Categoría: Filosofía

Por: CARLOS ANTONIO SANCHEZ BAUTISTA / Fecha: mayo 18, 2026

¿Ante una nueva propuesta filosófica?

A la sombra de, tal vez, un estancamiento contemporáneo de la filosofía y con esto, diríase una expectativa por nuevos y frescos movimientos filosóficos (antes mejor de revivir a los muertos), es que, anticipando sus diversas razones para lo anterior, surge el llamado “realismo especulativo” y, en este sentido, una pretendida crítica a la aún vigente tradición continental, a saber, la fenomenología. Las razones e influencias teóricas de dicha forma son otra cosa y este no es tanto el espacio para discutirlas, sino de suyo exponer ese dilema doctrinario desde las críticas del realismo especulativo a la fenomenología, en efecto, apoyándose en un texto relativo de Dan Zahavi, quien pretende organizar esto mismo; de modo que será un escrito más que nada de tono expositivo. 

Pues bien, se preguntará con justeza, ¿cuál o cuáles son los problemas de la fenomenología según esa pretendida nueva manera de hacer filosofía? O, en cuyo caso y por ende, ¿cuál o cuáles son las propuestas del realismo especulativo frente a aquella? Para esto, Tom Sparrow es el primer interlocutor de Zahavi y la crítica encuentra precisamente su lugar sobre el sugerente libro de The End of Phenomenology. A través de su texto, Sparrow comenta que la fenomenología falló en su intento de reconciliarse favorablemente con el realismo en sentido estricto; podría decirse que, antes bien, esta misma nunca empezó del todo a ejercerse, pues su fundador (Edmund Husserl) realmente no llegó a definirla o establecerla en cuanto tal. Por demás, “ya que ningún partidario de la fenomenología ha sido capaz nunca de <>” (p. 210). A juicio de Zahavi, Sparrow se muestra tendencioso cuando elige para su argumentación antifenomenológica pasajes más bien descontextualizados de Merleau-Ponty, puesto que en este filósofo la susodicha no es sino una perpetua (auto) reflexión crítica, cuando no una negación de siquiera abrir la indagación así mediatizada, señal al uso antidogmática en tanto la fenomenología no toma ni por autoridad su en sí. Por su parte, la reducción fenomenológica es una cuestión de parcialidad, aunque con intenciones de absoluto; en efecto, no es que no se pueda ejecutar así como dice Sparrow. 

La tesis de Merleau-Ponty es más bien que nosotros, como criaturas finitas, somos incapaces de efectuar una reflexión absoluta, que pueda cortar completamente los vínculos de nuestra vida intramundana y que nos permita contemplarla desde una perspectiva deslocalizada, con una visión desde ningún lugar. Incluso la reflexión más radical está ligada y depende de la vida irreflexiva que […] sigue siendo su situación inicial, constante y final. (p. 211).

Se dirá entonces que la mundaneidad es una condición para la abstracticidad de suyo concreta debido a la fenomenicidad, o sea, intencionada reminiscente. Empero, de este modo las críticas se concentran por momento sobre formulaciones metodológicas, y de aquí que se explique la aparente inconexa variedad de fenomenologías, es decir, una falta de unidad doctrinal. Al caso, el sostén cuasipropositivo desde Sparrow a la fenomenología vendría a ser ese su nivel trascendental, mas ello sugeriría una definitiva dejación del realismo, además de un abandono de la metafísica; luego la fenomenología está agotada para los verdaderos realistas. 

No está claro cómo Sparrow puede reconciliar la afirmación de que la fenomenología no tiene método, la de que tiene un método trascendental que imposibilita los compromisos metafísicos y la de que su método la compromete con el idealismo, pero, dadas sus tácticas interpretativas generales, no puede sorprender que culpe de la incoherencia a los fenomenólogos en vez de a su propia interpretación. (p. 213). 

La fenomenología seguiría atada malamente a una manera de kantismo, ya que no se compromete con postulados metafísicos acerca de la existencia en general; en cambio, se mantiene neutra, en otras palabras, que se mantiene como idealista. De esta forma, Sparrow enarbola y prepara el terreno para el realismo especulativo, esto es, diríase un acercamiento a la realidad efectivamente dada, aliada del unívoco realismo. 

Ahora bien, ¿qué es el realismo especulativo? Ha de saberse, en primera, que una de sus caracterizaciones principales es ser acérrimo enemigo del correlacionismo, cual que se define por comprender integralmente la subjetividad y la objetividad, porque su darse es de entendimiento entrelazado, en este sentido, lo real se co-pertenece con el pensamiento y viceversa, su aparición de aquello es mediante la mediación del espíritu, de suerte que lo aparecido es espiritual en sí mismo y, por defecto, lo en sí propio no está dado a la conciencia como tampoco lo contrario, véase, que el espíritu absorto en sí es igualmente inaudito. Y Kant sería el principal inspirador de esa clase de filosofía debido a su giro copernicano hacia explorar las condiciones de posibilidad del conocimiento, etcétera, y olvidar o zanjar los temas debidamente metafísicos, así comprender el mundo. Pues bien, de suyo no es muy complicado aceptar con cualquiera que sea mediano conocedor de la fenomenología que esta conlleva esa entablación correlacionista. Dirían los especulativos: 

El realista especulativo, por el contrario, insiste en que “el mundo en sí mismo -el mundo tal como existe independiente de nosotros- no puede estar limitado o condicionado de ningún modo por la cuestión de nuestro acceso a él”. Su objetivo es salir del círculo correlacionista y alcanzar de nuevo “el gran exterior, al afuera absoluto de los pensadores precríticos: ese afuera que no era relativo a nosotros […] existiendo en sí mismo con independencia de si lo pensamos o no”. (p. 216). 

Para Graham Harman y su ontología orientada a los objetos, es realizable por una igualdad bajo ese sentido. En efecto, se trataría de desarticular esa relación mente-mundo a la manera de postular que, más bien, ella no es sino una entre muchas otras relaciones entre cualesquiera objetos, o sea que aquella no obtendría privilegio alguno sobre el juzgar. La intencionalidad aparentemente se naturaliza, pasando a formar parte de una mecánica causal, pero el detalle estaría en que, mejor, los objetos obtendrían una suerte de autonomía propia en cuanto a su expresión, es decir, que su expresividad cósica se mantendría desde el por sí frente a lo otro, cual si fuera un yo-cosa, dicho de otro modo, una fenomenología objetual: un pansiquismo. Ahora bien, irónicamente, Harman, en su intento de evadir el giro kantiano, se somete más a él a la hora de determinar a la conciencia como uno de los elementos prioritariamente constitutivos de lo real. Por demás: 

A pesar de su crítica al subjetivismo correlacionista, Harman no es amigo del objetivismo naturalista. De hecho, a su juicio, el naturalismo científico es en sí mismo una forma de correlacionismo. No es más que otro intento de constreñir y conformar la realidad a nuestra mentalidad (hoy científica): “La cosa retratada por las ciencias naturales es la cosa hecha dependiente de nuestro conocimiento, y no la cosa en su realidad indómita y subterránea”. (p. 218-219). 

A todo esto, la coseidad de los seres durante Harman permanece inaccesible, puesto que, evidentemente, habría de ser la cosa para comprender por entero la tal en su salvajismo. Inclusive, la cosa está apartada de su constitución en tanto partes conformantes. Lo cual, por defecto, nuevamente resulta confuso, pues Harman concuerda en aquello, accediendo de cierta manera, por lo menos negativa, a la interioridad del ser de las cosas. En efecto, tal vez estipulando el ahí concreto de las cosas, mas negándose a conocerlas. 

En Quentin Meillassoux, otro realista especulativo, el ataque a la fenomenología se orienta mejor a su incompatibilidad con la ciencia, ya que innecesariamente postula el estar de la conciencia cuando resultan los hallazgos al uso inconscientes insertos en la temporalidad. “Piensa que este procedimiento resulta inaceptable y lo considera peligrosamente próximo a la posición de los creacionistas” (p. 220). Meillassoux suscribe un tipo de racionalismo donde se identifica la clásica distinción entre cualidades, y la matemática es esa herramienta dispuesta a desentrañar el absoluto de las cosas en sí, o sea, independientemente del factor espiritual humano. Con este filósofo, se da el rechazo rector hacia el principio de razón suficiente, tal que todo es sin razón y con capacidad de cambiar inevitablemente, de modo que la razón de la sinrazón es dicho posible como lo impensable. Pues bien, de suyo es muy problemático aceptar el discurso científico con la posibilidad de que este cambie intempestivamente; luego no se diga de conocer las cosas cuáles son en verdad. 

Por su parte, Ray Brassier advierte aún más fervor por la ciencia, diríase anticorrelacionista. En efecto, se deja guiar interpretativamente según la finalidad de la Ilustración para conseguir destruir los mitos fundantes, conduciéndose al nihilismo debido a estar de acuerdo con el eliminativismo metafísico. “El nihilismo es el corolario inevitable de la convicción realista de que existe una realidad independiente de la mente, la cual, pese a las presunciones del narcisismo humano, es indiferente a nuestra existencia e inconsciente respecto de los “valores” y “significados” con los que la encubrimos para hacerla más acogedora” (p. 221). Así, en última instancia, se habría madurado intelectualmente, puesto que la tarea de esa filosofía constaría de conocer ese alejamiento que guarda el espíritu respecto de lo dado. 

Sin más, es hora de evaluar la validez de las críticas a la fenomenología. Si en Harman se encuentra el reproche por zanjar la disputa entre realismo e idealismo por el lado de aquella primera, está de suyo; presuntamente, no caería sobre postulaciones medievalescas y absurdas; pareciera ser que ella sí cae en compromisos extraños e innecesarios. Y sin embargo, tomando la indicación intencional fenomenológica, se sabrá que ella no se compromete ontológicamente de manera necesaria con todo lo indicado, en efecto, sino que, antes bien, solo lo señala, pero no se dice de ello que sea por fuerza real, o sea que puede serlo como no serlo; Husserl se cuidó mucho de esta clase de asuntos. Por otro lado, ante las acusaciones de correlacionismo de facto atado a la tradición que sigue la fenomenología, no puede evitarse ahondar en otras líneas (así de la filosofía analítica) que critican igualmente la ingenuidad de los realismos más dogmáticos, en tanto dirían que es una ilusión pensar el mundo sin el factor del espíritu y sus determinaciones, esto es, sin negar de hecho la realidad o propiedad de las cosas externas; véase el caso de Putnam. Después, la antigua separación entre metafísica y epistemología es una totalmente ilusa desde el primer momento, diríase, a través del lenguaje. Tal que hasta el idealista se hace más realista que el mismo realista ingenuo; este ni se entera de lo que es real como la conformación del mundo por el espíritu. 

Ya debería ser obvio que el realismo ofertado es de un tipo bastante peculiar. Harman defiende un escepticismo radical que impide cualquier atisbo de la realidad (al tiempo que realiza diversas afirmaciones sobre el carácter de esta inasible realidad-en-sí-misma) y, mientras que Meillassoux intenta reconciliar un racionalismo a la antigua usanza, según el cual sólo lo que es matematizable cuenta como real, con la idea de que el caos es el absoluto primordial, Brassier opta por un eliminativismo nihilista. ¿Hasta qué grado estas posturas divergentes poseen auténtica solidez realista? Si el realismo trata de afirmar la realidad de los objetos cotidianos, los realistas especulativos fracasan estrepitosamente. (p. 226). 

Es como si empedernidamente aún no se hubiese comprendido que, si se quiere, cierto idealismo no es incompatible con cierto realismo; ello es perfectamente palpable tanto en las obras de Kant como en Husserl. De modo que uno ha de ser mesurado con las aseveraciones sobre lo real de suyo, sin pecar por arrogancia, sea vía subjetiva u objetiva, inmanentista o trascendentista. 

Por último, supone ver si el correlacionismo contradice a la ciencia, como se dice. Pues bien, ha de matizarse correctamente esta afirmación, debido a que adquiere sentido estrictamente filosófico o científico. En efecto, por un lado, la crítica carece de novedad, además de incluirse el realismo especulativo en ese mismo paquete para criticar gracias a sus extravagantes usos y, por otro lado, tal misma carecería de valor, porque su autoridad viene de otra filosofía sin apenas correlato científico. Hágase el balance final. 

Bibliografía

  • Zahavi, Dan. ¿El final de qué? Fenomenología vs. realismo especulativo. Investigaciones Fenomenológicas, no. 18, 2021, pp. 208–236. UNED, Madrid.