Carlos Alberto Díaz Solano
Universidad Autónoma de Chihuahua
Facultad de Filosofía y Letras
Licenciatura en Historia
Matrícula: 366086
Nepantla: El susurro del viento donde nació la Décima Musa
Hay lugares que guardan la memoria en sus piedras, pero hay otros, como Nepantla, donde la historia parece estar viva. Visitar la cuna de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana no es solo un recorrido por un museo, es, en esencia, una invitación a un diálogo íntimo con la mujer que desafió a su tiempo a través del intelecto.
La niña que en medio de los volcanes aprendió a leer
El nombre de este pueblo, Nepantla, significa en náhuatl en medio. Y fue precisamente allí, en medio de la imponente vista de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, donde nació Juana Inés un 12 de noviembre (probablemente de 1648).
En este entorno rural y mágico, la pequeña Juana mostró una precocidad asombrosa:
A los tres años, engañó a la maestra de su hermana para que le enseñara a leer, lográndolo a escondidas de su madre.
A los ocho años, escribió su primera loa al Santísimo Sacramento.
La sed de saber; se dice que de niña se abstenía de comer queso porque había oído que hacía ruda a la gente, y ella prefería el hambre al riesgo de perder la agilidad mental.
Un museo sobre los cimientos de la historia
El Centro Cultural Sor Juana Inés de la Cruz está construido literalmente sobre los vestigios de la casa de labranza donde ella nació. Al caminar entre sus salas, ver los retratos y objetos de la época, uno puede casi escuchar el eco de sus primeras lecturas en la biblioteca de su abuelo, Pedro Ramírez, quien rentaba estas tierras a los dominicos. Los manuscritos y la biblioteca pública del lugar nos recuerdan que su legado no es una estatua fría, sino una conversación vigente.
Sin embargo, la verdadera magia del lugar se revela al salir al aire libre; es en sus jardines, bajo el cielo de la región de los volcanes, donde la experiencia se vuelve sensorial.
Cuenta con un auditorio al aire libre rodeado de verde, pero lo que realmente detiene el tiempo es la escultura de Sor Juana. No se siente como un monumento distante; su postura parece dar una bienvenida cálida, invitando al visitante a sentarse a su lado.
El viento sopla con una cadencia que parece un susurro constante entre las ramas.
El clima, el aire fresco y agradable de la zona crean la atmósfera perfecta para la confidencia.
La charla íntima: Todo en el entorno parece diseñado para que te sientas invitado a una plática privada con ella; es como si el paisaje mismo fuera un poema que se puede respirar.
Nepantla es el lugar donde la Décima Musa deja de ser una figura de los libros para convertirse en una presencia cercana. Es el refugio donde el alma de esa niña que quería vestirse de hombre para ir a la universidad sigue recibiendo a quien esté dispuesto a escuchar el murmullo de sus árboles.
Antes de despedirnos de la sombra de sus árboles y de su mirada de bronce, resuena en el aire aquel pensamiento que definió su vida y que parece cobrar vida propia en este recinto: No estudio por saber más, sino por ignorar menos.
Esta máxima de Sor Juana nos invita a salir de Nepantla con una nueva chispa de curiosidad. Nos recuerda que el aprendizaje es un acto de humildad y que, al igual que ella en su infancia entre estos volcanes, todos tenemos el derecho y la capacidad de construir nuestro propio universo a través del saber.



