Ante un encuentro de tal magnitud como lo sugiere el presente título, menester es el tiempo como aquel dispositivo señalado a entablar dicha relación entre autores, a saber, Husserl y Derrida; quienes no tan dispares así cual se ha sugerido diríase normalmente, en cambio que prestan a través de sus análisis maneras de ponerlos en comunicación vía teoría fenomenológica. En efecto, de suyo tematizando problemáticas aún vigentes a la conversación filosófica cuando entonces no han sido apenas resueltas o sencillamente tomadas por alto.
De modo que, se empezará por notar el desglose que hace Husserl de acuerdo al tiempo para luego tornar a la recepción derridiana del mismo. Nótese que, aquel filósofo, cual es bien sabido, estaba muy perfilado sobre el factor trascendental de las temáticas, es decir, en cuanto fundamentación originaria a partir del espíritu; dejando el tiempo a la luz inmanente de la conciencia. Donde la conciencia ocurre una neutralización del flujo temporal ante la adquisición espiritual para descifrar puramente, el espíritu no se mueve de sí sino que se mantiene durante las vivencias subjetivas, tal que mediaciones constituidas y de suyo temporalizadas, y en este sentido, estudiar la constitución misma de esa objetividad temporal abierta por la conciencia subjetiva. “Es de esta idea de la circunscripción al tiempo de la conciencia, a partir de dónde Von Herrmann atribuye un claro paralelo entre Husserl y Agustín” (p. 123). O sea que uno se mantiene en la inmanencia acorde explorar la adversidad frente a la intempestiva del tiempo. En efecto, esta adversidad se mantiene no en tanto condición natural del tiempo, sino por el contrario, mediante aquello que pone cara al modo de unidades aperceptivas varias, obviamente suscitadas en y por el espíritu como centro de actividad con tal virtud; se habla de los propios reconocidos objetos y aquella forma que los realza sobre lo indiferente no tematico. “La fenomenología en cuanto tal, será la descripción de este flujo de vivencias, de su constante devenir temporal” (p. 124). Por su parte, el tiempo no será algo dado, en cambio, diríase dictado a operar como posibilitado, ya que la subjetividad trascendental actúa de esta su manera. Y naturalmente, habría una distinción en este punto, véase, al tipo de grado o primacía epistemológica; la cual señala siempre a esa subjetividad trascendental como lo más originario de dicho orden, puesto que es su intención la que señala al objeto de las diversas consideraciones o apariciones, mas ese aparecer -así se viene diciendo- toma parte del espíritu atendiendo a su estado perceptivo, al uso, el “ahora”. Pues bien, es desde aquí que podría empezarse a atisbar una crítica derridiana cuando de la relevancia con sobre una actualidad o inmaculada posición en juego.
Sin embargo, antes de ello, corresponde observar el tipo de acercamiento husserliano al tiempo, cual se intercede conforme la intuición temporizada de los objetos, véase, como lugares o actos de aparición: percepción, recuerdo y espera. No obstante, sucede que la preeminencia se da por la percepción presente, debido contar con ese privilegio de aperturar el horizonte de despliegue; el presente será aquello que abre el registro del tiempo dotando de sentido esa retención trazada al no perder la conexión con dicha relevancia, cuyo caso contrario implicaría la carencia del factum a la hora del traslado proyectivo, porque faltaría la cosa que trasladar.
Ahora bien, pasando de una vez a Derrida, es con La Voix et le Phénomène que acude el desenmascaramiento de la fenomenología sirviéndose del “signo” como hilo conductor; de aquí el traslado del mismo remita inmediatamente a la temporalidad, ya se verá. Tal que, tomando a su vez las Logische Untersuchungen de Husserl, es viable explorar la definición determinativa del signo, mediante un acceso de suyo reductivo, a la vista de que Husserl busca una idealidad pura, cual hace retrospectiva de lo anulado bajo la determinación del signo. En efecto, se busca lo “presente” en exclusión de lo que no está ahí pleno trascendentalmente hablando al espíritu; son plausibles aquí los rastros de onto-teología. Empero, por su parte, aunque se suscite la sesgada inclinación conforme la presencia, ella no interviene sino como ausencia, es decir, es una presencia de ausencia según aquello más originario evitando la realización de la forma prefigurada, una de modo que accede por el tiempo de la conciencia limitando su actividad de lleno o en sí; la definición de esa resistencia seria a través de la espiritualidad misma.
El planteo fenomenológico necesita […] una base ideal que garantice este discurso, y el signo, en tanto posibilidad ideal para la «repetición», cumple con tal cometido. La búsqueda de este substrato ideal comienza con las «distinciones esenciales» (wesentliche Unterscheidungen) que caracterizan al concepto de «signo» (Zeichen). Esta distinción es entre «expresión» (Ausdruck) y «señal» (Anzeichen). Siendo la señal un elemento extrínseco, indicativo, y por lo tanto, no siendo un constitutivo esencial del signo, la consideración fenomenológica procede a «ponerlo entre paréntesis» y así quedarse sólo con el elemento expresivo del signo. La expresión es tal, puesto que «significa» (bedeutet). (p. 128).
Por contra, la significación intelectiva es el cometido principal de Husserl, habiendo descartado lo aparentemente superfluo del signo o supuesta relatividad de expresión. La ironía es prácticamente total pues la conciencia se compromete consigo en tanto decirse a sí ideal, a saber, sin oscurecimientos externos; donde la autenticidad se resguarda de suyo en la intimidad del espíritu esperando posteriormente la suertuda e inocente correspondencia con el mundo. En este sentido, la expresión es solamente hacia sí, en cuanto internalización y preponderancia fenomenológica; el afuera está vedado por ventura y la reflexión es de un movimiento consigo de acuerdo su forma.
El signo, puesto que dentro de la conciencia no tiene necesidad de comunicar nada, es sólo un signo representado. Es decir, siguiendo con la lectura de Derrida, cuando entra en acción la idea de representación el texto de Husserl entra a deconstruirse. Por un lado, la representación posibilita mantener una instancia ideal de repetición. Por otro lado, es el punto en el que el discurso fenomenológico se fragmenta en su «pretensión metafísica» de conservar la presencia y desplazar la alteridad. «Aparece», lo que Derrida denomina, lo «no originario» que habita en el seno mismo de la originaria presencia. (p. 128-129).
Y de nuevo, volviendo al tiempo, este es la equívoca instalación de la presencia, en efecto, incluso si no es presencia cual es en realidad; las diferencias a esa esencia se vuelven mismamente presenciales o ficcionales y tanto el pasado como el futuro se tornan casi obsoletos, así es la inercia determinativa del signo, entonces ya no se habla de un regreso a las cosas mismas sino que se obstaculiza (a los escolásticos castillos en el aire de siempre). Pues bien, el tenor del signo es traer a la presencia lo que se encuentra en ausencia, esto es, que aquel representa lo alusivo a presentarse, en fin, que se presenta como suplemento; de aquí que se desprenden las clásicas oposiciones derridianas puestas a deconstruir. Pero se dirá que cuando la percepción hace meollo no es necesario el signo, mas la caracterización fenomenológica de Husserl entrevé una reiteración de la fórmula intervenida, o sea una repetición de lo caracterizado para ello teoretizarlo; por lo tanto el signo se logra imprescindible. Y acontece lo diferido, una anticipación del fracaso metafísico a la buena lectura de esto, porque se apela a la sin-presencia reconciliadora que se escapa por la indicación temporal, quitando esperanza de la nunca habida unificación comprendiendo el formato de ese imposibilitante movimiento.
Nótese que, la condición metafísica del tiempo es aquella que delimita a Husserl en sus pretensiones de temporizar adecuadamente la producción del espíritu. Y no obstante, como se viene viendo, el rastreo de lo presencial indica su negación en cuanto deconstruible. La indivisibilidad de los supuestos fundamentos son la condición de posibilidad para su otredad a la cual remitir incansablemente bajo discurso. Por esto es un fármaco cualquiera de los polos, el metafísico diríase elige su preferido, para así suplantar su pretensión de identificación con un retardo, lo que significa verdaderamente una imposibilidad. Se ha seguido hasta aquí la pura inercia fenomenológica de Husserl, en otras palabras, la famosa crítica interna que funciona para traspasar el en sí volviendolo para sí y así exponer su tendencia deductiva, es decir, al premeditato absurdo o quizá reorientación: ¿Husserl habría quedado refutado entonces?
A todo esto, y rebasando la superfluidades o caricaturas interpretativas acerca de Derrida y su pensamiento, en razón de Luis Neil, es plausible retomar su lectura de Husserl tal que una nueva propuesta de fenomenología en cuanto que aquel primero se beneficia de ella para rectificarse a sí misma, lo cual no admite sino una progresión en ese sentido teorético y metodológico. En efecto, es viable reformar la filosofía fenomenológica de Husserl trastocando si aquel absorto concepto de tiempo metafísico, que como ancla ha frenado a mucha parte del pensamiento occidental. El camino de Derrida, por un lado, de suyo es clausurante pero, por otro lado, es también posibilitante de nuevas formulaciones filosóficas al indicar las o ciertas imposibilidades del camino filosófico. Dicho filósofo habría estado buscando con su pensamiento la “cuasi-trascendentalidad”.
Sin embargo, Derrida es consciente, a diferencia de Heidegger o al menos de cierta lectura de él, que no hay una posible salida de la metafísica. Que mientras nos movamos dentro de la conceptualidad propia de la metafísica de la presencia, es decir, de la filosofía, inexorablemente nos vemos atrapados por ella. En tal sentido coincido con Wood cuando afirma que según Derrida no hay salida de la filosofía. Ahora, su planteo renovador, como él mismo lo reconoce, consiste en moverse dentro del marco de la ruptura, de lo olvidado, o de lo dejado de lado, es decir, en hacer filosofía desde los márgenes, surcando con el mismo trazo las condiciones de posibilidad de un discurso y sus condiciones de imposibilidad. (p. 134).
En este sentido, es oportuno retomar la tematización sobre el tiempo en tanto una suerte de eje conceptual. Se plantea el horizonte temporal como una infinita solución al otro, y el encuentro no es sino en la mismidad jerárquica de la caracterización fenomenológica, o sea bajo esa unidad de las sin polarizaciones metafísicas, adquiriendo que tales naturalezas para aprehenderse son totalmente semejante al análisis. Se mantiene entonces el ir a las cosas mismas como objetivo prioritario de la fenomenología, atendiendo al tiempo del espíritu que lo remueve sin cesar a el y sus objetos, empero este es el dato con el cual trabajar, es decir, desde la finitud.
Bibliografía
- Luis, Niel. “El tiempo y la posibilidad de un encuentro entre Husserl y Derrida.” Tópicos. Revista de Filosofía de Santa Fe (Rep. Argentina), no. 10, 2002, Universidad Nacional del Litoral.

