acogió en su hogar y le ayudó a encontrar un empleo como profesor.  Agustín tenía como objetivo regresar a Cartago y retomar su vida sin ataduras, y para ello solicitó dinero con el fin de establecer una escuela de retórica en la histórica capital púnica, donde había residido el antiguo Aníbal. En el año 383, realizó un engaño impactante al escapar a Roma, en busca de un nuevo comienzo.  Allá empezó a trabajar como profesor, pero pronto se dio cuenta de que esta era solo otra de las diversas facetas de la vida.

Desde el comienzo, el cansancio de Agustín se convertía en un tema habitual a lo largo de su existencia, ya que nada parecía satisfacerlo plenamente. Era esencialmente un hedonista, un individuo que consideraba que los placeres eran inagotables y que no tenía miedo de explorar las delicias del mundo sin caer en excesos. A pesar de ello, ninguna creencia logró orientarlo ni proporcionarle la estructura y los principios que tanto deseaba. En su interior, se sentía desubicado, como un niño pequeño que busca el propósito de su vida, y cargaba con un profundo sentimiento de culpa por haber traicionado a su madre y por haber sido un hijo desatento. Además, su vida se complicó aún más cuando sufrió una enfermedad grave que lo desalentó, llevándolo a cuestionarse si alguna vez lograría descubrir la verdad.

Fue en este contexto que su vida experimentó un cambio radical. A través de su cercanía con el pensamiento romano, consiguió una posición como profesor de retórica en Milán. Al no tener otro rumbo fijo, se trasladó a la ciudad y se reencontró con su madre. El sentimiento de vergüenza lo envolvía al mirarla a los ojos. Sin embargo, tuvieron una conversación crucial, donde ella le sugirió que terminara su relación no oficial y que reestructurara su vida en busca de una buena pareja. Aceptando a su manera, Agustín dejó a la madre de su hijo y se comprometió con otra mujer, aunque no sin buscar a otras amantes, algo que era característico de su personalidad en aquel momento.

Al no encontrar ninguna filosofía que pudiera darle dirección a su vida tan desorganizada, comenzó a cuestionarlo todo, en lugar de permanecer en la duda. A medida que menos se lo esperaba, su entorno empezó a cambiar, y lentamente se sintió atraído por estudios filosóficos que combinaban diversas ideas, las cuales comenzaron a tener sentido para él. Aunque sus problemas no estaban del todo resueltos y continuaba sintiendo vergüenza y frustración por su naturaleza débil y pecadora, esta incomodidad lo llevó a pasear por un jardín en medio de su crisis. Allí escuchó la voz de un niño que le instó a que leyera la Biblia, señalando el capítulo 13. Al dirigir su atención a los versículos del 11 al 14, sintió que sus dudas finalmente se disipaban, encontrando así la libertad que anhelaba con tanto fervor.

https://www.facebook.com/filco.es. (2018, February 21). San Agustín: del pecado a la santidad. Filosofía & Co. http://filco.es/pecado-santidad-vida-san-agustin/