Por Carlos Alberto Díaz Solano
Universidad Autónoma de Chihuahua
La piedra del conejo en Amecameca, Estado de México
Tetl Tochtli: El santuario chichimeca en Amecameca donde el sol y los volcanes dictaban el destino
El Santuario de Tomacoco, un reloj cósmico y ritual en Amecameca
En las inmediaciones de Amecameca se extiende el paraje de Tomacoco, un enclave que custodia uno de los tesoros arqueológicos y astronómicos más trascendentales de la zona, cuyos orígenes se remontan al año 600 d.C. (siglo VII). Este sitio no solo es un vestigio del pasado, sino un testimonio vivo de la sofisticación de los primeros asentamientos en la región.
El monumento principal se distingue por una iconografía y simbolismo en la roca con escalinata de seis peldaños tallada en su costado sur, la cual conduce a la parte superior de la piedra. En esta sección se concentra un complejo despliegue visual, un relieve que muestra a un personaje de alto rango ataviado con vestimentas sagradas y portando un incensario junto a la figura de un conejo (Tochtli). Ambas siluetas, esculpidas de perfil, mantienen una alineación deliberada hacia el oriente, conectando simbólicamente el ritual terrestre con la imponente presencia de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl.
Las investigaciones del antropólogo Juan Castelán Méndez Castillo atribuyen esta obra a los grupos Totolipanecas y Tecuanipas, de la estirpe chichimeca. Más allá de lo ornamental, el monolito servía como un observatorio astronómico. Durante el solsticio de invierno, la incidencia de la luz solar revela grabados del dios de la aurora, Clautlizapastli, y glifos que marcan los primeros trece días del ciclo solar, evidenciando un profundo conocimiento del cosmos.
Existe una dualidad entre la fertilidad y sacrificio, la sacralidad del entorno se divide entre la vida y la muerte, a escasos metros de la Piedra del Conejo se halla un altar de sacrificios donde se entregaba el Yolotl (corazón) a Tláloc, este rito buscaba asegurar la llegada de las lluvias para los campos de maíz que sostenían a los señoríos del oriente, el sitio también refleja un crisol cultural, con influencias teotihuacanas visibles en relieves de Xipe Totec y representaciones de la serpiente emplumada, Quetzalcóatl.
El monumento enfrenta un desafío crítico: el paso del tiempo y la erosión han desdibujado casi la mitad (45 %) de su tallado original, lo que hace urgente una intervención para su rescate.
Hoy en día, aunque no se encuentra bajo el resguardo de un museo, la propia comunidad de Amecameca ha adoptado el sitio como un pilar de su identidad. Es un espacio donde grupos de danza mantienen vigentes las tradiciones ancestrales y donde el conejo, símbolo de la luna y la fertilidad, sigue vigilando el valle. Para quienes lo visitan, este lugar exige un respeto profundo, pues es el puente entre la modernidad y la cosmovisión de los antiguos habitantes de México.

