Dentro del más famosillo mundo de la filosofía pocas gentes hay quienes no conozcan a Albert Camus junto a su igualmente notoria obra de El Mito de Sísifo, no obstante, reducido se ve ese número de cuales conocen a Edmund Husserl y su fenomenología, tematizada por momentos en dicha obra así exponiéndose una que otra crítica: merecida o no, este es el tema del presente escrito de la mano de otro análogo desarrollado por Zirion Quijano, donde explora mismamente que, ciertos reproches camusianos, de manera irónica caen por peso de favorecer lo que tal autor quiere defender, de modo que, es plausible y casi exigible encontrar, tanto en Camus como en Husserl, “el gusto por lo concreto”.
Pues bien, menester es entonces recordar un poco acerca del argumento narrativo del Sísifo de Camus y la colación que tiene Husserl con su fenomenología a todo esto para que sean acusados, diríase, de complacer malamente al absurdo, de suyo sentimiento encontrado en la mostración de su siglo el XX, además de presentar, al uso, una noción sobre la condición humana de existir.
Recuérdese con Camus: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía” (p. 5). Ahora bien, al caso, si esto es pertinencia de la filosofía, sufre un poco por parte del efecto, cuando no del diagnóstico, claro está; de aquello se puede decir lo que sea; empero, la decisión normalmente no se alcanza al haberse convencido por parte de un tratado filosófico. En este sentido, cabría mejor refinar primero la tematización misma y un largo etcétera de disgregaciones harto comunes en los filósofos. Dice Zirion:
La filosofía, o bien la capacidad para enfrentarse teóricamente a cuestiones de este tipo en las que está en juego la vida misma en su totalidad, exigen que se haya experimentado la seriedad de la pregunta y la necesidad de responder a ella. En este sentido, exigen por lo menos que haya ya surgido ese otro problema que García-Baró afirma que surge “mucho antes que el problema del suicidio” y que es “casi infinitamente más radical” que él, “aunque quizá parezca semejante”, y que no es otro, creo entender, que el que plantea el descubrimiento del paso del tiempo y de la forzosidad de mi muerte. (p. 401).
O sea que, pareciese, el problema del suicidio se subordina al de la finitud en forma ontológica, otorgando esta indagación al ser sustentante de lo finito y su reconocimiento en el ente por determinación, el ser humano. Véase que la radicalidad de Camus y tal pregunta responden a la seriedad de esa muerte en última instancia; en otras palabras, la necesidad mortal de esa vida en sí y por sí. El filósofo del absurdo de suyo se despacha de esgrimir, por su palabra, una verdadera filosofía del absurdo, esto es, un sistema en forma (este no es su fin); sin embargo, a la filosofía le viene en gana, siguiendo a Girón, todo aquello que le venga, por lo menos mediante saber si es de su honorable honorabilidad entablarlo o menospreciarlo.
Ahora bien, concediendo lo esencial de dicho problema a la luz de los márgenes filosóficos, esa cuestión se desplaza inercialmente al sentido de la vida, a saber, si esta merece ser vivida. Camus habla de un “comenzar a pensar”, al expresar el inicio de ese malestar debido a la angustia del preguntar, luego, dirigiéndose uno hasta la merecida respuesta. De suerte que la respuesta sucede al límite de la experiencia mundana; en efecto, su constatación es la experiencia pura, o el sentimiento atemorizante de lo develado del fracasado hábito, el absurdo.
Un mundo que se puede explicar incluso con malas razones es un mundo familiar. Pero, por el contrario, en un universo privado repentinamente de ilusiones y de luces, el hombre se siente extraño. Es un exilio sin recurso, pues está privado de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra prometida. Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo. (El Mito de Sísifo,p. 6).
Puede entenderse esa personificación de acuerdo a un despertar de los sueños, es decir, despertar de las burdas significaciones de una vida apenas con propósito e irreflexiva, o sea, no tomada por principio, sino a través de la univocidad de relevancia; una relevancia nula. En efecto, este tenor es transportable incluso bajo sombreados metafísicos, aunque al fin y al cabo desencantados, como si ese fundamento perdiera toda su fuerza desde la nada interpelante. Y la encrucijada se entona a identificar si el absurdo va a la par del valor de vivir, lo cual no es sino examinar si aquel es tan abrumante por naturaleza que, al alcanzar a la propia vida, infestando destructivamente su existencia, supone, finalmente, merecer ser apagada por sí o, en cuyo caso, suspender el razonamiento filosófico de antojo metafísico; el suicidio de pensamiento. El desempeño del absurdo se extiende por la completa faz del espíritu y pasa a eclipsar cualquier aspecto de esa conciencia; la observación del sentir es el anonadamiento del corazón replegado sobre sí junto al afligido yo desentendido de la ciencia y sus “certezas”; limitaría de suyo; la ciencia y la razón vinieron a “demostrar” el absurdo.
Yo decía que el mundo es absurdo y me adelantaba demasiado. Todo lo que se puede decir es que este mundo, en sí mismo, no es razonable. Pero lo que resulta absurdo es la confrontación de ese irracional y ese deseo desenfrenado de claridad cuyo llamamiento resuena en lo más profundo del hombre. Lo absurdo depende tanto del hombre como del mundo. Es por el momento su único lazo. (El Mito de Sísifo, p. 13).
Sin más, y por fin pasando al asunto con Husserl. Pues bien, para Camus la fenomenología es en primera instancia un método, dicho lo cual es cuando menos reduccionista, pero enseguida, se le acusa a la fenomenología en virtud de ofrecer al mundo y su multiplicidad de vuelta al juego de la razón, mas no en su adquisición absoluta o totalizadora. Tal “método” sencillamente se limitaría a tocar cada uno de los componentes del gran todo, pero sin remitirlos al uno privilegiado de la coherencia, de modo que todo es privilegiado y nada lo es, diría la lógica colapsándose. Y el error de ese empeño residiría en aceptar preliminarmente su derrota antes de la excursión, esto es, al aceptar lo dado y no elevarse a lo incondicionado, o así lo entendía Camus. Con Zirion (p. 406), más bien, se sugiere que aquello cual el filósofo del absurdo denuncia es un cierto afán por parte de algunos iniciales fenomenólogos en hacer de esa doctrina o ciencia una tal “de libro de estampas” (Bilderbuchphänomenologie). En este sentido, la fenomenología para Camus es una especie de restitución de la riqueza del mundo y, sin embargo, inoperante en cuanto a desarrollo ulterior; esa forma carecería de finalidades, o bien, “apetito de absoluto”, véase, aquello que apuntaba él mismo: un “suicidio filosófico”.
Algunos existencialistas optaron mejor por quedarse con Dios y tirar la razón por una suerte de afirmación hacia la irracionalidad (cosa que es relativa, aunque este no es el tema); la fenomenología, por su parte, optaría por una reversión de esa manera, más llevada igualmente de la mano por dicha aprehensión interna del absurdo, en tanto que el sentido profundo de lo real se ve relegado al mero ver: aprender a ver. Caricaturescamente, la fenomenología sería una herramienta para develar lo particular, extrayéndose a lo universal a la manera de una lámpara que, focal, por su propio alimento focal, solo aísla aquello que le toca por luz: existen las verdades, verdades, pero dispersas en sí y no para sí. “Esta aparente modestia del pensamiento que se limita a describir lo que se niega a explicar, esta disciplina voluntaria de donde procede paradójicamente el enriquecimiento profundo de la experiencia y el renacimiento del mundo en su prolijidad: he ahí pasos absurdos” (El Mito de Sísifo, p. 24). Por lo tanto, esa ironía de la fenomenología radica en no ser congruente con su principio limitador, diríase de tintes psicológicos en vez de orgullosamente metafísicos, cuales, al uso, deberían aspirar al infinito; empero, y aun con así, conocería únicamente a las esencias por ahí dispersas como separadas, a saber, como un Platón tuerto.
Ahora bien, de acuerdo a Girón, Camus se basa escuetamente en ciertos pasajes provenientes no tanto de Husserl como de los de Chestov y Gurvitch; tales Husserl, sabido es, que son provenientes de las Investigaciones lógicas de aquel, a partir de lo cual el absurdista asume tesis con carácter onto-teológico, en efecto, pero Husserl, como Camus, es bien sabido, no hace depender la verdad de postulados como esos, etcétera. Camus, por su parte, sí tiene decidido que la verdad es relativa con fundamento, por defecto, en lo humano. Pues bien, lo principal reside durante el tercer pasaje hacia Husserl: “Si pudiéramos contemplar claramente las leyes exactas de los procesos psíquicos, se mostrarían igualmente eternas e invariables, como las leyes fundamentales de las ciencias naturales teóricas. Por lo tanto, serían válidas aunque no hubiese proceso psíquico alguno” (El Mito de Sísifo, p. 25). De aquí que Camus infiera otra cosa, a saber, que Husserl da un salto ilegítimo desde lo psicológico a lo racional, es decir, dejándose de la evidencia fenomenológica, mostrando su nostalgia metafísica. Este último no guardaría un gusto por lo realmente concreto. Zirion dice:
El “universo concreto” ya no lo sorprende; la distinción entre esencias formales y materiales “no es más que cuestión de definición”, y la “oscilación ya señalada” (entre psicología y metafísica, según recordamos) le permite de nuevo “aclarar la confusión” de los términos (en rigor gurvitcheanos) en que se le asegura que lo abstracto “no designa más que una parte no consistente por sí misma de un universal concreto”. (p. 412).
De suyo, quien ha asumido el absurdo en sí para sí se ve devuelto a las formas concretas, pero, diríase, revolucionado o renovado; sin respectividad en lo trascendente como en Platón y Husserl. Nótese, sin embargo, que Camus nunca se toma del todo en serio lo que dice ahí; conforme a otros pensadores, él mismo declara que no es esa su intención por el teórico momento, sino solo tomar temas variados para, en su caso, comentarlos. Y no obstante, Camus está ciertamente perdido incluso en la cronología, al uso, juicio teórico de los posibles “saltos” en la fenomenología de Husserl, puesto que, adquiriendo, según juzga Zirion, este filósofo va formulando, adquiriendo a medida que pasan sus formulaciones, más “gusto por lo concreto”.
La idea camusiana de la conciencia como faro de luz que privilegia cuanto toca, tiene su antecedente en la manera como Gurvitch entiende “la esencia misma de la conciencia”, que “no es más que un haz de rayos luminosos que, ensanchándose hasta el infinito, se proyecta sobre todo contenido. De la intensidad de esa luz, del carácter ‘potencial’ o ‘actual’ de esa ‘intencionalidad’ depende que un contenido esté presente o no presente a la conciencia.” (p. 415).
De este modo, la fenomenología se aterra de lo especulativo, le tiene tirria y, más bien, de acuerdo a sus posibilidades, se deja llevar a partir del millar de infinita heterogeneidad de los datos apriorísticos de la conciencia: el camino a la intención esencial; la mente se extralimita finalmente y se colma de cansancio por el hiatus irrationalis, pero ignorando de suyo lo esencial fenomenológico que muy temprano defendió Husserl, a saber, la concretitud. En efecto, lo concreto, siendo lo inmediato más, a la par, como lo último en esa línea indagatoria: “tarea universal del descubrimiento de mí mismo como ego trascendental en mi plena concreción, o sea, con todos los correlatos intencionales encerrados en esta” (Meditaciones Cartesianas, §16). Entonces, puede concederse con Camus, de suerte, que el proyecto fenomenológico así descrito consta de esa dispersión experiencial que se sugiere, empero, destituyendo y asumiendo lo humano en conjunto, un poco dependiendo del discernir. Antes bien, como se dijo anteriormente, la interpretación de Camus es malograda durante muchos términos, ya que la fenomenología no se reduce a la explanación de los fenómenos de la experiencia en su aislamiento ontológico, sino a la posibilidad general de ese objeto como lo que de ello devenga metafísicamente hablando: existe un salto al absurdo, mas no al abismo.
- Zirion Quijano, Antonio. Camus, Husserl y el gusto por lo concreto. Escritos de Filosofía-Segunda Serie, Nº 3, Investigaciones Fenomenológicas, Vol. Monográfico 6, 2015, 397-419. Institutos de Investigaciones Filosóficas. UNAM. México.
- Camus, Albert. El Mito de Sísifo. Trad: Luis Echávarri. Editorial Losada. Alianza Editorial. Madrid. 1981.
- Husserl, Edmund. Meditaciones Cartesianas. Trad: Jose Gaos y Miguel Garcia. FCE. México. 1986.

