Categoría: Filosofía

Por: CARLOS ANTONIO SANCHEZ BAUTISTA / Fecha: marzo 16, 2026

“Debemos Pensar Como Los Sabios Y Hablar Como Los Ignorantes” PCH, §51.

Acontece en este espacio, como bien lo menciona su título, un breve esbozo acerca de la filosofía del lenguaje en el filósofo irlandés, cosa poco conocida como mucho de su pensamiento en general que, a la luz de los debates actuales sobre esta área en particular, se vuelve irónicamente relevante, pues de suyo anticipa muchas de sus discusiones aparecidas hacia la tematización del “giro lingüístico” en esta disciplina durante el siglo XX. 

A todo esto, la presente nota encuentra su respaldo en otro trabajo de Juan Duque García igualmente dedicado al mismo tema, de modo que dicha nota seguirá su narrativa lógica tratando el caso de explanarla. 

Para cualquiera que tenga alguna noción clara y directa de la obra de Berkeley, principalmente su Tratado, de suyo no le será desconocido el entablar que hace el filósofo respecto de lo mismo. En efecto, como algunos de su tradición moderna, y a su vez críticos con la metafísica dogmática, hallan acorde su reformulación sobre el entendimiento del lenguaje con mucha de su fundamentación crítica; véase, ya particularmente hablando con Berkeley, aquella tal contra conceptos como, por ejemplo, el de “sustancia” o “materia”. 

La caracterización de esa crítica al entender del lenguaje supone revisar las ideas abstractas según su uso: “Tal y como lo entiende George Berkeley, la creencia en la abstracción está sustentada en que se ha confundido el signo con la idea” (Juan Duque, p. 13). De suyo, hay que entrever el uso del lenguaje, por un lado, de acuerdo a lo particular y, por otro lado, de acuerdo a lo general (o sea, mediante lo universal). El desempeño del universal en el habla puede orillar a una mala utilización debido a la incomprensión de su naturaleza: en primera, no esencialmente real con lo predicable así, y en segunda, acorde solo como significante referencial espiritual; puesto que, naturalmente, el problema no suscita al particular en tanto su designación es siempre plena al notar su singularidad; el signo que le indique inevitablemente será único para sí en cuanto tal. Mas —reitero— el problema aparece al nombrar un conjunto de ideas, a saber, si es que se les reconoce cuáles ideas abstractas, antes también obviando que el lenguaje se sale de su labor cognitiva (es decir, de transmitir conocimiento), ya que incide en una labor pragmática que rebasa la intelectualización de cosas en general. 

Se ha pensado que cada nombre tiene, o debería tener, un único, preciso y establecido significado, lo cual inclina a los hombres a pensar que hay ciertas ideas abstractas, determinadas, que constituyen el verdadero y único significado inmediato que cada nombre general, y que es por mediación de estas ideas abstractas como un nombre general llega a significar alguna cosa particular. Sin embargo, lo cierto es que no hay tal cosa como un significado preciso y definido que vaya unido a un nombre general alguno, pues todos los nombres significan indiferentemente un gran número de ideas particulares. (PCH, §18).

Nótese que entonces es absurdo pensar que sea posible una significación indeleble así cual prescribiría la idealidad de una referencia siempre clara y distinta, esto es, discernible acorde a sí misma despóticamente; sin embargo, ello no exime apelar a una cierta universalidad referencial en el lenguaje, simplemente de lo que habla Berkeley es mesurarla de acuerdo a ubicarla como se debe, conociendo efectivamente la naturaleza del lenguaje.  De suerte que el lenguaje es dinámico y de suyo cambiante en cuanto referencialidad (al caso, lo referenciado es solo dado como particular, nunca como universal), pero de aquí que salgan las confusiones sobre el uso del lenguaje, véase, porque inocentemente se hipostasia un universal meramente, el cual hace referencia a en sí un conjunto de ideas (así en los escolásticos), y a su vez, se desconoce el uso fundamentalmente instrumental-pragmático del lenguaje tal que si solo existiera su tarea cognitiva (así en Locke u otros cognitivistas lingüísticos). 

Ahora bien, como se dijo anteriormente, dichos errores van de la mano a través del ignorar la naturaleza del lenguaje, al más bien entenderlo según un insostenible quietismo significante. ¡Tan difícil es deshacer el vínculo que fue establecido tan temprano entre palabras e ideas, y que luego ha sido confirmado por una larga costumbre! […] Durante tanto tiempo han pensado los hombres que ideas abstractas iban aparejadas a sus palabras, que no es extraño que usen las palabras como si fueran ideas. (PCH, §23). Dicho en otras palabras, el postulado ente o cosa universal es un equívoco en cuanto a que sale de su labor lingüística-racional, o sea que no funciona como ello siendo realmente existente, pues de suyo se ha instaurado meramente para la referencialidad, mas no como realidad, sino como practicidad o utilidad referencial significante. Aquello que Berkeley denuncia es que ciertos filósofos se han creído sus fantasmagorías lingüísticas tal que si fueran lo real existente. En este sentido, el error es claro solamente filosófico, puesto que el lenguaje ordinario, a diferencia del lenguaje académico o científico en general, en efecto siempre se ha sostenido en su prosaica forma espontánea. De aquí que Berkeley diga: “Debemos pensar como los sabios y hablar como los ignorantes” (PCH, §51). 

De modo que, el razonamiento de Berkeley sigue hasta caer con el rechazo de la materia y de la sustancia, a saber, ya que jamás es perceptible cosa alguna como la materia debido lo único que se le suscita al ser perceptor son percepciones cuales llegan a concurrir inevitablemente en ideas, la materia es ese concepto como el de sustancia que no tiene residuo alguno en realidad acorde jamás se percibe, sino que se recurre a él ficticiamente para denominar (cosa que es de suyo normal) pero posteriormente se toma cual si fuera cosa real ahí afuera de la mente, luego ahí se tienen todas esas construcciones metafísicas en los aires sin apenas sustento efectivo. 

Pasa que en Berkeley ciertamente el lenguaje no se reduce al ámbito intelectual; ello lo demuestra en varios de sus pasajes alrededor del Tratado. En efecto, durante el ejercicio del lenguaje se encuentran tanto imperativos como prescripciones, etc. El efecto en general del lenguaje de suyo se identifica con la caracterización de su ámbito de practicarse, así es explicable que bajo la cotidianidad expresiones varias pueden ser deficientes lingüísticamente hablando, sin embargo, eficientes de acuerdo a su situación, cual al uso sea eminemente práctica, después, la respuesta del mundo (de otro espíritu) adquiere ser también práctica y no tanto clarividente mediante significación referencial, en cambio sí adecuada pero a la suficiencia del requerimiento de ese habla que es contextual. “El obispo va a afirmar que el fin máximo del lenguaje es el bienestar del hombre” (Juan Duque, p. 16). 

Con todo lo anterior, siguiendo a Duque, para Berkeley el lenguaje vendría a ser “todo sistema de signos cuya significación es dada por una convención que no es fija, sino que responde a criterios de practicidad” (p. 17). De tal manera que para el filósofo los números serían también una suerte de lenguaje, en tanto que ellos fueron hechos como signos para señalar cifras o cantidades. Ahora bien, a partir de la adecuación del lenguaje hacia con su uso regresa la disuasión conforme el lenguaje científico y el lenguaje ordinario, donde uno pasa por ser diríase frío en cuanto pretende claridad y distinción, por su parte, ese otro ocurre de suyo más preparado para el bienestar del ser humano, pues este lo encarece de mejor forma al bienestar del ánimo porque puede persuadirlo; claro por defecto pocos se ven interpelados sentimentalmente mediante el lenguaje científico, al caso, el poético o el literario son menester mejores. Véase, un tipo de lenguaje importante en Berkeley es el de Dios, en cuanto que el lenguaje de este es el de las “leyes naturales”, es decir, que la comunicación entablada por Dios es suscitada acorde a la naturaleza y sus leyes, las cuales entonces están dispuestas comunicativamente al espíritu finito con su desciframiento. Por ende, decir “leyes de la naturaleza” es lo mismo que decir “signos que Dios ha instituido”. De esta postura se extrae que no puede existir tal cosa como la causalidad, pues todo se reduce a signos. Se entiende entonces que el mundo constituye un lenguaje en sí mismo, un lenguaje instituido por Dios, que tiene un plan sabio y establece las reglas” (Duque, p. 18 / PCH, §65). 

Y naturalmente, vendría a ser cosa del filósofo descifrar aquellos signos que Dios ha puesto en la realidad; luego, la estructuración del mundo ineludiblemente es lingüístico-divina. De esa manera, malinterpretar los signos de Dios o de la naturaleza se vuelve de suyo un gran peligro para el filósofo o el científico, dado que ese error solo puede conducir al alejamiento de tal mismo. Por defecto, una correcta interpretación del mundo direcciona de facto más hacia Dios a la hora de conocer verdaderamente su hablar. 

Finalmente, únicamente restaría por notificar sobre las resonancias de Berkeley con la contemporaneidad filosófica, en específico, aquella de la filosofía del lenguaje, a saber: 

  • En primera, con el segundo Wittgenstein, esto es, en su noción de “significado como uso”; puesto que Berkeley ya había entrevido que las palabras son herramientas o formulaciones, más que teóricas, de suyo acorde a la vivencia práctica, luego no son esencias cuales pudieran sustanciarse indiscriminadamente; de modo que su significado depende de la circunstancia como la función apelativa en intervención contextual.
  • En segunda, con la filosofía del lenguaje ordinario de Austin, de acuerdo este al denunciar la —ahora no tan innovadora— “falacia descriptiva”, véase la idea de que el lenguaje solo sirve para describir estados de cosas; en cambio, que entabla o intenciona también a la performatividad de aquello que predica con justificación del juego acaecido en concurso. 
  • En tercera, con el pragmatismo de Peirce, James y Sellars, mediante el definir la verdad en términos de utilidad y bienestar; Berkeley, en efecto, incide en que la respuesta o verdad del mundo bien correspondió, se resuelve siguiendo esa pertinente devolución práctica a partir de otro u otros espíritus activos, aunque —cabe recalcar— con un fundamento último en Dios debido infinito.

Bibliografía

  • Berkeley, George. Tratado sobre los principios del conocimiento humano. Traducido por Carlos Mellizo, Alianza Editorial, 1992.
  • Duque García, Juan David. “Aproximación a la filosofía del lenguaje en Berkeley”. Inmanere, vol. 2, 2023, pp. 11–23. https://doi.org/10.21703/2735-797X.2023.2105