Categoría: Historia

Por: CARLOS ALBERTO DIAZ SOLANO / Fecha: febrero 23, 2026

La Zona Arqueológica de Tlapacoya no solo alberga un profundo pasado prehispánico para el estudio de los expertos, sino que también guarda una historia de conexión personal.

Por Carlos Alberto Díaz Solano

Universidad Autónoma de Chihuahua

Facultad de Filosofía y Letras

Licenciatura en Historia

Matrícula: 366086

Tlapacoya: El enigma del cerro El Elefante que desafía la historia de América

IXTAPALUCA, Méx. —La Zona Arqueológica de Tlapacoya, al pie del icónico Cerro del Elefante, no es solo un vestigio fundamental del México preclásico, sino también un sitio que ha puesto en jaque las teorías sobre el poblamiento del continente americano con hallazgos que superan los 25,000 años de antigüedad.

El aspecto más polémico y crucial de Tlapacoya es el descubrimiento de restos de ocupación humana con una antigüedad de 25,000 años; con ello se da un desafío al Modelo Clovis, ya que este dato pone seriamente en duda el modelo tradicional que sitúa a la cultura Clovis (hace 11,500 años) como la primera en llegar al continente.

Nueva perspectiva: Los descubrimientos de Tlapacoya, junto con otros sitios en América, sugieren que las migraciones a América fueron significativamente más tempranas de lo que se creía, abriendo un nuevo capítulo en la arqueología continental.

Raíces milenarias en la cuenca de México

Ubicado en las cercanías de la antigua orilla del lago de Chalco, Tlapacoya ha revelado una ocupación extremadamente temprana en el corazón de la Cuenca de México. Se han identificado restos de los primeros pobladores de la cuenca que se remontan al 7000 a. C., pero el mayor auge del sitio ocurrió durante el Periodo Formativo Tardío (400 a. C. a 200 d. C.). Fue en esta etapa cuando la sociedad experimentó una clara diferenciación social, con la consolidación de clases como sacerdotes y gobernantes, lo que culminó con la construcción monumental de su basamento piramidal.

Las investigaciones realizadas por los arqueólogos Beatriz Barba y Román Piña Chan en 1954 y 1955 fueron fundamentales para entender la complejidad social del sitio.

Por ejemplo, sus hallazgos clave se enfocan en el basamento piramidal, edificado en tres etapas constructivas; se descubrieron tres tumbas con un notable ajuar funerario. Además, se destaca el indicador de clase, ya que los restos óseos estaban acompañados de ricas ofrendas que incluían vasijas de cerámica, conchas y objetos suntuosos de piedra pulida como jade, obsidiana y serpentina. Este conjunto es un claro indicador de la marcada diferenciación social y la existencia de una élite en Tlapacoya.

Tlapacoya es reconocido por sus emblemáticas “figurillas” (1500-300 a. C.), las cuales se destacan como piezas preclásicas. Estas piezas de arcilla, muy detalladas y con “cierta personalidad”, son consideradas obras maestras del período preclásico por su fino acabado y expresividad, lo cual resalta el intercambio cultural, ya que, aunque Tlapacoya se asocia a la cultura de Tlatilco, una de las más antiguas del Valle de México, diversos expertos señalan una fuerte influencia olmeca.

Esto sugiere que Tlapacoya fue un nodo importante con intensos intercambios comerciales y culturales con la civilización madre de Mesoamérica.

Un legado personal y la energía del Cerro

La Zona Arqueológica de Tlapacoya no solo alberga un profundo pasado prehispánico para el estudio de los expertos, sino que también guarda una historia de conexión personal.

Cuando era adolescente, el Cerro del Elefante era toda una experiencia de recreo fascinante. Recuerdo acudir a sus cercanías con mis amigos y tener la fortuna de recolectar pedazos de obsidiana y cacharros de barro que afloraban cerca de la pirámide; un contacto directo e involuntario con el pasado que no tenía precio.

Hoy, ya en la edad adulta, la magia de Tlapacoya persiste. El área circundante es parte del Parque del Cerro del Elefante, un espacio que invita al senderismo y a la reflexión. Sigo visitando el cerro con regularidad y, al subirlo, me lleno de esa energía tal vez mística que, a pesar de los siglos y la modernidad, este lugar sigue manteniendo viva. Es un vínculo inquebrantable con la historia y el alma de la Cuenca de México.